



















La arqueología lleva setenta años buscando Tarteso como ciudad. Santiago Castellanos explica en Hispania por qué buscaban lo equivocado, y lo presentará en la sede de Editorial Pinolia el 2 de junio en Madrid.
Publicado por Santiago Campillo Brocal
Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital
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En 2015, un equipo de arqueólogos comenzó a excavar un cerro en Badajoz. Lo que encontraron en los primeros metros cambió buena parte de lo que creíamos saber sobre los pueblos que habitaron la península antes de Roma: altares con forma de piel de toro extendida, esculturas femeninas sin paralelo en todo el Mediterráneo occidental, ingentes sacrificios de caballos y objetos llegados desde el otro extremo del mar. Es el tipo de historia que el historiador Santiago Castellanos reconstruye en Hispania: una historia de España antes de España (Pinolia), y que presentará el próximo 2 de junio en Editorial Pinolia, c/ Cervantes, 26, Madrid, a las 19:00 horas. Entrada gratuita, plazas limitadas: reserva tu plaza aquí.

Castellanos lleva décadas estudiando la historia antigua de la península ibérica, con doctorado por Salamanca y estancias en Oxford y Notre Dame. En Hispania recorre catorce siglos (del siglo VIII a.C. al V d.C.) para explicar cómo se construyeron y desmontaron los grandes mitos de nuestro pasado más antiguo.
La obsesión por Tarteso tiene raíces profundas. Los griegos lo citaban como el lugar donde el mundo conocido terminaba, una tierra de riqueza fabulosa en el extremo más occidental del Mediterráneo. Desde el Renacimiento, esa referencia antigua alimentó una idea que no ha desaparecido del todo: en algún lugar del sur de la península ibérica yace enterrada la capital de una civilización esplendorosa, el Atlántida español, la ciudad perdida que explica nuestros orígenes.
Durante el siglo XX, la búsqueda se volvió arqueológica y sistemática. Las marismas del Guadalquivir, las proximidades de Doñana, la bahía de Cádiz, los alrededores de Huelva: todos fueron candidatos en algún momento. El precedente de Troya (una ciudad que también parecía legendaria y que Heinrich Schliemann encontró en 1871) alentaba la posibilidad. Si Troya existía, Tarteso también podría existir. Solo había que excavar en el sitio correcto.
No lo encontraron. Y según Castellanos, no lo encontraron porque buscaban la cosa equivocada. Tarteso no era una capital: era una forma de relacionarse. Una red de intercambios comerciales y culturales entre poblaciones indígenas de la península y los fenicios que llegaron desde el Mediterráneo oriental a partir del siglo IX a.C. No había un palacio central ni un rey que lo gobernara todo. Había puertos, santuarios, rutas de intercambio, élites locales que negociaban con extranjeros y acumulaban objetos de prestigio. La diferencia entre una red y una ciudad no es menor: define completamente qué tipo de sociedad estamos imaginando.
En septiembre de 1958, un grupo de obreros que ampliaba un cortijo en las afueras de Sevilla, concretamente en Camas, tropieza con algo que brilla bajo la tierra. Lo que aparece son veintiuna piezas de oro macizo: collares, brazaletes, pectorales, placas decoradas con motivos geométricos de una precisión extraordinaria. El hallazgo llega a manos de los arqueólogos y la conclusión es casi inmediata: es el tesoro de un rey tartésico. La prueba de que la gran civilización del suroeste existió. El Carambolo pasa a ser, durante décadas, la pieza más importante de la arqueología prerromana española.
La reinterpretación llegó mucho más tarde, cuando las técnicas de análisis mejoraron y la mirada sobre el período cambió. Lo que hoy se entiende es distinto y más preciso: el Tesoro de El Carambolo no era el patrimonio de ningún rey. Era, con alta probabilidad, el ajuar de un santuario fenicio, vinculado a rituales religiosos y al culto de divinidades llegadas desde el otro extremo del Mediterráneo. No había un monarca ibérico detrás de esas joyas. Había un templo. Y detrás del templo, una red de intercambios que conectaba el suroeste peninsular con Fenicia, con Chipre, con todo el mundo semita.
El cambio de interpretación no empequeñece el hallazgo. Lo amplía. Donde antes había una historia de poder local, ahora hay una historia de conexión internacional. Donde antes había un rey, hay una red. Y la red es mucho más interesante que el rey.
El yacimiento de Casas del Turuñuelo, en el municipio de Guareña, Badajoz, se excava desde 2015 bajo la dirección del equipo liderado por Sebastián Celestino Pérez del CSIC. A diferencia de muchos yacimientos de la región, no fue buscado como candidato a ser Tarteso ni como escenario de ninguna leyenda. Se excavó porque había algo allí, y lo que había resultó ser mucho más de lo esperado.
El registro habla por sí solo: el edificio orientalizante fue construido en el siglo V a.C. y clausurado en un único evento ritual de destrucción deliberada, que incluía el ingente sacrificio de animales (caballos en número inusual, además de bóvidos y otros) depositados en el patio principal. La destrucción fue planificada y meticulosa, como si alguien hubiera decidido clausurar el lugar de manera permanente. En la fachada aparecieron esculturas femeninas de calidad sin precedentes en el contexto peninsular. En el interior, objetos de marfil, hueso y bronce cuya procedencia apunta al Mediterráneo oriental.
Lo que este yacimiento muestra no es una civilización aislada. Es una sociedad profundamente conectada con el mundo de su tiempo, capaz de importar ideas, técnicas, rituales y objetos desde miles de kilómetros de distancia, y de integrarlos en prácticas propias que no tenemos equivalente para comparar. No esperaba a Roma. Miraba hacia el Mediterráneo.
Castellanos no se limita a describir lo que encontraron los arqueólogos. Pregunta también por qué nos cuesta tanto aceptar lo que encontraron. La respuesta tiene que ver con la forma en que usamos el pasado: como espejo donde buscamos nuestro reflejo, como origen que justifica lo que somos, como prueba de una continuidad que los datos se niegan a confirmar.
La península ibérica de los siglos VIII al V a.C. era un mosaico de pueblos con lenguas distintas, tradiciones diferentes y estrategias propias de relación con los extranjeros. No había una nación. No había un centro político unificado. Había diversidad, contacto y cambio constante. Eso es menos épico que una ciudad perdida y menos útil para ciertos relatos de identidad. Pero es lo que ocurrió.
Hispania: una historia de España antes de España recorre este y otros episodios durante catorce siglos, hasta el colapso del dominio romano en el siglo V d.C., con la misma disposición a desmontar lo que no se sostiene y a explicar lo que sí está documentado. Lo que la destrucción ritual de Casas del Turuñuelo no ha terminado de revelar es quién la ordenó y por qué. La clausura fue total y deliberada. La explicación aún no tiene nombre.
Santiago Castellanos presenta Hispania el 2 de junio en Editorial Pinolia, c/ Cervantes, 26, Madrid, a las 19:00 horas. Entrada gratuita. Plazas limitadas. Reserva tu plaza aquí.
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