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Un estudio alerta de que el 83% del níquel para la energí...
parrasergi · 2026-05-07 · via Muy Interesante

Un nuevo estudio alerta de que la carrera mundial por fabricar baterías y tecnologías verdes amenaza selvas tropicales, costas sensibles y ecosistemas marinos únicos.

Creado: Actualizado:

Un equipo de científicos ha confirmado que casi la mitad del níquel que se extraerá en 2050 podría proceder de regiones situadas dentro del 10% de las áreas más importantes del planeta para conservar biodiversidad. El hallazgo, publicado en Nature Ecology & Evolution, dibuja una contradicción inquietante: la transición energética destinada a frenar el cambio climático podría acelerar la destrucción de algunos de los ecosistemas más ricos y frágiles de la Tierra.

El níquel se ha convertido en uno de los metales más codiciados del siglo XXI. Está presente en el acero inoxidable, en infraestructuras industriales, en utensilios cotidianos y, sobre todo, en las baterías de numerosos vehículos eléctricos. La revolución energética necesita enormes cantidades de este material para reducir la dependencia de los combustibles fósiles, pero el problema es dónde se encuentra y qué debe destruirse para obtenerlo.

Los investigadores advierten de que hasta el 83% del suministro futuro podría proceder de depósitos lateríticos situados bajo selvas tropicales. Y ahí aparece la gran paradoja: para construir un planeta más limpio quizá estemos abriendo heridas permanentes en territorios esenciales para almacenar carbono, proteger especies únicas y sostener ecosistemas marinos enteros.

La fiebre del níquel avanza sobre las selvas tropicales

El estudio, liderado por Jayden Hyman desde la Universidad de Queensland, analizó depósitos conocidos de níquel, minas activas y escenarios de demanda futura asociados a los objetivos climáticos internacionales. Los resultados muestran que la presión minera crecerá especialmente en regiones tropicales como Indonesia, Filipinas o Papúa Nueva Guinea.

Indonesia ya es hoy uno de los grandes epicentros de esta transformación. La expansión de las minas de laterita está acelerando la tala de bosques tropicales a gran escala, modificando paisajes enteros para alimentar el mercado global de baterías. La demanda internacional ha convertido estas regiones en una pieza estratégica de la transición energética.

Pero hay un detalle que desconcierta a muchos expertos: las mismas zonas donde se concentran estos minerales suelen coincidir con algunos de los lugares más biodiversos del planeta. Selvas densas, manglares, arrecifes y bosques húmedos tropicales forman parte de un equilibrio ecológico extremadamente delicado.

Los investigadores recuerdan que estos ecosistemas no solo albergan miles de especies animales y vegetales. También funcionan como enormes depósitos naturales de carbono. Destruirlos implica liberar emisiones acumuladas durante siglos mientras se debilita la capacidad natural del planeta para absorber CO₂.

La paradoja es brutal. Los coches eléctricos nacen para reducir emisiones, pero parte de las materias primas necesarias para fabricarlos podría provocar una degradación ambiental masiva si no existen controles adecuados.

Además, muchas de estas explotaciones están cerca del mar. Esto multiplica el riesgo de contaminación costera por sedimentos, residuos y escorrentías químicas derivadas de la actividad minera. En el punto de mira aparece el llamado Triángulo de Coral, una inmensa región marina situada al norte de Australia considerada uno de los mayores tesoros biológicos del océano.

El Triángulo de Coral alberga más especies marinas que cualquier otra región del planeta, incluyendo cientos de tipos de coral, peces tropicales, tortugas y ecosistemas fundamentales para millones de personas que dependen de la pesca. Y aquí surge otra pregunta inquietante: ¿puede el mundo salvar el clima mientras deteriora algunos de los hábitats más importantes para la vida marina?

El dilema que puede marcar la transición energética hasta 2050

Para entender la magnitud del problema, los investigadores desarrollaron un modelo capaz de prever dónde podrían abrirse nuevas minas de níquel bajo diferentes escenarios de demanda futura. El análisis se apoyó en proyecciones internacionales relacionadas con los objetivos de cero emisiones netas.

El resultado muestra una realidad difícil de esquivar: la transición energética necesitará nuevas minas durante las próximas décadas incluso aunque aumente el reciclaje y mejoren las tecnologías de baterías.

