



























Un nuevo estudio sobre los antiguos habitantes del lago Turkana revela que los primeros pastores africanos no abandonaron la caza y la pesca, sino que combinaron durante más de mil años distintas formas de supervivencia en un clima extremo.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante décadas, la historia de la humanidad se ha explicado casi siempre de la misma manera: primero llegaron los cazadores-recolectores y, más tarde, las sociedades agrícolas y ganaderas que abandonaron para siempre las antiguas formas de vida. Era una especie de transición lineal, casi inevitable. Sin embargo, una nueva investigación sobre los primeros pastores del este de África acaba de cuestionar esa idea con una conclusión inesperada: durante más de mil años, aquellos grupos humanos siguieron pescando, cazando y recolectando alimentos silvestres incluso después de haber domesticado ganado.
El hallazgo, publicado recientemente en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences y liderado por investigadores de la Universidad de Columbia Británica, ofrece una imagen mucho más compleja y humana de las primeras comunidades ganaderas africanas. Lejos de abandonar sus antiguas costumbres, aquellas poblaciones combinaron distintas estrategias alimentarias para sobrevivir en un entorno marcado por profundas transformaciones climáticas.
La investigación se centra en las regiones próximas al lago Turkana, en la actual Kenia, uno de los paisajes más importantes para comprender la evolución humana en África. Hace unos 5.000 años, esta zona atravesaba un periodo de cambios drásticos: las lluvias disminuían, los niveles de agua descendían y las praderas todavía no se habían expandido lo suficiente como para sostener enormes rebaños de forma estable. En ese contexto, depender únicamente del ganado podía convertirse en una apuesta demasiado arriesgada.
Tal y como ha revelado el estudio, las primeras comunidades pastoriles optaron por algo mucho más práctico: diversificar. Criaban vacas, ovejas y cabras, pero seguían pescando en el lago, cazando animales salvajes y recolectando plantas. En otras palabras, combinaron lo viejo y lo nuevo durante generaciones enteras.
La investigación analizó restos humanos hallados en distintos yacimientos arqueológicos de Kenia y Tanzania, algunos con una antigüedad de hasta 9.500 años. Para reconstruir la dieta de estas poblaciones, los científicos estudiaron isótopos estables conservados en dientes humanos. Estas pequeñas señales químicas funcionan como una especie de archivo biológico que conserva información sobre lo que una persona comió durante su infancia y adolescencia.
Los dientes humanos se han convertido en una de las herramientas más valiosas para la arqueología moderna. A diferencia de otros tejidos del cuerpo, el esmalte dental apenas cambia con el paso del tiempo. Eso significa que conserva intactas las huellas químicas de la alimentación consumida hace miles de años.
Gracias a ese análisis isotópico, los investigadores descubrieron algo sorprendente: no existía una dieta uniforme entre los primeros pastores africanos. Algunas personas consumían una gran cantidad de productos relacionados con animales herbívoros, mientras otras seguían dependiendo en gran medida del pescado o de la carne salvaje. Incluso dentro de un mismo asentamiento podían existir hábitos alimentarios completamente distintos.
La diversidad era enorme. Y eso es precisamente lo que ha llamado la atención de los arqueólogos. Hasta ahora, muchos especialistas asumían que la llegada de la ganadería implicaba un cambio radical y rápido hacia una economía centrada exclusivamente en el ganado. Pero las pruebas químicas cuentan otra historia mucho más flexible y adaptable.

