


























Un equipo de arqueólogos ha encontrado en una remota cueva de los Pirineos pruebas de una actividad inesperada que llevaba milenios oculta bajo capas de carbón, huesos y roca quemada.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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La subida hasta la cueva no admite atajos. No hay carretera, ni vehículos, ni caminos cómodos. Solo una pendiente dura en pleno valle de Núria, en Girona, y unos 45 minutos de ascenso a pie hasta superar los 2.235 metros de altitud. Precisamente por eso, lo último que esperaban encontrar allí los arqueólogos era una ocupación humana intensa y repetida durante miles de años.
Sin embargo, eso es exactamente lo que ha revelado ahora un estudio publicado en la revista Frontiers in Environmental Archaeology. Tal y como indica la investigación dirigida por Carlos Tornero, del Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES-CERCA), la llamada Cueva 338 conserva una de las secuencias arqueológicas de alta montaña más sorprendentes halladas hasta ahora en los Pirineos.
Durante décadas, muchos especialistas consideraron que las zonas por encima de los 2.000 metros apenas habían sido utilizadas por las comunidades prehistóricas. Se asumía que aquellos espacios eran demasiado hostiles para algo más que pasos ocasionales o refugios temporales.
La excavación de esta cavidad está empezando a desmontar esa idea.
Los trabajos arqueológicos, realizados entre 2021 y 2023, han permitido documentar hasta 23 estructuras de combustión, además de cientos de restos cerámicos, huesos de animales, herramientas de piedra y restos humanos.
Las dataciones por radiocarbono sitúan las primeras ocupaciones entre finales del V milenio a.C. y comienzos del I milenio a.C. Es decir, la cueva fue utilizada de forma recurrente durante más de 4.000 años.
El hallazgo resulta todavía más llamativo por el tipo de actividades identificadas en el interior. Los investigadores no encontraron señales de una ocupación breve o improvisada. Por el contrario, la densidad de hogares y materiales sugiere que grupos humanos regresaban una y otra vez al mismo lugar, probablemente dentro de rutas estacionales bien organizadas.

Entre los objetos recuperados aparecen incluso pequeños adornos personales. Uno de ellos fue elaborado a partir de una concha marina del género Glycymeris, perforada para utilizarse como colgante. Otro procede de un diente de oso pardo modificado con el mismo fin.
También aparecieron restos infantiles, entre ellos un diente de leche y una falange humana. Los autores del estudio consideran posible que algunas zonas de la cueva tuvieran un componente ritual o funerario.
La presencia de 23 estructuras de combustión revela que la cueva fue utilizada repetidamente durante generaciones.
Pero lo más extraño no eran los huesos, ni las cerámicas, ni los hogares excavados en el suelo. La auténtica sorpresa apareció dispersa entre las capas arqueológicas: más de 170 fragmentos de roca con llamativas manchas verdes y azuladas.
Al principio podían parecer simples minerales arrastrados desde el exterior. El problema es que esos materiales no existen de forma natural dentro de la cueva.
Tal y como ha adelantado el equipo investigador, muchos de esos fragmentos presentan además señales de alteración térmica. Habían sido sometidos al fuego de manera deliberada.
Ese detalle cambió completamente la interpretación del yacimiento. Los arqueólogos creen ahora que las piedras verdes corresponden probablemente a malaquita, un mineral rico en cobre utilizado desde la Prehistoria para obtener metal mediante calentamiento y reducción con carbón vegetal.

La malaquita ocupa un lugar clave en la historia tecnológica humana. Antes de que el bronce revolucionara Europa, distintas comunidades empezaron a experimentar con minerales de cobre relativamente fáciles de trabajar.
La investigación plantea que grupos humanos pudieron transportar estos minerales hasta la cueva para procesarlos allí mismo. El lugar ofrecía refugio, aislamiento y acceso a recursos de montaña, aunque los investigadores todavía no han localizado una mina cercana.
El periodo de ocupación más intenso coincide precisamente con el auge de la llamada Edad del Cobre, entre aproximadamente 3.600 y 2.400 a.C. Hasta ahora, no existían evidencias comparables de explotación mineral prehistórica a tanta altitud en los Pirineos.
La malaquita no aparece de forma natural dentro de la cueva, lo que indica que alguien la transportó hasta allí de manera deliberada hace miles de años
El hallazgo obliga a replantear el papel de las montañas pirenaicas en la Prehistoria europea. Y es que lejos de ser un territorio marginal o vacío, la investigación sugiere que estos espacios estaban plenamente integrados en las estrategias de movilidad y aprovechamiento de recursos de las comunidades prehistóricas.
Y quizá lo más revelador sea precisamente eso: durante miles de años, generaciones enteras subieron hasta una remota cueva de alta montaña para hacer algo que apenas empezamos a comprender ahora.
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