























Un hallazgo excepcional en la antigua Epidaurum ha sacado a la luz una tumba intacta que permaneció cerrada desde la Antigüedad tardía y que ahora promete revelar nuevos detalles sobre la vida y la muerte en la costa dálmata romana.
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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La arqueología rara vez tiene la oportunidad de enfrentarse a una cápsula del tiempo completamente cerrada. La mayoría de las tumbas antiguas han sufrido saqueos, alteraciones o destrucciones parciales a lo largo de los siglos. Por eso, cuando los arqueólogos encuentran un enterramiento que ha permanecido intacto desde la época romana, la noticia adquiere una relevancia especial. Eso es precisamente lo que acaba de ocurrir en Cavtat, una localidad costera del sur de Croacia levantada sobre las ruinas de la antigua colonia romana de Epidaurum.
Durante unas excavaciones arqueológicas preventivas realizadas en el yacimiento de Zorina 8, los investigadores localizaron un enorme sarcófago de piedra que llevaba aproximadamente quince siglos enterrado. Lo extraordinario no fue únicamente su antigüedad, sino su estado de conservación: permanecía sellado, sin señales de saqueo y en la misma posición en la que fue depositado durante la Antigüedad.
Tal y como ha revelado Muzeji i galerije Konavala, la institución responsable de los trabajos, el monumento funerario apareció dentro de la necrópolis de la antigua Epidaurum, una de las ciudades romanas más importantes de la costa oriental del Adriático. El hallazgo está siendo considerado uno de los más relevantes de los últimos años en el contexto arqueológico croata debido a la excepcional integridad de la tumba.
La excavación estuvo dirigida por la arqueóloga Helena Puhara y permitió documentar numerosos enterramientos de diferentes características. Sin embargo, uno de ellos destacó inmediatamente sobre el resto. A unos tres metros de profundidad apareció una gran estructura pétrea cuya magnitud sorprendió incluso a los especialistas acostumbrados a trabajar con contextos funerarios romanos.
El sarcófago pesa alrededor de cinco toneladas y pertenece al denominado tipo salonitano, una categoría vinculada a los talleres de Salona, la antigua capital de la provincia romana de Dalmacia. Los expertos sitúan su fabricación entre los siglos IV y VI d.C., una etapa especialmente compleja de la historia europea marcada por las profundas transformaciones que acompañaron el final del Imperio romano de Occidente.
Lo que convierte este descubrimiento en algo verdaderamente excepcional es que la estructura llegó hasta nuestros días prácticamente tal y como fue cerrada por quienes organizaron el entierro. Los arqueólogos comprobaron que el mortero de cal utilizado para sellar la unión entre la tapa y la caja funeraria seguía conservándose en gran medida intacto.
Este detalle puede parecer menor para el público general, pero para los especialistas constituye una prueba fundamental. La presencia del sellado original indica que nadie abrió la tumba después de su clausura. Ni los saqueadores, habituales en muchos cementerios antiguos, ni las obras posteriores, ni los procesos naturales alteraron significativamente el enterramiento.
La diferencia respecto a otros hallazgos es enorme. En buena parte de Europa, las tumbas romanas fueron expoliadas ya en la propia Antigüedad, cuando los objetos valiosos depositados junto a los difuntos se convirtieron en objetivos codiciados. A ello se suman siglos de actividad agrícola, urbanización y construcción que han destruido o modificado innumerables contextos arqueológicos.
En este caso, sin embargo, la tumba permaneció protegida bajo capas de sedimentos acumulados durante generaciones. El crecimiento urbano de Cavtat acabó ocultando completamente el enterramiento, contribuyendo involuntariamente a su preservación.
Para los investigadores, esta circunstancia ofrece una oportunidad poco habitual de estudiar un contexto funerario cerrado. Cada elemento recuperado puede analizarse sabiendo que permanece asociado a su posición original, algo esencial para reconstruir rituales, creencias y prácticas sociales de la época.

