





















Un análisis de más de 2.000 huesos de muñeca y 55 fósiles de homínidos apunta a que los humanos heredamos parte de nuestra anatomía de un ancestro que probablemente caminaba sobre los nudillos.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante décadas, una de las grandes preguntas de la evolución humana ha permanecido abierta: ¿el último ancestro común entre humanos y chimpancés caminaba sobre los nudillos como hacen hoy los gorilas y los chimpancés o se desplazaba de una manera completamente distinta? Ahora, un nuevo estudio publicado en Proceedings of the Royal Society B vuelve a colocar esta vieja hipótesis en el centro del debate científico y lo hace apoyándose en una parte del cuerpo tan pequeña como decisiva: la muñeca.
El trabajo, liderado por la investigadora Laura E. Hunter, ha analizado miles de huesos carpianos —los pequeños huesos que forman la muñeca— pertenecientes tanto a primates actuales como a especies humanas extinguidas. El resultado, tal y como revela el estudio, es que los humanos modernos compartimos con los grandes simios africanos una serie de rasgos anatómicos muy específicos que podrían proceder de un ancestro adaptado a caminar apoyándose sobre los nudillos.
La investigación no asegura de forma definitiva que aquel ancestro común caminara exactamente como los chimpancés actuales. Los propios autores insisten en que todavía faltan fósiles clave para demostrarlo sin dudas. Pero sí consideran que, por ahora, esta hipótesis encaja mejor que cualquier otra con las evidencias anatómicas observadas en la muñeca humana.
Y lo más sorprendente es que esas antiguas estructuras asociadas al movimiento terminaron sirviendo para algo completamente distinto: la manipulación precisa de objetos, el uso de herramientas y, finalmente, la extraordinaria destreza manual que caracteriza a nuestra especie.
El estudio se centra en siete huesos de la muñeca conocidos como carpianos. Aunque diminutos, estos huesos desempeñan un papel fundamental en la biomecánica de la mano. Permiten combinar estabilidad y movilidad, dos capacidades esenciales tanto para desplazarse como para manipular objetos.
Hasta ahora, muchos estudios sobre evolución humana se habían centrado en piernas, pelvis o cráneo. Sin embargo, la muñeca representa un auténtico archivo evolutivo. Sus formas conservan señales de antiguos comportamientos locomotores que pueden sobrevivir durante millones de años.
Para investigar esas señales, los científicos recurrieron a escáneres tridimensionales de alta precisión y a un sistema matemático llamado “armónicos esféricos”, capaz de medir la geometría completa de huesos extremadamente complejos. Además, aplicaron herramientas de aprendizaje automático para comparar automáticamente las muñecas fósiles con las de primates actuales.
La base de datos utilizada fue enorme: más de 2.000 huesos procedentes de humanos, chimpancés, gorilas, orangutanes, gibones y distintos monos, además de 55 fósiles pertenecientes a especies extinguidas como Australopithecus afarensis, Homo naledi, Homo floresiensis y neandertales.

