





















Un yacimiento de 567 millones de años en las montañas Mackenzie, en Canadá, ha revelado fósiles de organismos complejos mucho más antiguos de lo esperado y podría cambiar lo que sabemos sobre el origen de los primeros animales de la Tierra.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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A lo largo de miles de millones de años, la Tierra estuvo dominada por organismos microscópicos. La vida existía, sí, pero era simple, diminuta y apenas visible. Luego ocurrió algo extraordinario. En algún momento del periodo Ediacárico, mucho antes de la explosión de vida del Cámbrico, aparecieron los primeros seres complejos capaces de crecer, desplazarse por el fondo marino y, probablemente, reproducirse sexualmente. Ahora, un descubrimiento realizado en el noroeste de Canadá ha obligado a los científicos a replantearse cuándo comenzó realmente esa revolución biológica.
Un equipo internacional de investigadores ha encontrado más de un centenar de fósiles excepcionalmente conservados en las montañas Mackenzie, en los Territorios del Noroeste de Canadá. Tal y como ha revelado el estudio publicado en Science Advances, algunos de estos organismos vivieron hace unos 567 millones de años, entre 5 y 10 millones de años antes de lo que se creía para ciertos animales complejos del grupo conocido como ensamblaje del Mar Blanco.
El hallazgo no solo amplía la cronología de la vida animal compleja, sino que también aporta pistas sobre cómo y dónde surgieron los primeros ecosistemas avanzados del planeta. Y la sorpresa ha sido mayúscula: estos organismos no habitaban aguas cálidas y poco profundas cercanas a la costa, como se pensaba hasta ahora, sino entornos marinos profundos y oscuros.
El yacimiento, situado en una región remota del antiguo continente Laurentia —la masa continental que acabaría formando parte de América del Norte—, contiene fósiles de criaturas tan extrañas como fascinantes. Algunas parecen discos aplanados; otras recuerdan a hojas marinas o tubos segmentados. Ninguna se asemeja del todo a los animales actuales, aunque varias muestran vínculos con grupos modernos como los moluscos, las medusas o los ctenóforos.
Entre los fósiles identificados destaca Dickinsonia, uno de los organismos más enigmáticos del Ediacárico. Se trataba de un ser ovalado y segmentado que se desplazaba lentamente por el fondo oceánico mientras absorbía bacterias y algas a través de toda su superficie inferior. Los investigadores lo describen casi como una “alfombrilla viviente” o una especie de “tortita marina” primitiva.
Pero quizá el descubrimiento más llamativo sea el de varios ejemplares de Funisia, un organismo tubular inmóvil que vivía formando agrupaciones. Este extraño ser marino ya era conocido por representar la evidencia más antigua de reproducción sexual entre animales, pero los nuevos fósiles canadienses empujan esa capacidad varios millones de años atrás.
Según indican los autores del estudio, Funisia probablemente liberaba óvulos y esperma al agua, de manera similar a como lo hacen hoy algunos corales. Puede parecer un detalle menor, pero el sexo cambió radicalmente la historia de la vida. La reproducción sexual permitió mezclar ADN y acelerar la evolución biológica a una velocidad imposible para los organismos que simplemente se clonaban a sí mismos.
Durante cerca de 3.000 millones de años, la vida terrestre dependió casi exclusivamente de la reproducción asexual. La aparición de organismos capaces de intercambiar material genético supuso un salto evolutivo gigantesco que acabaría desembocando, millones de años después, en la diversidad animal actual.

En el mismo yacimiento también apareció Kimberella, considerado por muchos paleontólogos como uno de los primeros animales bilaterales conocidos. Es decir, organismos con una estructura corporal organizada en lados derecho e izquierdo simétricos, además de una parte frontal y otra trasera. Hoy, más del 99% de los animales pertenecen a este tipo de organización corporal.
Los fósiles de Kimberella hallados en Canadá podrían pertenecer al animal con simetría bilateral más antiguo conocido hasta ahora. El animal poseía una especie de “pie” musculoso con el que se desplazaba por el lecho marino mientras raspaba la superficie para alimentarse, un comportamiento extremadamente avanzado para aquella época.
Durante miles de millones de años, la vida en la Tierra estuvo dominada por microorganismos invisibles. Estos fósiles muestran el momento en que los animales comenzaron a hacerse grandes, complejos y capaces de interactuar activamente con su entorno.
Uno de los aspectos más revolucionarios del hallazgo tiene que ver con el entorno donde vivían estos organismos. Hasta ahora, los científicos pensaban que los animales complejos del ensamblaje del Mar Blanco habían evolucionado principalmente en aguas poco profundas y cercanas a la costa. Sin embargo, los sedimentos y estructuras geológicas analizados en Canadá cuentan una historia muy distinta.
Tal y como indica el nuevo estudio, los fósiles aparecieron en depósitos marinos de talud, muy por debajo de la influencia de las olas y probablemente incluso fuera de la zona iluminada por el Sol.
Eso cambia completamente la narrativa tradicional sobre la evolución temprana de los animales. En lugar de surgir en ambientes costeros dinámicos, la innovación biológica podría haber comenzado en las profundidades oceánicas, donde las condiciones eran mucho más estables.