Eso significa que la presión sobre regiones tropicales seguirá creciendo. Sin embargo, el estudio también quiso explorar otro escenario: qué ocurriría si la minería quedara prohibida en las áreas más sensibles para la biodiversidad. La respuesta fue tan reveladora como preocupante.

Cuando los investigadores excluyeron de la explotación minera el 10% de zonas prioritarias para la conservación, los riesgos ecológicos disminuyeron de forma notable. Pero apareció inmediatamente un nuevo problema: el suministro mundial de níquel podría quedarse corto hasta en un 18% de la demanda prevista para 2050.

Ese porcentaje refleja la enorme dependencia global de ciertos territorios tropicales. Limitar la minería protege la biodiversidad, pero también complica el abastecimiento necesario para fabricar vehículos eléctricos, redes energéticas o sistemas de almacenamiento.

Los autores sostienen que esta tensión obliga a tomar decisiones políticas y económicas extremadamente complejas. Porque el debate ya no consiste únicamente en extraer más minerales, sino en decidir qué zonas deben permanecer intactas y qué coste ambiental está dispuesto a asumir el mundo. Pero hay otro elemento igual de importante: la competencia económica.

En los últimos años, el níquel de bajo coste procedente de Indonesia y otras regiones tropicales ha alterado el mercado mundial. Algunos productores de países como Australia han reducido operaciones o suspendido actividad debido a la dificultad de competir con precios más baratos.

El problema es que el níquel más económico no siempre es el más sostenible desde el punto de vista ambiental. Los investigadores advierten de que la ausencia de estándares globales estrictos puede favorecer precisamente a las explotaciones con mayores impactos ecológicos.

Por eso reclaman mayor transparencia sobre el verdadero coste ambiental del níquel que alimenta la transición energética. No basta con producir baterías: también importa cómo y dónde se obtienen sus componentes.

Crédito: Sergio Parra / ChatGPT

Reciclaje, nuevas baterías y minería submarina: las alternativas que aún generan dudas

Ante este escenario, los científicos plantean varias posibles soluciones. Una de las más importantes es el reciclaje. Recuperar níquel de baterías usadas y residuos industriales podría reducir parte de la presión minera en el futuro.

Sin embargo, el estudio señala que el reciclaje no será suficiente a corto plazo. La velocidad a la que crece la demanda mundial supera todavía la capacidad de recuperación de materiales existentes.

Otra vía prometedora es el desarrollo de baterías con menor contenido en níquel. Algunas tecnologías emergentes ya buscan reducir la dependencia de este metal mediante nuevas combinaciones químicas. Pero incluso estas alternativas necesitarán tiempo para implantarse a gran escala. Mientras tanto, el mundo seguirá necesitando nuevas explotaciones mineras para sostener la electrificación global.

Y ahí aparece una de las opciones más controvertidas de todas: la minería submarina. Los fondos oceánicos contienen depósitos minerales ricos en níquel, manganeso y otros materiales estratégicos. Para algunos sectores industriales, explotar estas reservas podría aliviar la presión sobre las selvas tropicales.

Sin embargo, los científicos insisten en que aún existen enormes incertidumbres. Los ecosistemas marinos profundos siguen siendo poco conocidos y podrían sufrir daños irreversibles antes incluso de comprender cómo funcionan.

Muchos expertos temen que la extracción submarina altere cadenas ecológicas enteras, destruya hábitats únicos y genere impactos imposibles de revertir. La falta de conocimiento científico convierte esta opción en una apuesta arriesgada.

El estudio evita presentar soluciones simples. Más bien plantea una advertencia global: la transición energética no puede construirse únicamente sobre objetivos climáticos sin considerar también la biodiversidad. Porque la crisis ambiental no tiene una sola cara. Reducir emisiones mientras desaparecen selvas tropicales, arrecifes y especies amenazadas sería cambiar un problema por otro.

Los autores defienden que todavía existe margen para actuar con planificación inteligente. Establecer estándares ambientales más estrictos, proteger zonas prioritarias, mejorar las cadenas de suministro y acelerar el reciclaje podrían reducir significativamente los impactos. Pero las decisiones que se tomen durante esta década condicionarán el mapa ecológico y energético del planeta durante generaciones.

Referencias

  • Hyman, Jayden, Laura J. Sonter, Stephen A. Northey, et al. “Growing Nickel Supply from the Tropics Threatens Priority Conservation Areas.” Nature Ecology & Evolution, 2026. https://doi.org/10.1038/s41559-026-03068-4.