


















Tras 22 años de excavaciones y restauraciones, la misión española en Dra Abu el-Naga abrió al gran público en 2023 una necrópolis faraónica de 4.000 años de historia. El Proyecto Djehuty combina arqueología, sostenibilidad e implicación de la comunidad local para preservar este tesoro milenario.
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En febrero de 2023, una colina a orillas del Nilo se convirtió en el epicentro de un logro sin precedentes en la arqueología hispanoegipcia. Tras 22 años de excavaciones y restauraciones, el Proyecto Djehuty de la Misión Hispano-Egipcia en Dra Abu el-Naga abrió oficialmente sus puertas al público. El yacimiento, ubicado en la orilla occidental de Luxor, en el extremo norte de la necrópolis tebana, alberga algunas de las capillas funerarias rupestres más antiguas y mejor conservadas del antiguo Egipto, con una larga historia que se extiende desde el año 2000 a.C. hasta la época romana.
Preservar un yacimiento en un entorno tan complejo como el de Luxor, donde la conservación del patrimonio faraónico debe considerar tanto las comunidades locales como las presiones turísticas y los riesgos de saqueo, no es una tarea menor. El Proyecto Djehuty ha afrontado este reto mediante un enfoque multidisciplinar que combina rigor científico, tecnología punta y compromiso con la sostenibilidad y las comunidades locales. Gracias a esto, el modelo de gestión que promueve el proyecto ya se cita como referencia internacional en el campo de la arqueología del patrimonio.
El Proyecto Djehuty ha abierto oficialmente sus puertas al público. El yacimiento, ubicado en la orilla occidental de Luxor, alberga algunas de las capillas funerarias rupestres más antiguas y mejor conservadas del antiguo Egipto.

Las capillas rupestres de Djehuty (TT 11) y Hery (TT 12), dos monumentos excepcionales de la dinastía XVIII, constituyen el corazón del yacimiento. Djehuty fue el superintendente del tesoro y de las obras de Amón bajo la reina Hatshepsut, hacia 1470 a.C. Hery, su predecesor, sirvió como supervisor del granero real unos cincuenta años antes.
Ambas capillas, olvidadas durante siglos y reutilizadas como catacumbas para albergar miles de animales momificados, conforman hoy el eje de un relato arqueológico que abarca cuatro milenios. Un nuevo estudio, publicado en Conservation and Management of Archaeological Sites por José M. Galán y Amalia Pérez-Juez, detalla las estrategias de conservación y gestión que han hecho posible este hito.
Las capillas rupestres de Djehuty y Hery, dos monumentos excepcionales de la dinastía XVIII, ocupan el corazón del yacimiento.

La concesión de la misión ocupa 10.000 m², de los que se han excavado alrededor del 50% hasta el momento. Desde el inicio, el equipo estableció dos pilares clave del proyecto: investigación y conservación. Así, cada temporada de trabajo de campo se desarrolla en paralelo: mientras los arqueólogos excavan y documentan, los conservadores trabajan codo a codo con los arquitectos para preservar las estructuras más frágiles.
Todas las intervenciones se han caracterizado por el uso de materiales compatibles con los originales, como adobes, morteros de arena y bloques de caliza. Además, se ha utilizado una línea de arcilla para marcar visualmente la separación entre lo original y lo restaurado. Este protocolo responde tanto a las directrices de la Carta de Venecia como a la legislación egipcia de protección de antigüedades (Ley 117 de 1983, modificada en 2010).
Entre los desafíos técnicos más notables, el equipo tuvo que lidiar con la humedad migratoria que desprendía el enlucido de cal de la cámara funeraria de Djehuty. Situada al fondo de un pozo de 12 metros de profundidad e inscrita con capítulos del Libro de los Muertos, para proteger su techo agrietado, se instalaron tres mesas metálicas telescópicas con planchas de poliestireno expandido de 10 cm, capaces de amortiguar posibles desprendimientos.
Todas las intervenciones se han caracterizado por el uso de materiales compatibles con los originales, como adobes, morteros de arena y bloques de caliza.

