


























Un puñado de diminutos huesos y dientes conservados durante más de 75.000 años está revelando cómo crecían los neandertales cuando apenas comenzaban a dar sus primeros pasos en la vida.
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante décadas, los neandertales fueron retratados como una humanidad paralela marcada por sus diferencias respecto a Homo sapiens. Su constitución robusta, sus rasgos faciales característicos y su adaptación a los duros climas de Eurasia parecían situarlos en una trayectoria evolutiva distinta. Sin embargo, cuanto más avanza la investigación, más evidencias aparecen de que las diferencias entre ambas especies quizá fueron menores de lo que durante mucho tiempo se creyó.
La última prueba procede de un lugar aparentemente poco prometedor: varios fragmentos de huesos y dos dientes infantiles encontrados en una cueva del sur de Alemania. A simple vista, los restos apenas llaman la atención. Son pequeños, están fragmentados y permanecieron durante décadas almacenados en una colección arqueológica. Pero gracias a las modernas técnicas de escaneo tridimensional, esos fósiles han comenzado a contar una historia extraordinaria sobre los primeros momentos de vida de los neandertales.
El estudio, publicado en la revista Royal Society Open Science, ha permitido reconstruir aspectos del desarrollo prenatal y de la primera infancia de varios individuos neandertales que vivieron entre hace 90.000 y 50.000 años. Tal y como indica la investigación, los resultados apuntan a que el crecimiento de estos niños era sorprendentemente parecido al de los seres humanos actuales durante las últimas fases del embarazo.
La relevancia del descubrimiento radica, en gran medida, en la extraordinaria rareza de este tipo de restos. Los fósiles de bebés y fetos neandertales se cuentan con los dedos de las manos, mientras que la mayoría de los ejemplares conocidos pertenecen a adolescentes o adultos. Esta escasez convierte cada hallazgo infantil en una pieza fundamental para comprender cómo transcurrían los primeros momentos de la vida en una de las especies humanas más cercanas a nosotros.
Los restos estudiados proceden de Sesselfelsgrotte, una conocida cueva de Baviera considerada uno de los enclaves neandertales más importantes de Europa central. Aunque las excavaciones realizadas entre los años sesenta y setenta sacaron a la luz miles de vestigios arqueológicos, algunos de estos pequeños huesos pasaron inadvertidos durante décadas. Solo años después, tras nuevas revisiones del material recuperado, los investigadores confirmaron que pertenecían a individuos neandertales.
Para desentrañar los secretos ocultos en el interior de los fósiles sin alterar su estado de conservación, el equipo recurrió a la microtomografía computarizada, una tecnología capaz de generar imágenes tridimensionales de altísima resolución y revelar detalles invisibles a simple vista.
El estudio se centró en tres individuos distintos. El caso más extraordinario corresponde a Sesselfelsgrotte 1, representado por una docena de fragmentos óseos pertenecientes a un individuo perinatal, es decir, un bebé que falleció en las últimas semanas de gestación o poco después del nacimiento. Entre los restos identificados figuran partes de la mandíbula, costillas, huesos largos de brazos y piernas, además de varios fragmentos craneales.
Las imágenes obtenidas revelaron un esqueleto inmerso en una intensa fase de crecimiento. Los tejidos óseos conservaban características propias de etapas muy tempranas del desarrollo, con una elevada vascularización y una rápida formación de nuevo hueso, rasgos típicos de los últimos compases de la vida fetal.
Según muestra el estudio, la organización microscópica de estos huesos guarda un notable parecido con la observada en fetos humanos actuales durante el tercer trimestre del embarazo. Esta coincidencia respalda la hipótesis de que el individuo tenía alrededor de ocho o nueve meses de desarrollo cuando murió.
Sin embargo, el hallazgo resulta relevante por algo más que por precisar la edad del pequeño neandertal. Los datos sugieren que los mecanismos biológicos que guiaban la formación de su esqueleto seguían patrones muy similares a los de Homo sapiens. En cierto modo, los investigadores han encontrado nuevas evidencias de que los procesos fundamentales que moldeaban la vida antes del nacimiento eran compartidos por ambas especies mucho antes de que sus trayectorias evolutivas tomaran caminos distintos.

