





















Investigadores de la Universidad de Granada combinan proteómica y análisis de desgaste dental para revelar cómo las mujeres prehistóricas del sureste peninsular construyeron su identidad a través del trabajo textil hace 5.000 años.
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Hace más de 5.000 años, mujeres de distintos grupos sociales compartían una misma rutina: usar sus dientes como herramientas para procesar fibras vegetales. No lo sabemos a través de los objetos arqueológicos ni de las crónicas históricas, sino gracias a sus propios huesos. Sus cuerpos aún lo recuerdan.
Un nuevo estudio publicado en Journal of Archaeological Science en 2026, liderado por investigadoras de la Universidad de Granada, ha combinado por primera vez el análisis del desgaste dental no masticatorio con la identificación del sexo cromosómico mediante péptidos de esmalte para reconstruir las identidades de género en las sociedades megalíticas del sureste ibérico. Con datos de 38 individuos documentados en el sureste peninsular, el estudio ofrece la imagen más completa obtenida hasta la fecha sobre cómo se construía la identidad femenina a través del trabajo artesanal en la prehistoria ibérica. Una historia escrita, literalmente, en el esmalte dental.
Un nuevo estudio combina el análisis del desgaste dental no masticatorio con la identificación del sexo cromosómico mediante péptidos de esmalte para reconstruir las identidades de género en las sociedades megalíticas del sureste ibérico.

El equipo examinó 1.452 dientes procedentes de los cementerios megalíticos de Panoría (Darro, Granada) y Los Milanes (Abla, Almería). En 16 se detectaron marcas atípicas: surcos profundos, esmalte pulido y microestriaciones. Todas las personas identificadas biológicamente que mostraban esas marcas eran mujeres. El patrón se repite de forma coherente a lo largo de más de 1.400 años, desde el Neolítico Final hasta la Edad del Cobre (ca. 3600–2200 a. C.), sin alteraciones significativas.
Los 16 dientes con desgaste atípico presentan un patrón morfológico muy definido. Los surcos tienen sección en U, paredes pulidas y redondeadas y, en el 72% de los casos, penetran el esmalte hasta exponer la dentina. Las microestriaciones, analizadas mediante microscopía electrónica de barrido (SEM), siguen el eje de los surcos, lo que indica un contacto repetido por fricción. En uno de los dientes, el surco era tan ancho y profundo que casi alcanzaba la línea media de la pieza.
El 84% de las marcas se concentra en los incisivos superiores y el 87% en el maxilar. La lateralización hacia el lado derecho, especialmente llamativa en el Neolítico Final y el Calcolítico, sugiere una postura o una técnica de trabajo consistente. Las investigadoras han identificado dos movimientos principales como causa de estas marcas. Uno de ellos habría sido mesiodistal, compatible con el movimiento de fibras de lado a lado para humedecerlas y reforzarlas; el otro, labiolingual, propio de las acciones de tracción en las que los dientes actúan como tenazas o puntos de anclaje.
El equipo examinó 1.452 dientes procedentes de los cementerios megalíticos de Panoría (Darro, Granada) y Los Milanes (Abla, Almería). En 16 se detectaron marcas atípicas.