En 2017, los arqueólogos del Proyecto Djehuty protagonizaron uno de los descubrimientos más singulares de la arqueología egipcia reciente. El equipo encontró un jardín funerario en retícula de 4.000 años de antigüedad, el único conocido hasta la fecha con evidencias arqueológicas directas. El jardín, alineado con una tumba rupestre de la Dinastía XII (ca. 2000 a.C.), mide 3,0 × 2,26 metros y está compuesto por 23 cuadros de cultivo de 30 × 30 centímetros separados por caballones de 8 cm.
Varios de los cuadros conservaban semillas desecadas de cilantro, melón y plantas de la familia Asteraceae. En la esquina noreste, un fragmento del tronco de un tamarisco aún permanecía en pie, anclado a la tierra reseca. La importancia del hallazgo era tal que dejarlo expuesto resultaba inviable, pues el sol, el viento y las lluvias ocasionales lo habrían destruido en poco tiempo.
Para solucionarlo, el equipo escaneó el jardín en 3D. De este modo, se logró fabricar una réplica exacta en poliestireno expandido de alta densidad (40 kg/m³) recubierta de resina acrílica. La réplica, producida por FactumArte en Madrid, viajó en cuatro secciones hasta Luxor que se ensamblaron sobre el jardín original.
El equipo encontró un jardín funerario en retícula de 4.000 años de antigüedad, el único conocido hasta la fecha con evidencias arqueológicas directas.
La integración de arquitectura contemporánea en un yacimiento arqueológico requiere una sensibilidad extrema. En 2017, el cobertizo de piedra construido en 1909 para proteger la fachada de la capilla de Djehuty fue demolido y sustituido por uno nuevo que no roza las superficies talladas. Esta nueva estrutcura ,a además, permite la entrada de luz natural a través de una ventana de policarbonato translúcido y se mimetiza con el entorno mediante un revoco de barro y paja.
En el interior de la capilla, un techo metálico pintado de negro aloja una instalación de iluminación LED en sus bordes. Este sistema, único en toda la necrópolis tebana, ilumina los relieves desde arriba sin necesidad de instalar cables en el suelo. De este modo, se puede tener una experiencia directa del pavimento rupestre original.
Los paneles explicativos giran en torno a dos ejes cronológicos: las capillas rupestres de Djehuty y Hery, de la primera mitad de la Dinastía XVIII, y las estructuras de adobe de la Segunda Época Intermedia.

Narrar cuatro milenios de historia en un espacio accesible para el gran público es, quizás, el reto intelectual más ambicioso al que se ha enfrentado el equipo. La estrategia interpretativa elegida gira en torno a dos ejes cronológicos: las capillas rupestres de Djehuty y Hery, de la primera mitad de la Dinastía XVIII, y las estructuras de adobe de la Segunda Época Intermedia, además del singular jardín funerario.
El yacimiento cuenta con tres paneles exteriores y dos interiores, fabricados en aluminio resistente y redactados en inglés y árabe. Cada uno incorpora un código QR que dirige al visitante al portal oficial del proyecto, donde se puede acceder a reconstrucciones 3D, vídeos y publicaciones científicas.
El equipo también decidió preservar los restos de las casas del pueblo de Qurna, que se demolieron parcialmente en 2006, y cuyas familias habían habitado las tumbas antiguas durante generaciones. Estos vestigios del siglo XX son ahora un patrimonio vivo, testimonio de la coexistencia secular entre vivos y muertos que caracteriza la orilla occidental de Luxor. Asimismo, los casi 100 grafitos demóticos trazados en tinta roja durante el siglo II a.C. en las paredes interiores de las capillas de Djehuty y Hery se han conservado.

La apertura al público no tendría sentido sin la implicación de la comunidad local que vive en torno al yacimiento. Durante sus 25 años de actividad, el Proyecto Djehuty ha contratado cada temporada al mayor número posible de trabajadores locales y ha formado restauradores egipcios en colaboración con el Consejo Supremo de Antigüedades.
El modelo del Proyecto Djehuty demuestra que los yacimientos que se mantienen, se estudian y se visitan son mucho menos vulnerables al saqueo que los abandonados tras la excavación. Conservación, educación, turismo y comunidad pueden actuar en sinergia para proteger un patrimonio que, en última instancia, pertenece a toda la humanidad.
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