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Arqueólogos analizan un enterramiento de hace 2.000 años ...
Christian Pérez · 2026-06-14 · via Muy Interesante

Un singular enterramiento de la Edad del Hierro hallado en el norte de Escocia revela una compleja relación entre vivos y muertos que podría obligar a replantear las prácticas funerarias de la Britania prerromana.

La posible extracción del cerebro de una mujer de la Edad del Hierro revela una extensa red familiar en la antigua Escocia
La posible extracción del cerebro de una mujer de la Edad del Hierro revela una extensa red familiar en la antigua Escocia. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Christian Pérez

Redactor especializado en divulgación científica e histórica

Creado: Actualizado:

Durante décadas, los arqueólogos han considerado la Edad del Hierro británica como uno de los periodos más enigmáticos en lo que respecta al tratamiento de los muertos. A diferencia de otras culturas antiguas que dejaron grandes necrópolis o monumentales tumbas, muchas comunidades de la Britania de finales del primer milenio antes de Cristo apenas parecen haber dejado rastros evidentes de sus rituales funerarios. Sin embargo, un hallazgo realizado en el extremo norte de Escocia está cambiando esa percepción y ofreciendo una ventana inesperada a un mundo donde los difuntos continuaban desempeñando un papel activo entre los vivos.

Todo comenzó de forma accidental. A finales de la década de 1990, unos conejos excavaron sus madrigueras cerca de Loch Borralie, en la región escocesa de Sutherland, dejando al descubierto un cráneo humano. La aparición del hueso llevó a una excavación arqueológica que, en el año 2000, sacó a la luz un pequeño túmulo de piedra que ocultaba los restos de dos individuos enterrados hace aproximadamente dos milenios, entre finales del siglo I a. C. y las primeras décadas del siglo I d. C.

Ahora, un estudio multidisciplinar publicado en la revista Antiquity ha revelado que uno de esos individuos, una mujer adulta de más de treinta años, fue sometida a una serie de tratamientos post mortem extraordinariamente complejos. Según indica la investigación dirigida por Laura Castells Navarro, de la Universidad de York, su cuerpo presenta evidencias de manipulación que no tienen apenas paralelos conocidos en la arqueología británica de la Edad del Hierro.

Los investigadores combinaron análisis osteológicos, estudios isotópicos, dataciones radiocarbónicas y ADN antiguo para reconstruir tanto la historia biológica de estas personas como el modo en que fueron tratadas tras su fallecimiento. El resultado dibuja un escenario mucho más complejo de lo que inicialmente parecía.

Una fractura imposible de explicar por accidente

La atención de los investigadores se centró especialmente en la mujer adulta, identificada como Individuo 1. Al examinar el cráneo, los especialistas detectaron una fractura inusual en la base de la cabeza. No se trataba del tipo de lesión que suele producirse por caídas o accidentes conocidos. La forma de la rotura sugería un impacto deliberado realizado cuando el hueso todavía conservaba su elasticidad natural, es decir, poco después de la muerte.

La sorpresa fue aún mayor cuando se analizaron las superficies internas del cráneo. Allí aparecieron varias incisiones rectas y paralelas realizadas con un objeto afilado. Estas marcas no encajaban con procesos naturales de degradación ni con daños provocados por raíces o animales.

La combinación de ambas evidencias llevó a los investigadores a plantear una hipótesis tan llamativa como inquietante: el cerebro pudo haber sido extraído deliberadamente poco después del fallecimiento.

Cuatro de los huesos de la mujer parecen haber sido fracturados y posteriormente tallados hasta adquirir una forma afilada
Cuatro de los huesos de la mujer parecen haber sido fracturados y posteriormente tallados hasta adquirir una forma afilada. Foto: Universidad de York

Los autores del estudio son prudentes y reconocen que resulta imposible conocer con absoluta certeza el objetivo de esta práctica. Una posibilidad es que la extracción formara parte de algún procedimiento destinado a conservar el cráneo para su exhibición o veneración. Otra interpretación más controvertida sería la obtención de tejidos blandos, aunque el resto de los indicios no apuntan claramente hacia prácticas de canibalismo.

Lo realmente relevante es que el hallazgo encaja dentro de un contexto más amplio documentado en el norte y oeste de Escocia, donde existen evidencias de manipulación, conservación y circulación de restos humanos durante la Edad del Hierro.

Según los investigadores, la combinación de una fractura intencionada en la base del cráneo y varias incisiones en su cara interna apunta a una posible extracción deliberada del cerebro poco después de la muerte.

Huesos transformados en objetos y devueltos después a su lugar

Las sorpresas no terminaban en el cráneo. Al menos cuatro huesos largos de la mujer habían sido modificados tras su muerte. Los investigadores identificaron alteraciones en ambos húmeros, en un cúbito y en un fémur. Durante años se pensó que estas marcas podían haber sido producidas por roedores, pero un examen detallado descartó esa posibilidad.

Los extremos de los huesos habían sido trabajados cuidadosamente hasta formar puntas alargadas y afiladas. En algunos casos se observan incluso las huellas dejadas por herramientas cortantes utilizadas para modelar el hueso. Uno de los fragmentos presenta además señales compatibles con desgaste por uso, lo que sugiere que pudo haber funcionado como algún tipo de instrumento.