Las fibras vegetales que se utilizaron fueron probablemente el esparto, el lino y el cáñamo. Estos materiales están documentados en el sureste ibérico desde el Neolítico hasta la Edad del Bronce en forma de semillas carbonizadas, fragmentos textiles mineralizados e incluso microfibras de lino en cálculo dental. Las marcas de pulido se asocian, además, al trabajo con cueros, otra actividad bien documentada en las sociedades etnográficas que usan los dientes para ablandar las pieles. Los dientes, en definitiva, actuaban como una tercera mano al servicio de la artesanía textil.
Uno de los problemas clásicos en bioarqueología es determinar el sexo de los individuos cuyos esqueletos están fragmentados, mezclados o cremados. Los métodos osteológicos tradicionales requieren la presencia de una pelvis y un cráneo bien conservados, algo poco habitual en las tumbas colectivas megalíticas. El análisis de péptidos de amelogenina en el esmalte dental resuelve este obstáculo a través de un muestreo poco invasivo y con una precisión notable.
La amelogenina es una proteína del esmalte que presenta variantes específicas según el cromosoma sexual. La presencia de amelogenina Y indica el sexo cromosómico masculino; su ausencia, el femenino. El esmalte dental es el tejido más resistente del organismo, capaz de preservar estas proteínas durante milenios.
En el estudio, los 10 individuos seleccionados para el análisis, elegidos para evitar duplicidades, se procesaron mediante cromatografía líquida de alta resolución acoplada a espectrometría de masas en tándem (UHPLC-MS/MS). La investigación confirmó de este modo que los 10 individuos eran cromosómicamente femeninos. Este hallazgo resulta especialmente relevante porque es la primera vez que se determina el sexo de individuos cuyos dientes aislados presentan este tipo de marcas en contextos de restos óseos muy fragmentados.
La amelogenina es una proteína del esmalte que presenta variantes específicas según el cromosoma sexual. La presencia de amelogenina Y indica el sexo cromosómico masculino; su ausencia, el femenino.

El dato más contundente del estudio concierne a su escala temporal. El patrón de desgaste asociado a la artesanía textil femenina se mantiene prácticamente inmutable desde el Neolítico Final hasta la Edad del Bronce. Se trata, pues, de un arco de más de 2.300 años que abarca transformaciones culturales profundas: nuevos patrones de asentamiento, rituales funerarios distintos, una cultura material radicalmente diferente.
En el conjunto de 38 individuos con surcos documentados en el sureste ibérico, el 94% eran mujeres. Su presencia se distribuye equitativamente entre el Neolítico Final/Calcolítico (94,1%) y la Edad del Bronce (94,4%). Solo dos individuos masculinos presentaban estas marcas, uno del Calcolítico y otro del Bronce Antiguo. Las autoras han interpretado este dato como evidencia de la existencia de identidades no binarias en las sociedades prehistóricas europeas, un fenómeno cada vez más respaldado por la evidencia arqueológica del continente.
La persistencia del patrón a través de los siglos sugiere un sistema de alta intensidad de género, con normas muy estructuradas en torno al sexo que, sin embargo, habrían dejado espacio para las excepciones. Durante el Neolítico y el Calcolítico, esta identidad se forjaba en un contexto colectivo, expresado en los dólmenes con enterramientos múltiples. En la Edad del Bronce Temprano, con la aparición de las inhumaciones individuales bajo los suelos de las viviendas, la identidad se volvió más individualizada. Con todo, la marca textil en los dientes persistió. Incluso en épocas de intensa transformación social, las mujeres mantuvieron vínculos relacionales a través del trabajo compartido.
El patrón de desgaste asociado a la artesanía textil femenina se mantiene prácticamente inmutable desde el Neolítico Final hasta la Edad del Bronce.

El estudio concluye que la artesanía textil fue una actividad culturalmente estructurada y específica de género, asociada a las mujeres desde el Neolítico Final hasta la Edad del Bronce en el sureste ibérico. A través del trabajo con fibras, las mujeres construían y transmitían su identidad de género, una identidad que resistió siglos de cambio social. Según el estudio, los punzones hallados en las tumbas femeninas de la Edad del Bronce refuerzan esta asociación simbólica. Incluso en el ritual funerario, se representaba a las mujeres con las herramientas de su oficio.
La metodología empleada, que combina la proteómica con los análisis de desgaste atípico, ofrece nuevas posibilidades para el estudio de restos óseos fragmentados, comminuidos o cremados, muy frecuentes en los contextos prehistóricos. La arqueología del género dispone ahora de herramientas más precisas para leer lo que los huesos guardan: no solo el sexo biológico, sino también los roles, las rutinas y las identidades que dieron forma a la vida cotidiana hace milenios.
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