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Analizan un fósil de 380 millones de años en la Antártida...
christianper · 2026-04-28 · via Muy Interesante

Un fósil único analizado con tecnología nuclear ha permitido reconstruir el cerebro de un pez de hace 380 millones de años, revelando pistas clave sobre cómo los primeros vertebrados empezaron a adaptarse a la vida fuera del agua.

El interior del cráneo de un pez del Devónico de Gondwana, revelado mediante tomografía de neutrones
El interior del cráneo de un pez del Devónico de Gondwana, revelado mediante tomografía de neutrones. Recreación artística. Foto: Gemini

Christian Pérez

Publicado por Christian Pérez

Redactor especializado en divulgación científica e histórica

Creado: Actualizado:

Hay descubrimientos que no se anuncian con un estruendo, sino que se infiltran lentamente en la historia de la ciencia hasta cambiarla por completo. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con un fósil hallado en la Antártida que, durante décadas, permaneció en silencio. Ahora, gracias a nuevas técnicas de análisis, ese antiguo animal empieza a contar su historia… y no es una historia cualquiera.

El protagonista de esta investigación es Koharalepis jarviki, un pez del Devónico tardío que habitó la Tierra hace más de 380 millones de años. A primera vista podría parecer un fósil más entre los muchos que se han encontrado en antiguos depósitos sedimentarios, pero lo cierto es que su importancia radica en un detalle muy concreto: es el único ejemplar de su familia que conserva estructuras internas del cráneo en tres dimensiones.

Esa singularidad lo convierte en una pieza excepcional dentro del complejo puzzle evolutivo que conecta a los peces con los primeros vertebrados terrestres. Tal y como ha revelado el estudio publicado en Frontiers in Ecology and Evolution, este animal pertenece a los tetrapodomorfos, un grupo que incluye a los ancestros directos de todos los vertebrados con extremidades, incluidos los humanos.

Un fósil atrapado en el hielo… y en el tiempo

El hallazgo original de Koharalepis se produjo en la formación Aztec Siltstone, en las montañas de la Antártida. Este entorno, hoy inhóspito y congelado, fue en su momento una vasta llanura fluvial repleta de vida. Peces de distintos tamaños y formas compartían ecosistemas de agua dulce en un planeta muy distinto al actual.

Durante años, el estudio de este fósil estuvo limitado por las técnicas disponibles. Se conocía su aspecto externo, pero el interior del cráneo —clave para entender su biología— permanecía prácticamente inaccesible. Sin embargo, la tecnología ha cambiado las reglas del juego.

Gracias al uso combinado de tomografía por sincrotrón y, especialmente, tomografía de neutrones, los investigadores han podido “ver” dentro del fósil sin dañarlo. Este tipo de escaneo permite diferenciar materiales con una precisión extraordinaria, revelando estructuras ocultas incluso en rocas densas. Tal y como indica el artículo, esta aproximación ha permitido reconstruir partes del cerebro, la mandíbula, el sistema branquial e incluso segmentos de la columna vertebral.

Reconstrucción artística del pez tetrapodomorfo del Devónico Koharalepis jarviki
Reconstrucción artística del pez tetrapodomorfo del Devónico Koharalepis jarviki. Fuente: Thomas Turner/Flinders University

A medida que los investigadores iban desvelando los detalles anatómicos de Koharalepis, comenzaron a surgir preguntas. ¿Qué tipo de vida llevaba este animal? ¿Cómo encajaba en el árbol evolutivo?

El fósil muestra un cráneo ancho y aplanado, con ojos relativamente pequeños y situados en una posición lateral. Esta característica, aparentemente menor, resulta clave, ya que sugiere que no dependía tanto de la vista como otros depredadores de su tiempo. En su lugar, probablemente utilizaba otros sentidos para detectar presas.

Además, su mandíbula estaba equipada con grandes colmillos cónicos, lo que apunta a un comportamiento claramente depredador. No era un pez cualquiera: era un cazador de emboscada, adaptado a acechar en aguas poco profundas.