Lo extraordinario es que, pese a haber sido modificados, los huesos fueron colocados nuevamente en el enterramiento ocupando su posición anatómica original.

Esta circunstancia resulta fundamental para interpretar el hallazgo. Si la manipulación hubiera tenido una intención puramente destructiva o humillante, cabría esperar una deposición desordenada o fragmentaria. Sin embargo, el cuerpo fue reconstruido cuidadosamente antes del entierro.

Para los arqueólogos, este detalle apunta a una relación compleja con la difunta. Lejos de tratarse de una simple profanación, el proceso parece reflejar una secuencia ritual prolongada en la que el cadáver siguió siendo objeto de atención durante un tiempo considerable.

Un adolescente emparentado con ella

El segundo individuo hallado en el túmulo era un joven de aproximadamente quince años. Su esqueleto no presenta las modificaciones observadas en la mujer, aunque también aporta información valiosa sobre la comunidad a la que pertenecían.

Los análisis genéticos revelaron que ambos compartían una rara línea materna. Aunque no eran familiares directos, los datos sugieren que podrían haber sido primos segundos por vía materna o haber compartido antepasados relativamente cercanos.

Este parentesco resulta especialmente interesante porque demuestra que el pequeño monumento funerario no fue utilizado de manera aleatoria. Las personas enterradas allí mantenían vínculos biológicos entre sí y posiblemente formaban parte de una misma red familiar.

Sin embargo, el ADN permitió ir mucho más lejos.

Ilustración de los esqueletos elaborada por los investigadores que estudian las prácticas funerarias de la Edad del Hierro en el norte de Escocia
Ilustración de los esqueletos elaborada por los investigadores que estudian las prácticas funerarias de la Edad del Hierro en el norte de Escocia. Fuente: Laura Castells et al., Antiquity (2026)

Los investigadores concluyen que varios huesos largos fueron fracturados y trabajados de forma deliberada hasta adquirir extremos afilados, descartando que las alteraciones fueran consecuencia de la acción de roedores.

Una red familiar que conectaba cientos de kilómetros de costa

Uno de los descubrimientos más sorprendentes del estudio no tiene relación con la muerte, sino con la movilidad.

Los análisis isotópicos indican que ambos individuos pasaron su infancia en la costa oriental de Sutherland, a unos 80 kilómetros del lugar donde finalmente fueron enterrados. En algún momento de sus vidas se desplazaron hacia la zona de Loch Borralie.

Además, el ADN antiguo mostró conexiones familiares más lejanas con personas enterradas en las islas Orcadas y en Applecross, en la costa occidental escocesa. Estas relaciones abarcan cientos de kilómetros y varias generaciones.

Para los investigadores, estos resultados ofrecen una imagen muy distinta de la que tradicionalmente se ha asociado a las comunidades de la Edad del Hierro. Lejos de vivir aisladas, las poblaciones del norte de Escocia mantenían contactos frecuentes a través de las rutas marítimas.

Las embarcaciones y las costas funcionaban como auténticas autopistas prehistóricas. Personas, ideas, tradiciones y posiblemente rituales circulaban entre comunidades separadas por grandes distancias.

Fotografías de los huesos que muestran evidencias de manipulación tras la muerte
Fotografías de los huesos que muestran evidencias de manipulación tras la muerte. Fuente: Laura Castells et al., Antiquity (2026)

Un ritual funerario desconocido hasta ahora

Quizá la conclusión más importante del estudio sea que el enterramiento de Loch Borralie podría formar parte de una tradición funeraria apenas reconocida hasta ahora.

Los investigadores han identificado paralelos parciales en otros enclaves de Escocia y las Orcadas donde aparecen enterramientos en estructuras de piedra, acumulaciones de escombros o restos humanos depositados de forma poco convencional. Sin embargo, ningún caso conocido reúne exactamente la misma combinación de características observada en esta mujer.

La posible extracción del cerebro, la transformación de huesos en objetos, su posterior reutilización y la cuidadosa reconstrucción del cuerpo conforman una secuencia extraordinariamente compleja.

Aunque nunca será posible conocer el significado exacto de estos gestos, el hallazgo demuestra que los muertos ocupaban un lugar mucho más activo en la vida social de estas comunidades de lo que tradicionalmente se había imaginado.

Lejos de desaparecer tras el entierro, algunos individuos continuaban formando parte de la memoria colectiva durante meses o incluso años. Sus restos podían ser manipulados, trasladados, transformados y finalmente depositados de nuevo en contextos cuidadosamente preparados.

Dos mil años después, la mujer de Loch Borralie sigue planteando preguntas sin respuesta. Pero precisamente ahí reside la importancia de este descubrimiento: en recordarnos que las sociedades de la Edad del Hierro eran mucho más complejas, sofisticadas y sorprendentes de lo que a menudo suponemos.

Referencias

  • Laura Castells et al, Reconnecting the dead in Iron Age Britain: funerary processing and long-distance connectivity at Loch Borralie, Scotland, Antiquity (2026). DOI: 10.15184/aqy.2026.10353