Los restos de bebés y fetos neandertales se encuentran entre los fósiles más escasos de toda la evolución humana.
Aunque la semejanza general es evidente, los investigadores también detectaron algunos detalles interesantes.
Los huesos largos, especialmente el fémur y el húmero, mostraban zonas más compactas y estructuradas que las observadas normalmente en fetos humanos actuales de edad equivalente. Esto podría indicar que ciertas regiones del esqueleto neandertal alcanzaban grados de desarrollo ligeramente más avanzados durante la gestación.
Los autores del estudio son prudentes al interpretar este resultado. Parte de estas diferencias podrían deberse simplemente a que distintos huesos siguen ritmos de formación diferentes. Sin embargo, tampoco descartan que algunos elementos del esqueleto neandertal crecieran algo más rápido que sus equivalentes en Homo sapiens.
Esta posibilidad encaja con investigaciones previas que han señalado que los neandertales poseían cuerpos especialmente robustos desde edades tempranas. Su adaptación a entornos fríos y exigentes pudo favorecer trayectorias de crecimiento particulares en determinadas partes del organismo.
Aun así, la conclusión principal permanece inalterada: las diferencias observadas son limitadas y no modifican la imagen general de una infancia temprana extraordinariamente parecida a la nuestra.

Los huesos no fueron los únicos testigos del pasado que examinaron los investigadores. El estudio también puso el foco en dos molares de leche pertenecientes, muy probablemente, a dos niños neandertales diferentes. Aunque a simple vista se trata de piezas diminutas, en su interior conservaban información capaz de arrojar nueva luz sobre la salud y las dificultades que pudieron afrontar estos individuos durante sus primeros años de vida.
Al analizar los dientes mediante escáneres de alta resolución, los científicos detectaron alteraciones en la dentina, el tejido situado bajo el esmalte que constituye gran parte de la estructura dental. Estas anomalías apuntan a una mineralización incompleta y encajan con una afección conocida como dentina interglobular, una alteración que deja huellas permanentes durante el crecimiento del diente.
Este tipo de defectos aparece cuando algo interfiere en el proceso normal de formación dental. En humanos modernos, suele relacionarse con episodios de estrés fisiológico, problemas en el metabolismo mineral o carencias nutricionales sufridas durante etapas especialmente sensibles del desarrollo.
Los autores del estudio son cautos y recuerdan que resulta imposible identificar la causa exacta en estos individuos que vivieron hace decenas de miles de años. Aun así, entre las hipótesis que manejan figuran déficits de vitamina D, falta de calcio o alteraciones que dificultaran la correcta absorción de este mineral esencial para la formación de huesos y dientes.
Lo más fascinante es que estas pequeñas marcas quedaron registradas en un momento crucial de la vida. Los dientes de leche comienzan a desarrollarse antes del nacimiento y continúan formándose durante los primeros años de infancia. Por eso, los investigadores los consideran auténticos archivos biológicos capaces de conservar información sobre las condiciones de salud, la nutrición e incluso los episodios de estrés que experimentaron estos niños neandertales hace más de 75.000 años.
Las últimas semanas de gestación de los neandertales fueron mucho más parecidas a las nuestras de lo que se creía.
Los resultados han despertado un especial interés porque podrían representar una de las evidencias más antiguas de alteraciones metabólicas documentadas en neandertales.
Si futuras investigaciones confirman esta interpretación, los dientes de Sesselfelsgrotte constituirían un testimonio excepcional de problemas de salud experimentados por individuos que vivieron hace unos 75.000 años.
La cuestión resulta especialmente relevante porque permite acercarse a aspectos muy difíciles de estudiar en poblaciones prehistóricas. Mientras que los huesos suelen aportar información sobre la anatomía o la locomoción, los dientes conservan detalles íntimos relacionados con la nutrición, el crecimiento y las condiciones de vida.
Los autores subrayan que todavía son necesarios análisis complementarios para comprender mejor el origen de estas anomalías. No obstante, los hallazgos demuestran el enorme potencial de las técnicas de imagen no invasivas para explorar aspectos desconocidos de la biología neandertal.

Los fósiles llevaban décadas en una colección arqueológica antes de revelar uno de los capítulos más desconocidos de la vida neandertal.
Durante años, los científicos debatieron si los neandertales crecían de manera significativamente diferente a Homo sapiens. Algunos estudios sugerían ritmos de maduración más rápidos, mientras que otros defendían trayectorias prácticamente equivalentes.
Los nuevos datos procedentes de Sesselfelsgrotte aportan argumentos importantes a favor de esta segunda interpretación. Al menos durante las últimas semanas de gestación y los primeros años de vida, los neandertales parecen haber compartido con nosotros muchos de los mecanismos fundamentales del desarrollo.
La imagen que emerge es la de unos niños que crecían en el vientre materno siguiendo patrones biológicos sorprendentemente familiares. Sus esqueletos se formaban de manera parecida a los nuestros y sus dientes registraban episodios de estrés fisiológico similares a los que afectan a los seres humanos actuales.
Quizá esa sea la principal enseñanza de estos diminutos fósiles. A pesar de los miles de años que nos separan y de pertenecer a una especie distinta, los neandertales no eran tan diferentes en los momentos más tempranos y vulnerables de la vida. En esos primeros meses de existencia, cuando el cuerpo comienza a construirse célula a célula, compartíamos mucho más de lo que imaginábamos.
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