Pero lo más intrigante no estaba en su aspecto externo, sino en lo que escondía su cráneo.

Según han revelado los investigadores, este fósil es único dentro de su grupo porque conserva estructuras internas del cráneo, algo extremadamente raro en peces de esta antigüedad.

El detalle que cambia la historia

Durante buena parte del análisis, los científicos se centraron en describir estructuras óseas y relaciones evolutivas. Sin embargo, el verdadero salto cualitativo llegó al reconstruir parcialmente el interior del cráneo, es decir, su endocasto cerebral.

Ahí es donde Koharalepis deja de ser un fósil interesante para convertirse en una pieza clave de la evolución.

Tal y como ha revelado el estudio, su cerebro presenta características sorprendentemente similares a las de otros peces cercanos al momento en que los vertebrados comenzaron a colonizar la tierra firme. Esto incluye estructuras relacionadas con la percepción sensorial y el control del comportamiento.

Entre los hallazgos más llamativos destaca el desarrollo de la glándula pineal, una estructura vinculada a la detección de la luz y los ritmos circadianos. Su tamaño y forma sugieren que este animal estaba especialmente adaptado a percibir cambios en la iluminación, algo fundamental en entornos cercanos a la superficie del agua.

Además, se han identificado indicios de adaptaciones que podrían estar relacionadas con la respiración en ambientes pobres en oxígeno. Según los investigadores, ciertas aberturas en el cráneo podrían haber facilitado la captación de aire, lo que refuerza la idea de que estos peces ya estaban experimentando con formas de vida más allá del medio acuático.

Este conjunto de características sitúa a Koharalepis en una posición evolutiva muy concreta: justo antes de que aparezcan los primeros vertebrados con extremidades capaces de moverse en tierra firme.

El análisis filogenético incluido en el estudio confirma que pertenece a la familia Canowindridae, un grupo de peces exclusivo del antiguo supercontinente Gondwana. Su posición en el árbol evolutivo lo coloca por encima de formas más primitivas, pero aún por debajo de los primeros tetrápodos plenamente adaptados al medio terrestre.

En otras palabras, estamos ante un organismo que vivió en un momento de transición, cuando la evolución estaba experimentando con nuevas soluciones biológicas.

Reconstrucción tridimensional de Koharalepis jarviki (AMF 54325) a partir de datos de tomografía con neutrones
Reconstrucción tridimensional de Koharalepis jarviki (AMF 54325) a partir de datos de tomografía con neutrones. Fuente: Frontiers in Ecology and Evolution (2026)

El estudio también señala que su sistema sensorial estaba especialmente desarrollado, compensando el reducido tamaño de sus ojos.

Una ventana al origen de nuestra propia historia

Más allá de los detalles técnicos, el estudio de Koharalepis jarviki tiene implicaciones profundas. Comprender cómo eran estos animales, cómo se comportaban y qué adaptaciones desarrollaron permite reconstruir uno de los episodios más trascendentales de la historia de la vida: la conquista de la tierra firme.

Tal y como han adelantado los investigadores, este tipo de análisis no solo aporta información sobre anatomía, sino también sobre comportamiento, ecología e incluso ritmos biológicos. Y todo ello a partir de un único fósil.

En un mundo donde la tecnología permite mirar dentro de la piedra sin romperla, cada hallazgo como este amplía nuestra comprensión del pasado. Koharalepis ya no es solo un pez fosilizado en la Antártida: es una prueba tangible de cómo la vida empezó a cambiar de escenario.

Referencias

  • Corinne L. Mensforth et al, New data on the sarcopterygian Koharalepis jarviki (Tetrapodomorpha; Canowindridae) from the Late Devonian of Antarctica, revealed via synchrotron and neutron tomography, Frontiers in Ecology and Evolution (2026). DOI: 10.3389/fevo.2026.1765271