

















Un análisis con rayos láser desvela que Guda usó lapislázuli afgano y bermellón, los pigmentos medievales más caros, para pintar su propio retrato en un manuscrito del siglo XIII. Ese, sin embargo, no es el único misterio de ese autorretrato.
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En algún momento del primer cuarto del siglo XIII, una mujer sentada a su escritorio sumergió el pincel en un recipiente de lapislázuli y aplicó el pigmento azul sobre el pergamino. Ese preciado mineral había recorrido más de 6.000 kilómetros desde las minas de Sar-e-Sang, en la provincia afgana de Badajshán, hasta llegar a sus manos en algún lugar de la región alemana del Alto Rin. La mujer se llamaba Guda y era una monja, una escriba y una talentosa iluminadora.
El testimonio de Guda ha sobrevivido durante siglos en su autorretrato, una inicial decorada en el folio 110v del llamado Homiliario de Gudaque se conserva en la Universitätsbibliothek de Frankfurt am Main (MS. Barth. 42). Un estudio multidisciplinar publicado en 2026 en la revista Historical Research, firmado por investigadores de las universidades de St Andrews, Columbia Británica, Gante y Toronto, ha reexaminado este manuscrito combinando análisis paleográfico, análisis histórico y espectroscopía Raman no destructiva.
Los resultados, además de obligar a revisar la cronología del manuscrito, han suscitado nuevas preguntas sobre la identidad de Guda. ¿Quién era realmente esta mujer que se retrató con tal aplomo y que tuvo acceso a los materiales más costosos de la paleta medieval? ¿Por qué eligió llamarse pecadora?
Un reciente estudio analiza el Homiliario de Guda, un manuscrito medieval copiado e iluminado por la monja alemana Guda.

El Homiliario de Guda comprende 271 folios y 37 cuadernillos de pergamino con 34 líneas por página. Además del esfuerzo que suponía copiar e ilustrar un texto de estas características en la Edad Media, en la obra destaca el hecho de que la autora se pintó a sí misma en una inicial decorada. Aparece con hábito religioso, con la mano derecha alzada mientras con la izquierda sostiene una banderola en la que puede leerse: Guda peccatrix mulier scripsit quae pinxit hunc librum ('Guda, mujer pecadora, escribió y pintó este libro")
El autorretrato de Guda no pretende reproducir sus rasgos físicos. En el arte medieval, la identidad de un personaje se comunicaba mediante una serie de atributos convencionales: la vestimenta, el gesto y la posición en la composición. Guda eligió pintarse con un hábito religioso, verde y blanco con detalles rojos, que la identifica como miembro de una comunidad monástica. Con todo, según los autores del estudio, la clave interpretativa más reveladora no está en la imagen, sino en las palabras de la banderola.
La expresión peccatrix mulier se utiliza en el capítulo 7, versículo 37 de la versión latina del Evangelio de san Lucas para describir a la mujer que lava los pies de Jesús en casa del fariseo Simón: Et ecce mulier, quae erat in civitate peccatrix. Al elegir esas palabras exactas, Guda se identificaba con María Magdalena, figura que en el siglo XII ya había cristalizado como símbolo compuesto. Era la pecadora arrepentida, testigo de la Resurrección y, según la tradición, apóstola de los apóstoles.
Esta identificación se refuerza por la ubicación del autorretrato en el manuscrito. Guda eligió situarlo en la inicial del octavo día de Pentecostés, precisamente la festividad en la que la tradición medieval asociaba a María Magdalena con el descenso del Espíritu Santo.
Guda eligió pintarse con un hábito religioso, verde y blanco con detalles rojos, que la identifica como miembro de una comunidad monástica.

Para analizar los pigmentos sin dañar el manuscrito, el equipo investigador empleó espectroscopía Raman in situ, en la propia biblioteca de la Universidad de Frankfurt. Esta técnica dirige un láser monocromático sobre el objeto que, al excitar las moléculas del pigmento y medir la luz que emiten al relajarse, produce una huella espectral que permite identificar la composición exacta de cada color.
Los resultados confirmaron que Guda usó bermellón (sulfuro rojo de mercurio) y lapislázuli ultramarino, una tonalidad asociada a la bóveda celestial y el manto de la Virgen María, para pintar su autorretrato. Ambos eran los pigmentos más costosos de la época. El bermellón resultaba laborioso de producir, mientras que el lapislázuli se extraía de las minas afganas de Sar-e-Sang y se transportaba a lo largo de miles de kilómetros por las rutas de la seda hasta llegar a los mercados europeos. Que Guda tuviera acceso a estos materiales apunta, probablemente, a la alta estima que suscitaba en su comunidad o entre los mecenas.
Para pintar su autorretrato, Guda usó los pigmentos más costosos de la época: el bermellón, laborioso de producir, y el lapislázuli, que se extraía de las minas afganas de Sar-e-Sang.

Durante décadas, los expertos habían situado la producción del Homiliario de Guda en la segunda mitad del siglo XII. El nuevo análisis paleográfico, sin embargo, propone una datación más tardía: entre 1175 y 1225, con una probabilidad elevada de que sea posterior al año 1200. La clave s encuentra en el carácter gótico de la escritura de Guda. La transición de la minúscula carolingia a la gótica textualis se produjo de forma escalonada en Europa. La escritura de Guda presenta una angularidad acusada que, en el área germánica, resulta infrecuente hasta bien entrado el XIII.
Este reanálisis tiene consecuencias históricas de primer orden. En Frankfurt, la primera comunidad religiosa femenina intramuros (la casa de las sorores penitentes, las Hermanas Penitentes de Santa María Magdalena) se fundó formalmente en 1228. Si el manuscrito data del primer cuarto del siglo XIII, Guda pudo haber pertenecido a esta orden, dedicada a la reinserción de mujeres que habían caído en el pecado, siguiendo el modelo de María Magdalena. El hábito blanco que Guda lleva en su autorretrato se asemeja al que vestían las Weißfrauen o mujeres de blanco, término con el que se conocía popularmente a estas religiosas.
La hipótesis, que el historiador Leo Baer ya había aventurado en 1921, se había descartado porque la datación previa del manuscrito la invalidaba. La nueva propuesta cronológica la resucita. Frankfurt estaba entonces en plena expansión urbana. El comercio florecía, la prostitución era omnipresente y los predicadores itinerantes, como Rodolfo de Worms, recorrían la ribera del Rin invitando a la conversión. El manuscrito propio de Guda encaja en ese contexto. Su homiliario incluye inserciones del siglo XIII con extractos del Sermón de Odón de Cluny sobre la Magdalena, centrados precisamente en el relato de su arrepentimiento.
En el Homiliario, la autora se identifica con María Magdalena,símbolo de la pecadora arrepentida, testigo de la Resurrección y, según la tradición, apóstola de los apóstoles.

Con ese contexto, la aparente contradicción del autorretrato se disuelve. Guda se presenta como pecadora no por falsa modestia, sino como acto teológico y literario deliberado: al identificarse con la Magdalena, proclama que incluso una pecadora puede ser instrumento de la palabra de Dios. Como la Magdalena fue apóstola de los apóstoles, Guda fue copista e iluminadora del Evangelio. El cartel que muestra en la inicial decorada, por tanto, no es una disculpa, sino una declaración de identidad.
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