


























Un crustáceo gigante del fondo marino sobrevive años sin ingerir alimento gracias a un gen robado a bacterias hace millones de años. Este caso de transferencia horizontal reescribe las reglas genéticas evolutivas.
Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital
Creado: Actualizado:
El hallazgo viene de un estudio publicado en Cell, donde el equipo de Yuan J. y colaboradores describe algo que, en principio, no debería ser posible: un animal complejo, macroscópico, con un gen bacteriano integrado en su propio genoma que le permite sobrevivir durante años sin comer. La investigación fue recogida por Nature en una nota breve publicada el 10 de junio de 2026. Los protagonistas son los bathynómidos, también conocidos como isópodos gigantes del género Bathynomus, unos crustáceos de aguas abisales que pueden superar los 50 centímetros de longitud y que llevan millones de años habitando uno de los entornos más inhóspitos del planeta.
El fondo del mar es, en términos nutricionales, un desierto. La luz no llega, la temperatura roza el cero y la comida, cuando aparece, lo hace de forma caótica: un cetáceo muerto, los restos orgánicos que caen desde la zona iluminada, el cadáver ocasional de algún pez de mediana talla. Entre un evento de alimentación y el siguiente puede pasar un año. O cinco. O más. Que un animal complejo haya encontrado una solución eficiente para ese problema no sorprende. Lo que sorprende es la naturaleza de esa solución.
La transferencia horizontal de genes es el mecanismo por el cual un organismo incorpora material genético de otro con el que no tiene relación filogenética directa. Los bathynómidos han integrado en su propio genoma un gen de origen bacteriano que regula el metabolismo energético y les permite mantener sus funciones vitales durante períodos de ayuno extremo. No es que el gen haya mutado hasta parecerse a uno bacteriano: es que, en algún momento de la historia evolutiva de estos animales, un fragmento de ADN bacteriano cruzó la barrera entre reinos y se quedó a vivir ahí.
Lo que hace excepcional este hallazgo no es solo el mecanismo: es el animal en el que ocurre. La transferencia horizontal de genes en metazoos macroscópicos es tan rara que cada caso nuevo reescribe lo que creíamos saber sobre los límites del intercambio genético entre organismos.
La transferencia horizontal de genes no es nueva. Las bacterias la practican con fluidez, y es en parte por eso por lo que la resistencia a antibióticos se propaga tan rápido entre cepas que nunca han tenido contacto directo. En el reino animal, los casos documentados son mucho más escasos y han aparecido, sobre todo, en organismos microscópicos como los tardígrados, esos invertebrados minúsculos capaces de sobrevivir en condiciones extremas. Que ahora aparezca en un crustáceo de medio metro es otro orden de magnitud, tanto en complejidad biológica como en implicaciones evolutivas.

El «robo» no fue deliberado ni reciente. La incorporación del gen bacteriano al genoma del bathynómido ocurrió hace millones de años, en algún momento de la historia evolutiva de la línea de los isópodos gigantes. Desde entonces, el gen ha permanecido activo, ha sido heredado de generación en generación y ha pasado a formar parte del sistema metabólico del animal como si siempre hubiera estado ahí. Eso es, en cierto modo, lo más perturbador: que la frontera entre reinos no sea tan rígida como lo que pensábamos.
La función concreta del gen es regular el metabolismo en condiciones de escasez severa de alimento. En términos más directos: permite al animal reducir su gasto energético hasta niveles tan bajos que puede mantenerse vivo durante años sin ingerir nada. No es que los bathynómidos almacenen reservas extraordinarias de grasa o glucógeno; es que, cuando no hay comida, el metabolismo se reconfigura a partir de ese gen para funcionar casi en pausa, aguantando el tiempo que haga falta hasta que aparezca la siguiente oportunidad.
Detectar la señal, activar el gen, reducir el gasto, esperar: el mecanismo funciona como una cadena de decisiones microscópicas que mantiene al animal en un estado de suspensión metabólica funcional.
Lo que describe el estudio de Yuan J. et al. en Cell, según recoge Nature, es la presencia del gen y su probable función metabólica, no un mecanismo validado en todos sus detalles. La afirmación de que los bathynómidos pueden sobrevivir años sin alimentarse es la que los investigadores sostienen; las preguntas sobre metodología y tamaño muestral son las que el artículo completo responde para quien quiera profundizar.
El hallazgo tampoco generaliza a todos los crustáceos de aguas profundas: es específico de los bathynómidos, y lo que se ha descrito es la presencia del gen y su probable función metabólica, no un mapa completo de cómo interactúa con el resto de la fisiología del animal. Quedan abiertas preguntas importantes: ¿cuándo ocurrió exactamente la transferencia? ¿Fue un evento único o varios? ¿Existen otros genes de origen procariota integrados en este genoma?
Lo que viene ahora, si el campo confirma y amplía este hallazgo, es cartografiar cuántos otros animales de aguas abisales han seguido una estrategia similar. Los océanos profundos son el hábitat más extenso del planeta y el menos explorado desde el punto de vista genómico. Cada nueva especie analizada puede deparar una sorpresa equivalente. El caso de los bathynómidos abre la posibilidad de que la transferencia horizontal de genes haya sido, en la historia evolutiva de los animales, un mecanismo de adaptación más frecuente de lo que el registro actual sugiere. No una excepción puntual. Una herramienta.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。