




















Fenicios, santuarios, sacrificios de caballos y ciudades que quizá nunca existieron: el nuevo ensayo de Santiago Castellanos reconstruye cómo era la península ibérica antes de convertirse en Hispania.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Hubo un tiempo en el que la península ibérica no era España, ni siquiera una idea de unidad política. Era un mosaico de pueblos, lenguas, rutas comerciales y élites locales que negociaban con fenicios, combatían entre sí y miraban al Mediterráneo desde mundos radicalmente distintos. Ese es el territorio —histórico y también intelectual— que explora el historiador Santiago Castellanos en Hispania: una historia de España antes de España, publicado por la editorial Pinolia.
El libro arranca con una advertencia que condiciona toda la lectura: nunca existió una “España” unificada antes de Roma. Puede parecer una obviedad, pero buena parte de los relatos populares sobre Tarteso, los íberos o los pueblos celtibéricos siguen construyéndose hoy sobre visiones nacionales posteriores. Castellanos desmonta esa mirada desde las primeras páginas y obliga al lector a regresar a un escenario mucho más incómodo, fragmentado y dinámico.
La gran virtud del libro aparece precisamente cuando se adentra en uno de los temas más contaminados por el misterio y la pseudohistoria: Tarteso. Según revela el autor, el problema no es solo arqueológico, sino también cultural. Durante siglos, Tarteso fue convertido en un símbolo legendario, un reino casi mítico asociado a tesoros perdidos, reyes fabulosos y ciudades desaparecidas.
Castellanos reconstruye cómo esa imagen fue creciendo desde el Renacimiento hasta internet. Lo interesante es que no ridiculiza el mito, sino que explica por qué fascinó tanto. El extremo occidental del Mediterráneo era, para los griegos, el borde del mundo conocido. Allí situaron a Gerión, las Columnas de Heracles y los jardines de las Hespérides. Allí también colocaron Tarteso.
La obra dedica muchas páginas a desmontar la obsesión por encontrar “la ciudad perdida” de Tarteso. Durante décadas, arqueólogos e investigadores buscaron una capital fastuosa en Doñana, Sevilla, Cádiz o Huelva. El libro recuerda cómo aquella búsqueda estuvo muy influida por el descubrimiento de Troya y por la idea romántica de localizar ciudades legendarias a partir de textos antiguos.
Pero el enfoque actual es otro. Tal y como indica la obra, hoy Tarteso se entiende más como una red de culturas, contactos e intercambios que como un reino unitario. Fenicios e indígenas compartieron espacios comerciales, rituales y tecnológicos en un paisaje que cambió por completo entre los siglos IX y VI a. C.

Durante mucho tiempo, Tarteso fue buscado como una ciudad legendaria comparable a Troya. Hoy, muchos arqueólogos creen que nunca existió como una única capital, sino como una compleja red cultural extendida por el suroeste peninsular.
Uno de los episodios más sugerentes del libro es la reinterpretación del célebre tesoro de El Carambolo. Durante mucho tiempo fue presentado como la gran prueba de la riqueza tartésica y asociado incluso a reyes legendarios mencionados por Heródoto. Hoy, según explica Castellanos, la mayoría de especialistas lo interpreta como parte de un santuario fenicio relacionado con rituales religiosos y no como el tesoro de una monarquía perdida.
Ese cambio de mirada resume bien la tesis de fondo del libro: la arqueología reciente está desmontando muchos relatos heredados y sustituyéndolos por escenarios mucho más complejos. La “Hispania” prerromana no fue una civilización homogénea, sino una suma de territorios profundamente distintos.
Ahí es donde el ensayo se vuelve especialmente sólido. Castellanos logra explicar debates arqueológicos y paleolingüísticos muy técnicos sin convertir el texto en un manual universitario. Habla de las estelas del suroeste, de las primeras escrituras paleohispánicas o de la expansión fenicia sin perder nunca el tono divulgativo.
Las páginas más potentes probablemente sean las dedicadas al Guadiana Medio y al yacimiento de Casas del Turuñuelo, en Badajoz. El libro transmite la sensación de estar asistiendo a una investigación todavía viva. De hecho, el propio autor recuerda que las excavaciones continúan mientras escribe estas líneas.
El relato de Turuñuelo funciona casi como una crónica arqueológica contemporánea. Aparecen altares con forma de piel de toro, restos de sacrificios masivos de caballos, esculturas femeninas y materiales procedentes del Mediterráneo oriental. Todo ello en un enclave que refleja hasta qué punto el suroeste peninsular estaba conectado con las grandes rutas comerciales antiguas.
La sensación constante es que la historia antigua de la península ibérica está todavía reescribiéndose. Y ese es, quizá, el principal acierto del libro: mostrar la incertidumbre como parte esencial de la investigación histórica.

Según explica Santiago Castellanos, la presencia fenicia aceleró profundas desigualdades sociales entre las élites del sur peninsular.
Hay otro elemento que atraviesa toda la obra y que la convierte en algo más que un libro de divulgación histórica. Castellanos insiste en que muchos relatos sobre el pasado peninsular han sido utilizados políticamente durante siglos. Ocurrió con Tarteso, pero también con los celtas, los íberos o incluso con la idea de una continuidad nacional española desde la Antigüedad.
Frente a eso, el historiador propone algo menos cómodo y mucho más interesante: aceptar que la península ibérica fue durante siglos un espacio híbrido, lleno de contactos, influencias externas y sociedades que jamás imaginaron formar parte de un mismo país.
El libro no busca construir una identidad antigua. Busca explicar cómo surgieron y colapsaron aquellas sociedades antes de que Roma las integrara en un sistema político común. Y precisamente ahí reside buena parte de su fuerza.

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