Los investigadores creen que esa estabilidad ambiental —con menos fluctuaciones de temperatura y oxígeno— pudo ofrecer un refugio ideal para que evolucionaran formas de vida complejas. En cierto modo, las profundidades marinas habrían funcionado como un laboratorio evolutivo natural durante el Ediacárico.
El descubrimiento también refuerza una hipótesis que llevaba años debatiéndose entre paleontólogos: que los primeros animales evolucionaron mar adentro y solo más tarde colonizaron ambientes costeros y superficiales. Curiosamente, eso sería justo lo contrario de lo que ocurrió después durante gran parte de la historia evolutiva del planeta.
Los investigadores creen que estas criaturas no evolucionaron en aguas costeras poco profundas, sino en ecosistemas marinos oscuros y estables situados a gran profundidad.
Además de Dickinsonia, Funisia y Kimberella, el yacimiento ha proporcionado fósiles de otros organismos sorprendentes. Uno de ellos es Eoandromeda, una extraña criatura con ocho brazos en espiral que algunos científicos relacionan con los antiguos ctenóforos, conocidos popularmente como “medusas peine”.
También aparecieron formas tubulares como Aulozoon y Sekwitubulus, junto a estructuras que podrían pertenecer a organismos completamente desconocidos para la ciencia. Algunos fósiles presentan simetrías extrañas, imposibles de encajar fácilmente en los grandes grupos animales actuales.
Eso es precisamente lo que hace tan fascinante al periodo Ediacárico: fue una época de experimentación biológica. La naturaleza probó diseños corporales radicales, muchos de los cuales desaparecieron sin dejar descendientes modernos claros.
En comparación con el registro fósil posterior, el del Ediacárico es extremadamente escaso. La mayoría de estos organismos eran blandos y carecían de esqueletos o caparazones mineralizados, por lo que las condiciones necesarias para su conservación eran excepcionales. Por eso, cada nuevo yacimiento puede transformar de manera drástica lo que sabemos sobre los orígenes de la vida compleja.
Hasta ahora, los fósiles del ensamblaje del Mar Blanco solo se habían encontrado en Europa, Asia y Australia. El descubrimiento canadiense no solo amplía su distribución geográfica, sino que demuestra que estos ecosistemas eran más antiguos y diversos de lo que se creía.

El descubrimiento cuestiona la idea tradicional de que la evolución animal comenzó cerca de la costa y sugiere que los primeros ecosistemas complejos pudieron surgir en aguas profundas.
Los científicos creen que lo más importante podría estar todavía enterrado. Las capas fosilíferas identificadas en Canadá están cubiertas por cientos de metros de roca potencialmente rica en fósiles, lo que abre la puerta a nuevos descubrimientos en los próximos años.
La región llevaba tiempo siendo estudiada desde el punto de vista geológico, pero apenas había proporcionado fósiles relevantes hasta ahora. Este nuevo trabajo cambia completamente el interés científico de la zona.
Además, el hallazgo ofrece una oportunidad excepcional para investigar cómo influyeron cambios ambientales globales —como las variaciones del oxígeno oceánico o las alteraciones climáticas— en la aparición de los primeros animales complejos.
En cierto modo, estos fósiles representan uno de los capítulos más decisivos de toda la historia de la Tierra: el momento en que la vida dejó de ser invisible y comenzó a construir organismos grandes, complejos y capaces de interactuar con el entorno de maneras cada vez más sofisticadas.
Y pensar que todo eso ocurrió hace más de 567 millones de años, en las profundidades silenciosas de un océano desaparecido.
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