Los resultados recuerdan más al comportamiento de sociedades cazadoras-recolectoras que al de comunidades ganaderas plenamente establecidas. Aquellos grupos humanos parecían ajustar constantemente su dieta según las condiciones ambientales, las estaciones o la disponibilidad de recursos. No seguían un único modelo fijo.
Tal y como indica el equipo científico, esa flexibilidad pudo ser la clave de su supervivencia en un periodo de fuerte inestabilidad climática. En un paisaje donde las lluvias eran impredecibles y los pastos escaseaban, mantener varias fuentes de alimento suponía una ventaja evidente frente a depender únicamente del ganado.
Durante más de mil años, los primeros ganaderos africanos siguieron dependiendo también de la pesca, la caza y la recolección para sobrevivir.
El momento en que apareció el pastoreo en el este de África coincidió con el final del llamado Periodo Húmedo Africano, una etapa en la que amplias regiones del continente habían disfrutado de condiciones mucho más húmedas y fértiles que las actuales.
Con el paso de los siglos, el clima comenzó a transformarse. Los lagos redujeron su tamaño, algunas zonas verdes desaparecieron y los ecosistemas cambiaron rápidamente. Para las comunidades humanas, aquello supuso un enorme desafío.
El ganado ofrecía ventajas importantes: podía proporcionar carne, sangre, pieles e incluso prestigio social. Pero también implicaba riesgos. Las sequías podían matar rebaños enteros y la falta de pastos convertía la movilidad en una necesidad constante. En un entorno tan inestable, seguir aprovechando la pesca y la caza resultaba una estrategia lógica.
La región del lago Turkana era especialmente rica en recursos acuáticos. Sus aguas proporcionaban peces abundantes y atraían animales salvajes, creando un entorno favorable para mantener formas de vida mixtas. La transición hacia el pastoreo no eliminó inmediatamente las prácticas anteriores, sino que se integró con ellas.
De hecho, tal y como ha adelantado el estudio, esta combinación de actividades duró más de un milenio. No fue hasta siglos después cuando algunas comunidades del sur de Kenia y del norte de Tanzania comenzaron a depender mucho más intensamente de los productos ganaderos.
Ese cambio posterior sí dejó una huella más clara en los dientes analizados. Las dietas se volvieron menos variadas y más especializadas, algo que probablemente estuvo relacionado con paisajes más estables y una expansión mayor de las praderas.
Además de analizar dientes humanos, los investigadores estudiaron residuos orgánicos encontrados en antiguas cerámicas utilizadas para cocinar. Aunque a simple vista parecen simples fragmentos de barro, estas vasijas conservan pequeñas trazas de grasas y compuestos químicos absorbidos durante miles de años.
Esos residuos permiten saber qué tipo de alimentos se preparaban en ellas. Y, una vez más, las conclusiones resultaron inesperadas.
Las cerámicas mostraban señales de grasas animales, pero apenas existían evidencias claras de productos lácteos. Eso sugiere que, aunque el ganado era importante, la leche todavía no ocupaba un papel central en la dieta de estas primeras sociedades pastoriles.
El descubrimiento resulta especialmente interesante porque la leche suele asociarse automáticamente con las culturas ganaderas tradicionales africanas. Sin embargo, el estudio muestra que esa relación se desarrolló lentamente y de manera desigual.
Las vasijas revelan además otro detalle fundamental: aquellas comunidades seguían aprovechando recursos muy distintos dependiendo del lugar y del momento. La alimentación era mucho más compleja de lo que durante años se había imaginado.
Los arqueólogos creen que estas decisiones alimentarias no respondían únicamente a cuestiones prácticas. También estaban relacionadas con costumbres culturales, redes sociales y formas de organización comunitaria que todavía se están investigando.

Las cerámicas halladas en Kenia y Tanzania muestran que la leche todavía no era un alimento dominante entre los primeros pastores.
La imagen clásica de la Prehistoria suele presentar grandes cambios repentinos: la agricultura sustituye a la caza, las ciudades reemplazan a las aldeas y las nuevas tecnologías hacen desaparecer las antiguas tradiciones. Pero la realidad humana rara vez funciona de forma tan simple.
El estudio sobre los primeros pastores del este de África muestra precisamente lo contrario. Las transformaciones históricas podían durar siglos y desarrollarse de manera gradual, mezclando prácticas nuevas con costumbres heredadas durante generaciones.
Lejos de abandonar inmediatamente sus antiguos conocimientos, aquellas comunidades conservaron estrategias que habían demostrado funcionar durante miles de años. Pescar, recolectar plantas o cazar seguía siendo útil incluso después de domesticar animales.
El hallazgo también ayuda a entender cómo las sociedades humanas han respondido históricamente a las crisis climáticas. En vez de apostar por una única solución, diversificaron recursos y adaptaron continuamente su modo de vida a un entorno cambiante.
Y quizá esa sea la enseñanza más interesante de todas. Hace cinco mil años, en las orillas del lago Turkana, los primeros ganaderos africanos descubrieron que sobrevivir no consistía en abandonar el pasado, sino en combinarlo inteligentemente con el futuro.
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