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Un entomólogo se dejó picar por 78 especies distintas par...
parrasergi · 2026-05-21 · via Muy Interesante

Desde hormigas capaces de simular una descarga eléctrica hasta avispas que provocan un dolor cegador, la ciencia intenta descifrar cómo el cerebro interpreta el sufrimiento extremo.

Creado: Actualizado:

Algunos insectos diminutos pueden provocar un dolor comparable al de una descarga eléctrica, ácido sobre una herida o incluso un clavo atravesando el tobillo. La llamada escala Schmidt del dolor clasifica 78 especies de himenópteros y nació tras más de 150 picaduras sufridas voluntariamente por un solo científico.

Lo más sorprendente no es únicamente la intensidad del sufrimiento, sino la manera en que fue descrito. En lugar de números fríos o tecnicismos médicos, el entomólogo Justin O. Schmidt recurrió a imágenes casi cinematográficas: cigarrillos apagados sobre la lengua, secadores cayendo dentro de una bañera o brasas ardientes atravesadas por metal. El dolor, convertido en poesía brutal.

La escala Schmidt del dolor clasifica 78 especies de himenópteros y nació tras más de 150 picaduras sufridas voluntariamente por un solo científico.

Durante décadas, medir el dolor humano fue uno de los mayores desafíos de la medicina. Cada cerebro interpreta las señales de manera distinta y cada persona experimenta el sufrimiento con matices imposibles de reproducir. Pero algunos científicos decidieron acercarse a ese territorio invisible utilizando su propio cuerpo como laboratorio.

El científico que convirtió las picaduras en una escala mundial

El entomólogo Justin O. Schmidt, investigador de la Universidad de Arizona, llevó a cabo uno de los experimentos más insólitos de la biología moderna. Para construir una clasificación objetiva del dolor causado por insectos, permitió que decenas de especies le picaran deliberadamente. El resultado fue una escala que hoy sigue utilizándose como referencia en estudios sobre venenos y neurobiología.

La clasificación original apareció en 1984 y más tarde fue ampliada hasta incluir 78 especies y 41 géneros de himenópteros: abejas, avispas, hormigas y otros insectos armados con aguijones químicos extraordinariamente sofisticados. Los niveles inferiores de la escala describen molestias breves y casi anecdóticas. La llamada “abeja del sudor”, situada en el nivel 1, produce un dolor “ligero y efímero”, parecido a “un diminuto chispazo que chamusca un pelo del brazo”. Pero la intensidad aumenta rápidamente.

La clasificación original apareció en 1984 y más tarde fue ampliada hasta incluir 78 especies y 41 géneros de himenópteros.

La hormiga de fuego, por ejemplo, genera una sensación “repentina y alarmante”, mientras que la hormiga de la acacia se siente como “una grapadora sobre la mejilla”. Sin embargo, hay un detalle que desconcierta incluso a los especialistas: algunos insectos pequeños provocan reacciones neurológicas muchísimo más violentas que animales cientos de veces mayores.

En los niveles más altos aparece la temida avispa Pepsis, conocida también como “avispa cazatarántulas”. Schmidt describió su picadura como un dolor “cegador y feroz”, comparable a “dejar caer un secador encendido dentro de una bañera”. Pero ninguna superó a la legendaria hormiga bala, capaz de alcanzar el nivel 4+. Según Schmidt, su picadura era “dolor puro, intenso y brillante”, como caminar sobre brasas con “un clavo de siete centímetros atravesando el tobillo”.

El gran problema de la ciencia: medir algo tan subjetivo como el sufrimiento

La obsesión por cuantificar el dolor no comenzó con los insectos. Ya en 1940, los doctores James Hardy, Harold Wolff y Helen Goodell desarrollaron una unidad llamada “dol”, destinada a medir diferencias perceptibles entre intensidades dolorosas. Era un intento revolucionario: transformar una experiencia emocional y biológica en una cifra matemática.

Sin embargo, surgieron problemas inmediatos. ¿Dos dolores simultáneos equivalen a uno más intenso? ¿Es comparable un dolor leve durante semanas con uno insoportable de pocos segundos? El sufrimiento humano no obedecía reglas simples. El historiador de la ciencia Javier Moscoso explicó estas contradicciones en su obra Historia cultural del dolor, donde analiza cómo médicos y filósofos han intentado convertir el dolor en un fenómeno medible durante siglos.

A medida que avanzó la tecnología, aparecieron instrumentos conocidos como “dolorímetros”, diseñados para registrar respuestas físicas asociadas al sufrimiento.

A medida que avanzó la tecnología, aparecieron instrumentos conocidos como “dolorímetros”, diseñados para registrar respuestas físicas asociadas al sufrimiento: sudoración, temperatura corporal, ritmo cardíaco o actividad nerviosa. Pero ninguno lograba captar la experiencia completa. El gran obstáculo era evidente: el dolor no solo ocurre en el cuerpo; también sucede en la mente.

El dolorímetro cerebral que intenta leer el sufrimiento humano

Décadas después de la escala Schmidt, un grupo de investigadores de la Stanford University liderado por Sean Mackey desarrolló uno de los sistemas más avanzados para estudiar el dolor de forma objetiva. La técnica utiliza resonancia magnética funcional para identificar qué regiones cerebrales se activan cuando una persona experimenta sufrimiento físico. En otras palabras, el cerebro deja un “mapa” visible del dolor.

El sistema todavía no se utiliza de forma generalizada en hospitales, pero representa un cambio gigantesco en neurociencia. Por primera vez, los científicos pueden observar cómo diferentes tipos de dolor alteran patrones neuronales específicos. Y ahí aparece otra revelación fascinante: el cerebro no interpreta todas las heridas de la misma manera. Una quemadura, una picadura o un dolor emocional activan circuitos parcialmente distintos. El sufrimiento humano resulta mucho más complejo de lo que se creía hace apenas unas décadas.

Una quemadura, una picadura o un dolor emocional activan circuitos parcialmente distintos.

Paradójicamente, uno de los avances más importantes en la comprensión científica del dolor nació gracias a un hombre dispuesto a soportar voluntariamente decenas de picaduras insoportables. Porque detrás de cada aguijón diminuto se esconde una maquinaria química perfeccionada durante millones de años de evolución

Un universo microscópico capaz de hacer gritar al organismo más sofisticado del planeta. Y quizá esa sea la conclusión más inquietante de todas: a veces, las criaturas más pequeñas contienen las armas biológicas más devastadoras.

Referencias

  • Schmidt, Justin O. “Sting Pain Index by Insect.” Bulletin of the Entomological Society of America 30, no. 1 (1984): 20–23.
  • Schmidt, Justin O. The Sting of the Wild. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2016.
  • Moscoso, Javier. Historia cultural del dolor. Madrid: Taurus, 2011.
  • Wager, Tor D., et al. “An fMRI-Based Neurologic Signature of Physical Pain.” New England Journal of Medicine 368, no. 15 (2013): 1388–1397.