





















Una técnica forense adaptada a la arqueología ha permitido detectar el fuego más antiguo conocido de nuestra especie en el estrato 11 de Wonderwerk Cave, Sudáfrica. La clave se encuentra en los huesos de micromamíferos calcinados hace 1,8 millones de años.
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A más de 30 metros de la entrada de una cueva en el Cabo Septentrional sudafricano, un grupo de homínidos encendió un fuego hace casi 2.000.000 de años. O, al menos, fue capaz de llevar las llamas al interior de la gruta. Probablemente no lo generaron, sino que lo capturaron durante un incendio provocado de manera natural en la sabana, lo transportaron hasta su refugio y lo mantuvieron vivo hasta que se extinguió. Eso es lo que sugiere un rompedor estudio publicado en junio de 2026 en PLOS One por un equipo internacional liderado por investigadores del CSIC, la Universidad de Toronto y el Weizmann Institute of Science.
La cueva de Wonderwerk lleva décadas proporcionando evidencias del uso del fuego por parte de los primeros individuos del género Homo. Hasta ahora, el registro más sólido apuntaba al estrato 10 del yacimiento, datado en torno a 1.000.000 de años. Sin embargo, el nuevo análisis ha identificado señales inequívocas de combustión también en el estrato 11, cuya antigüedad se sitúa entre 1.070.000 y 1.790.000 años. Esta evidencia podría desplazar la fecha de la primera relación documentada entre nuestra estirpe y el fuego hasta un umbral de casi 2 millones de años.
El estudio, además, destaca por el método que los investigadores emplearon para confirmar el dato. El equipo ha adaptado el análisis de la luminiscencia ósea, una técnica propia de la medicina forense, para detectar huesos quemados en contextos arqueológicos de manera rápida, no invasiva y aplicable a las grandes colecciones de fósiles. Según los autores, esta herramienta podría transformar la forma en que se estudia el uso temprano del fuego en todo el mundo.
Un nuevo análisis en Wonderwerk Cave ha identificado señales inequívocas de combustión en el estrato 11, cuya antigüedad se sitúa entre 1.070.000 y 1.790.000 años. Podría ser el ejemplo más antiguo conocido de la relación del Homo con el dominio del fuego.

Wonderwerk Cave se encuentra a 60 kilómetros al sur de Kuruman, en la provincia del Cabo Septentrional. Su nombre en afrikáans significa literalmente "cueva milagrosa" y el apelativo es más que adecuado. El yacimiento ha preservado casi 2 millones de años de ocupación humana en una secuencia estratigráfica prácticamente intacta.
La excavación 1 del yacimiento ha proporcionado siete estratos de la Edad de Piedra Temprana. En el estrato 12, el más profundo, predominan las herramientas olduvayenses de pequeño tamaño. En el 11, por su parte, se registran los primeros bifaces toscos, señal del inicio del Achelense. Y es precisamente en este estrato 11 donde el nuevo estudio ha hallado las huellas de fuego más antiguas confirmadas hasta la fecha en Wonderwerk.
Un factor crucial que refuerza la interpretación es que, durante el Achelense temprano, el punto donde ahora se ha excavado se hallaba a unos 30 metros de la entrada de la cueva. A esa profundidad, los incendios forestales naturales no penetran. Por tanto, si hay huesos quemados en ese lugar, es porque alguien llevó el fuego hasta allí.
La luminiscencia de los huesos quemados es la principal herramienta de la que se ha servido el estudio.

La luminiscencia de los huesos quemados es la principal herramienta de la que se ha servido el estudio. Cuando un hueso se calienta a alta temperatura, su estructura mineral experimenta cambios que le confieren una propiedad particular: al iluminarlo con luz azul de longitud de onda estrecha (455 nanómetros), emite luz en una longitud de onda distinta. Con un filtro óptico de paso largo, los huesos calcinados brillan en rojo, mientras que los que no se han quemado simplemente desaparecen.
Esta propiedad, conocida en medicina forense, fue adaptada aquí por primera vez a fósiles arqueológicos de gran antigüedad. El equipo analizó 187 huesos de micromamíferos, en concreto, los restos de egagrópilas, es decir, las bolas de alimentos no digeridos, de lechuza barniz común (Tyto alba), un ave que habitó la cueva de forma ininterrumpida. Se sometieron estos restos a dos métodos independientes: la luminiscencia y el espectrofotómetro de transformada de Fourier (FTIR), una de las técnicas de referencia en la arqueología contemporánea.
Los resultados fueron contundentes. En el estrato 11, los 32 huesos blancos y grises analizados, indicadores potenciales de calcinación, dieron positivo con ambos métodos. La concordancia fue del 100%. Además, la luminiscencia demostró ser más precisa que el FTIR en un aspecto crítico, pues distingue los huesos calcinados de los que han sufrido fluoruración por procesos geológicos. De este modo, se evitan falsos positivos que el infrarrojo no siempre logra discriminar.
Los científicos analizaron las egagrópilas de lechuza, acúmulos de pelo, plumas y huesos indigeribles altamente inflamables. Cuando los homínidos introdujeron fuego en la caverna, las egagrópilas ardieron y los huesos de los micromamíferos que contenían se calcinaron.

El papel de las egagrópilas de lechuza en este hallazgo merece especial atención. Estos acúmulos de pelo, plumas y huesos indigeribles cubrían el suelo de la cueva como una alfombra. Sus componentes son altamente inflamables, por lo que, cuando los homínidos introdujeron fuego en la caverna, las egagrópilas ardieron y los huesos de los micromamíferos que contenían se calcinaron. Puesto que esos restos no formaban parte de la dieta de los homínidos, los investigadores los consideran un conjunto de datos independiente útil para evaluar la presencia de fuego en la caverna.
La importancia del fuego en la evolución del ser humano fue clave. Su uso permitió a los primeros homínidos incrementar las horas de actividad más allá del crepúsculo, protegerse de los depredadores, mantenerse calientes y, sobre todo, cocinar los alimentos. La cocción aumenta el rendimiento calórico de la carne y reduce el esfuerzo de masticación y digestión. Por ello, habría sido esencial para liberar la energía metabólica necesaria para el desarrollo cerebral. Algunos investigadores sostienen que fue precisamente el fuego, y no la caza o el lenguaje, el catalizador decisivo del aumento del neocórtex en el linaje humano.

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