Tal y como han señalado los Museos y Galerías de Konavala, los sarcófagos tardorromanos sellados y conservados en su posición original constituyen una rareza dentro del registro arqueológico croata.
La extracción del monumento fue una de las fases más delicadas de toda la intervención arqueológica. Antes de cualquier movimiento, los especialistas realizaron una exhaustiva documentación fotográfica, topográfica y técnica para registrar cada detalle de la estructura.
Posteriormente comenzó el complejo proceso de retirada del sellado y apertura de la tapa. El trabajo exigió la colaboración de arqueólogos, restauradores, antropólogos, topógrafos y especialistas en conservación, además del uso de maquinaria capaz de manipular con seguridad una pieza de semejantes dimensiones.
Tal y como indica el comunicado oficial de los Museos y Galerías de Konavala, una de las operaciones más complejas fue precisamente levantar la pesada cubierta sin comprometer la integridad del sarcófago ni de los posibles restos conservados en su interior.
Cuando finalmente se accedió a la cámara funeraria, los investigadores confirmaron la presencia de una inhumación primaria correspondiente a un único individuo. Aunque los restos óseos presentaban un estado de conservación limitado, la tumba conservaba otros depósitos orgánicos y materiales que ahora serán sometidos a análisis especializados.
Los expertos esperan que estos estudios permitan determinar aspectos como la edad, el sexo, el estado de salud o incluso ciertos rasgos de la alimentación de la persona enterrada. Las técnicas científicas actuales permiten obtener información sorprendente a partir de cantidades muy reducidas de material biológico.
También se analizarán muestras del propio mortero de cal utilizado para sellar la tumba, así como los sedimentos acumulados en el interior. Estos datos podrían aportar información valiosa sobre el proceso funerario y sobre las condiciones ambientales que favorecieron la conservación del conjunto.

El descubrimiento adquiere una dimensión todavía mayor cuando se analiza en su contexto histórico. Epidaurum fue una importante colonia romana situada en una posición estratégica de la costa dálmata. Desde este enclave se articulaban rutas marítimas que conectaban diferentes territorios del Adriático y del Mediterráneo oriental.
Durante los siglos IV, V y VI, cuando se construyó el sarcófago, el Imperio romano atravesaba una profunda transformación. Las antiguas estructuras administrativas se modificaban, las fronteras sufrían presiones constantes y el cristianismo consolidaba su posición como religión dominante.
Las costumbres funerarias también experimentaban cambios significativos. Los grandes mausoleos y monumentos característicos de etapas anteriores convivían con nuevas prácticas influenciadas por las creencias cristianas. Precisamente por ello, cada enterramiento bien conservado de este periodo constituye una fuente de información de enorme valor.
Los sarcófagos salonitanos representan además una importante evidencia de las redes económicas y artesanales existentes en la provincia de Dalmacia. Su presencia demuestra la actividad de talleres especializados capaces de producir y distribuir monumentos funerarios de gran calidad por diferentes ciudades de la región.
La investigación de esta pieza podría ayudar a comprender mejor quiénes tenían acceso a este tipo de enterramientos y qué papel desempeñaban dentro de la sociedad local durante los últimos siglos de dominación romana.

Según el equipo arqueológico, la tumba pertenece a un momento de profundas transformaciones políticas, religiosas y sociales que marcaron el final del mundo romano clásico.
Tras completarse las labores de excavación y conservación inicial, el sarcófago fue trasladado a una ubicación pública de Cavtat. Allí ha quedado instalado en una zona próxima al Mausoleo de la familia Račić y al cementerio de San Roque, donde vecinos y visitantes pueden contemplarlo de cerca.
La decisión de exponer la pieza responde a la voluntad de acercar el patrimonio arqueológico a la población y reforzar el vínculo entre la ciudad moderna y su pasado romano. No deja de resultar llamativo que un monumento funerario que permaneció oculto durante quince siglos forme ahora parte del paisaje cotidiano de la localidad.
Sin embargo, la verdadera historia del hallazgo apenas acaba de comenzar. Los análisis de laboratorio previstos durante los próximos meses podrían aportar datos inéditos sobre la persona enterrada, sus condiciones de vida y los rituales funerarios practicados en la antigua Epidaurum.
Mientras tanto, el sarcófago continúa guardando parte de sus secretos. Aunque la arqueología ha conseguido abrir físicamente la tumba, todavía queda mucho por descubrir sobre el individuo que fue depositado en su interior cuando el mundo romano se acercaba a uno de los momentos más decisivos de su historia.
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