Tal y como indica el estudio, los parecidos más llamativos aparecieron en dos huesos concretos: el semilunar y el piramidal. En humanos y grandes simios africanos presentan una forma extraordinariamente similar, mucho más próxima entre sí que respecto a otros primates.
Para los autores, esa coincidencia difícilmente puede ser casual.
La mano humana moderna conserva una memoria evolutiva mucho más antigua de lo que imaginábamos.
Los chimpancés y los gorilas caminan apoyando el peso del cuerpo sobre los nudillos de las manos. Esta forma de desplazamiento exige que la muñeca soporte enormes fuerzas de compresión y permanezca relativamente rígida para evitar lesiones.
Según los investigadores, varias de las estructuras observadas en la muñeca humana podrían haberse originado precisamente como adaptaciones biomecánicas a ese tipo de locomoción. Entre ellas destacan ciertos cambios en la articulación entre el escafoides y el hueso grande, así como una reorganización completa del lado radial de la muñeca, el área cercana al pulgar.
Lo interesante es que esas mismas modificaciones terminaron siendo extremadamente útiles para otra función mucho más reciente: la manipulación sofisticada de objetos.
En otras palabras, algunos rasgos anatómicos que originalmente habrían servido para estabilizar la muñeca durante el desplazamiento pudieron convertirse más tarde en la base anatómica que permitió fabricar herramientas complejas.
Este fenómeno evolutivo se conoce como exaptación: estructuras desarrolladas para una función terminan siendo reutilizadas para otra completamente distinta.
Los autores proponen una historia evolutiva mucho más lenta y compleja de lo que suele imaginarse. No habría existido una transición inmediata desde un simio arborícola hasta un humano fabricante de herramientas. Entre ambos extremos habría un largo periodo intermedio en el que los homínidos no dependían plenamente de las manos ni para desplazarse ni todavía para manipular objetos con precisión.
Uno de los hallazgos más fascinantes del estudio es que la evolución de la muñeca humana no ocurrió de golpe. Diferentes huesos cambiaron en momentos distintos, generando combinaciones anatómicas muy extrañas en algunas especies fósiles.
Algunos homínidos tempranos conservaban características propias de simios africanos mientras otros huesos ya empezaban a parecerse a los humanos modernos. En ciertos casos, incluso aparecían rasgos similares a los de monos que caminan apoyando toda la palma de la mano.
Ese patrón “en mosaico” resulta especialmente evidente en especies como Australopithecus afarensis, la especie de Lucy, o en Homo naledi, una de las especies humanas más enigmáticas descubiertas en Sudáfrica.
En Homo naledi, por ejemplo, algunos individuos presentan muñecas sorprendentemente modernas mientras otros conservan rasgos mucho más primitivos. Según el estudio, esto sugiere que las capacidades manuales todavía variaban enormemente dentro de la propia especie.
Los investigadores consideran que esto podría indicar que el uso intensivo y sofisticado de herramientas apareció relativamente tarde en la evolución humana. Aunque algunos homínidos fabricaban utensilios simples desde hacía millones de años, la selección evolutiva que terminó fijando la muñeca moderna pudo ser mucho más reciente.
De hecho, tal y como señala el trabajo, muchas de las características típicamente humanas no parecen estabilizarse completamente hasta etapas avanzadas del género Homo.

Algunos huesos de nuestra muñeca siguen siendo extraordinariamente parecidos a los de los grandes simios africanos
La investigación también destaca el enorme papel del pulgar en la evolución de la muñeca humana.
Las modificaciones más importantes aparecen precisamente en el lado radial de la muñeca, la zona que conecta con el pulgar. Allí, varios huesos cambiaron de posición, se ensancharon y reorganizaron sus superficies articulares para aumentar tanto la estabilidad como la movilidad fina.
Este rediseño permitió movimientos extremadamente precisos y potentes, fundamentales para sostener herramientas, golpear objetos o realizar tareas complejas.
Curiosamente, algunas de esas transformaciones solo fueron posibles gracias a estructuras heredadas de los antiguos simios africanos. Es decir, la muñeca humana moderna no sustituyó completamente la anatomía ancestral, sino que la reutilizó y modificó progresivamente.
Los investigadores consideran que este escenario explica por qué los humanos seguimos compartiendo tantos detalles anatómicos con gorilas y chimpancés pese a nuestras diferencias funcionales actuales.
A pesar de la contundencia de algunos resultados, los autores son prudentes. El estudio no demuestra definitivamente que el último ancestro común caminara sobre los nudillos. También es posible que algunos de esos rasgos estuvieran relacionados con la escalada vertical o con otros comportamientos arbóreos.
Además, el gran problema continúa siendo la falta de fósiles pertenecientes exactamente al periodo en que humanos y chimpancés se separaron evolutivamente hace entre seis y ocho millones de años.
Sin esos fósiles, reconstruir cómo se movía aquel ancestro seguirá siendo una tarea parcialmente especulativa.
Aun así, el trabajo aporta una de las reconstrucciones más completas realizadas hasta ahora sobre la evolución de la muñeca humana y refuerza la idea de que nuestra mano moderna nació a partir de una anatomía mucho más parecida a la de un gran simio de lo que durante años se había imaginado.
La paradoja resulta fascinante: parte de la estructura que hoy nos permite escribir, operar instrumentos quirúrgicos o utilizar teléfonos inteligentes podría haberse originado hace millones de años en animales que caminaban apoyándose sobre los nudillos por los bosques africanos.
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