






















Un estudio aplica espectroscopía Raman portátil en varios yesos pintados de Ostia Antica y descubre que el cinabrio fue el pigmento rojo dominante en la decoración mural romana imperial de la ciudad portuaria.
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En julio de 2025, un equipo de investigadores de las universidades de Catania y Bari descendió a las salas de una villa tardoantigua enterrada bajo el Parque Arqueológico de Ostia Antica, el antiguo puerto de Roma. Más de 46 fragmentos de yeso pintado habían emergido de las capas de relleno durante la campaña de excavación del proyecto Ostia Post Scriptum. Sus vívidos colores (rojos intensos, amarillos terrosos, blancos calcáreos) guardaban secretos sobre cómo los ostenses del Imperio romano decoraban sus hogares.
Los fragmentos procedían de distintas estancias de un complejo residencial datado entre finales del siglo III y principios del siglo IV d.C., que incluía un espacio de culto de posible adscripción judía: un mikveh o baño ritual de purificación, decorado con nichos, columnas y enlucidos azules. Sin embargo, los yesos pintados no encajaban con la naturaleza de ese edificio: los motivos ornamentales resultaban demasiado dispares y sus paletas cromáticas excesivamente heterogéneas. Era necesario descifrar ese enigma. El estudio, publicado en la revista Heritage en abril de 2026, constituye el primer diagnóstico material sistemático de este conjunto.
Más de 46 fragmentos de yeso pintado habían emergido de las capas de relleno durante la campaña de excavación en Ostia Antica, uno de los puertos más importantes del Imperio romano.

Ostia Antica es uno de los yacimientos más extensos de Italia. Cuenta con más de 34 hectáreas excavadas que conservan arquitectura pública y privada de la Roma antigua, desde el siglo VII a.C. hasta el VI d.C. Las excavaciones actuales se concentran en un área central delimitada al este por el Piazzale delle Corporazioni y al oeste por los Grandi Horrea. En esa zona, los trabajos de 2024 y 2025 sacaron a la luz un complejo residencial organizado en estancias de orientación este-oeste.
Algunas salas cumplían funciones representativas. Otras, como la equipada con letrina y área de preparación de alimentos, eran puramente funcionales. En una fase posterior, sobre esa estructura original se levantó un edificio religioso. Su pieza más llamativa es la sala VIII, el mikveh: un cuarto semisubterráneo con un pozo de un metro de profundidad para recoger agua de manantial o de lluvia. En la excavación del pozo apareció una lámpara de aceite decorada con una Menorá y un Lulav, símbolos inequívocamente judíos que refuerzan la identificación del espacio con la diáspora hebrea en época romana.
Los yesos que ha analizado el equipo no pertenecían a ninguno de estos dos edificios. Hallados en una posición secundaria y mezclados con materiales de distintas procedencias, representaban una cápsula del tiempo involuntaria. Eran fragmentos de un paisaje decorativo anterior y más opulento.
Los yesos se hallaron en una posición secundaria y mezclados con materiales de distintas procedencias.

El equipo empleó un espectrómetro Raman portátil con una longitud de onda de excitación de 785 nm y una sonda de fibra óptica, capaz de identificar los modos vibracionales característicos de cada pigmento sin necesidad de tomar muestras. En paralelo, un espectrofotómetro de reflectancia difusa registró las curvas de reflectancia espectral en el rango visible (360-740 nm) para obtener información colorimétrica objetiva. Los datos se compararon con una colección de pigmentos de referencia históricos preparados según las recetas del tratadista medieval Cennino Cennini.
De los 46 fragmentos recuperados, se seleccionaron 34, procedentes de siete unidades estratigráficas y seis estancias distintas, para el análisis espectroscópico. La selección buscó representar la variabilidad cromática del conjunto: rojo, amarillo, marrón, blanco, verde y azul.
Para los rojos, se utilizó el cinabrio y el ocre de base hematítica; para los amarillos, las tierras naturales.

Los análisis revelaron una paleta inorgánica coherente y limitada. El pigmento rojo identificado con mayor frecuencia fue el cinabrio (sulfuro de mercurio, HgS), que se identificó en múltiples fragmentos de distintas unidades estratigráficas. Su presencia repetida y su alta pureza, sin mezcla con otros pigmentos, apunta a un uso deliberado y sistemático en diferentes esquemas decorativos.
Junto al cinabrio, aparecieron ocres rojos de base mineral hematítica. La distinción entre ambos pigmentos, visualmente muy similares, fue posible gracias a la complementariedad de las técnicas: el cinabrio presenta transiciones más abruptas en las curvas de reflectancia, mientras que los ocres muestran perfiles espectrales más anchos. Los tonos amarillos y pardos, por su parte, correspondían a tierras naturales: ocres amarillos y sienas. Los blancos analizados resultaron ser carbonato cálcico (Alba Albula).
Las zonas verdes y azules, sin embargo, no ofrecieron señales Raman diagnósticas bajo las condiciones empleadas, probablemente por interferencias de fluorescencia o por la degradación superficial del pigmento. Aun así, los perfiles de reflectancia sugieren pigmentos de tierra verde de base ferromagnesiana. Estas atribuciones se consideran hipótesis provisionales, pendientes de confirmación con técnicas complementarias como la fluorescencia de rayos X y la microscopía óptica.
La coherencia de la paleta identificada coincide con los pigmentos documentados en la pintura mural romana del período imperial en el área vesubiana.

La coherencia de la paleta identificada (cinabrio, ocres rojos, tierras amarillas y carbonato cálcico blanco) coincide con los pigmentos documentados en la pintura mural romana del período imperial en el área vesubiana. Los motivos decorativos reconocibles en los fragmentos remiten al Tercer y Cuarto Estilo pompeyano, caracterizado por arquitecturas con perspectivas fingidas, guirnaldas vegetales, candelabros y figuras aladas. El Cuarto Estilo, en particular, se generalizó tras el terremoto de 62 d.C. y continuó hasta la destrucción de Pompeya en el 79 d.C., aunque en Ostia su influencia se prolongó durante el siglo I d.C.
Esta coherencia estilística y material refuerza la hipótesis de que los yesos no pertenecen a la villa tardoantigua ni al mikveh, sino a una fase constructiva anterior, probablemente del siglo I d.C., cuando ese tipo de decoración era habitual en las residencias de prestigio de Ostia. El estudio subraya, no obstante, que la posición secundaria de los fragmentos impide establecer relaciones directas entre los yesos y las unidades arquitectónicas específicas.
Los motivos decorativos reconocibles en los fragmentos remiten al Tercer y Cuarto Estilo pompeyano, caracterizado por arquitecturas con perspectivas fingidas, guirnaldas vegetales, candelabros y figuras aladas.
Más allá de los resultados concretos, los investigadores reconocen sus limitaciones. La metodología no ofrece información sobre la secuencia estratigráfica de las capas de pintura, las posibles mezclas de pigmentos ni la presencia de aglutinantes orgánicos. Para obtener esos datos, será necesario aplicar técnicas como la microscopía óptica o el análisis de sección transversal, que requieren la toma de micromuestras. Las próximas campañas de excavación en Ostia Antica y la incorporación de la fluorescencia de rayos X permitirán refinar la caracterización del conjunto y clarificar su contexto decorativo original.
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