





















Fiebre, delirio, diarrea y muerte de animales: Tucídides lo describió todo. Ahora la genética confirma qué patógeno devastó Atenas durante la guerra del Peloponeso. La Salmonella enterica no tifoidea invasiva es la única bacteria que satisface todos los criterios históricos, clínicos y moleculares.
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En el verano del año 430 a. C., una plaga sin nombre irrumpió en Atenas como la más feroz de las tormentas. El hacinamiento de la población tras las murallas de la ciudad, debido a la amenaza espartana, fue el caldo de cultivo perfecto para el desastre. El historiador Tucídides, que sobrevivió al mal, dejó escrito el relato clínico más antiguo de la historia de la medicina occidental. Fiebres abrasadoras, delirios, violentas diarreas, úlceras en la piel y muerte. Se estima que un cuarto de la población ateniense pereció en tres años.
Durante milenios, la causa de aquella catástrofe ha permanecido en el terreno de la especulación. El tifus, la viruela, el sarampión, la fiebre tifoidea e incluso un virus hemorrágico similar al ébola se han propuesto como responsables. Ahora, un estudio publicado en 2026 en el International Journal of Infectious Diseases por investigadores de la Universidad Aristóteles de Tesalónica propone una respuesta más fundamentada que cualquier otra anterior.
El trabajo combina los datos del relato de Tucídides con evidencias arqueológicas, datos moleculares procedentes de ADN antiguo extraído de esqueletos hallados en una fosa común ateniense y un diagnóstico diferencial sistemático frente a otros patógenos zoonóticos. La conclusión a la que han llegado los investigadores resulta perturbadora: lo que mató a Pericles y doblegó la cuna de la democracia antigua fue, casi con certeza, una bacteria que hoy sigue matando a miles de personas al año.
En el verano del año 430 a. C., una plaga sin nombre irrumpió en Atenas. Se estima que un cuarto de la población murió como consecuencia.

Infectado y superviviente del drama, el historiador ateniense documentó el cuadro clínico con precisión. Tucídides describe un inicio brusco con calor interno intenso, inflamación ocular, irritación faríngea, tos y disnea. A estos síntomas se añaden los vómitos, la diarrea severa, la sed extrema y el agotamiento, a los que siguen pústulas y ulceraciones en la piel, además de síntomas neurológicos como delirio, confusión y amnesia.
Uno de los datos más reveladores es la muerte de animales durante la plaga, como los cuadrúpedos, los buitres que consumían los cadáveres y los perros, que desaparecieron por completo durante el brote. Este detalle, aparentemente anecdótico, es, en realidad, una restricción diagnóstica fundamental. Elimina de raíz a los patógenos estrictamente humanos, como el cólera, le sarampión, la viruela, el tifus y la fiebre tifoidea, que no infectan a perros, aves carroñeras ni cuadrúpedos.
Tucídides también ofrece datos epidemiológicos precisos. Menciona que en 40 días, 1.050 soldados murieron en un contingente de 4.000, lo que equivale a una tasa de mortalidad del 26%. Al final del brote, unos 5.000 de 27.000 hoplitas y jinetes habían perecido (19%). Entre la población civil, el porcentaje fue probablemente superior, considerando el hambre y el hacinamiento extremos.
Tucídides describe un inicio brusco con calor interno intenso, inflamación ocular, irritación faríngea, tos y disnea.

Las excavaciones del cementerio del Kerameikos, el principal de Atenas, desenterraron una fosa común con 150 individuos de todas las edades y sexos. La datación arqueológica, basada en la cerámica asociada, situó la inhumación en el año 430 a. C. Las tumbas colectivas eran extraordinariamente raras en la Atenas clásica, pues la práctica hipocrática recomendaba recurrir a la cremación para frenar el contagio. Este carácter extraordinario convirtió al Kerameikos en una oportunidad única para el análisis molecular.
El análisis de ADN extraído de la pulpa dental de los esqueletos detectó secuencias genéticas compatibles con Salmonella enterica. Las muestras dieron negativo para otros patógenos propuestos: Yersinia pestis, Rickettsia prowazekii, Bacillus anthracis, Mycobacterium tuberculosis y Ortopoxvirus. Sin embargo, los métodos de PCR empleados en aquel momento, a principios de los 2000, no podían discriminar con fiabilidad entre los distintos serovares de S. enterica, cuyas secuencias de ADN comparten hasta un 96% de homología.
Reevaluados según los estándares actuales de ADN antiguo, los datos del Kerameikos confirman la presencia de Salmonella enterica a nivel de especie. Con todo, el serotipo concreto permanece sin determinar. Para resolver el enigma, por tanto, será necesario recurrir a la secuenciación metagenómica de nueva generación sobre el material arqueológico.
El análisis de ADN extraído de la pulpa dental de los esqueletos detectó secuencias genéticas compatibles con Salmonella enterica.

El equipo de Tesalónica ha aplicado tres filtros a todos los posibles patógenos. El primero es la capacidad zoonótica: el agente debe poder causar enfermedad letal en mamíferos domésticos y aves carroñeras. Este criterio elimina a la mayoría de los candidatos históricos. El segundo filtro es la constelación clínica: el patógeno debe explicar el cuadro completo de Tucídides, incluyendo el síndrome gastrointestinal grave, los síntomas neurológicos y la altísima mortalidad precoz. El tercero es la compatibilidad con los datos paleogenómicos.
Entre los candidatos zoonóticos evaluados (brucelosis, fiebre Q, leptospirosis, tularemia, ántrax y Yersinia pestis), ninguno satisface los tres filtros. La ausencia del bubón en la minuciosa descripción de Tucídides descarta directamente a Y. pestis. La brucelosis no presenta ningún síndrome gastrointestinal prominente. La fiebre Q es primariamente respiratoria. La leptospirosis no genera epidemias de tal magnitud. El ántrax gastrointestinal, por su parte, es raro y fue descartado en el propio cribado de ADN de la fosa de Kerameikos.
La Salmonella enterica no tifoidea invasiva, en cambio, cumple todos los criterios sin necesidad de supuestos adicionales. Es una bacteria zoonótica con amplio rango de hospedadores (infecta a mamíferos y aves) y es transmisible a través de cadenas alimentarias contaminadas. En condiciones de hacinamiento, malnutrición y colapso del saneamiento, puede pasar de una infección entérica a una enfermedad sistémica invasiva con bacteriemia, encefalopatía asociada a sepsis y mortalidad devastadora.
La Salmonella enterica no tifoidea invasiva cumple todos los criterios sin necesidad de supuestos adicionales. Es una bacteria zoonótica con amplio rango de hospedadores, transmisible a través de cadenas alimentarias contaminadas.

La coherencia entre el relato de Tucídides y el cuadro clínico moderno es notable. La fiebre de inicio súbito, la diarrea violenta que progresa a bacteriemia (la presencia de bacterias en la sangre), el delirio y la confusión compatibles con encefalopatía séptica, la alta mortalidad en la fase inicial de la epidemia y la inmunidad adquirida que protegió a los supervivientes de la reinfección son elementos que encajan con la fenomenología clínica bien documentada de la salmonelosis en poblaciones vulnerables. La salmonela invasiva no tifoidea sigue siendo, en 2026, una enfermedad desatendida que causa decenas de miles de muertes anuales, especialmente en el África subsahariana, donde las condiciones de hacinamiento y desnutrición reproducen los factores de riesgo de la Atenas sitiada.
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