




















La escritura que está en la raíz del latín y de la mayoría de los alfabetos europeos podría ser mucho más antigua. Nuevos datos científicos ponen en tela de juicio una narrativa que ha dominado el discurso histórico durante décadas al proponer un origen en el siglo XI a. C.
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Durante casi un siglo, la ciencia ha dado por sentado que el alfabeto griego surgió en torno al siglo VIII a. C. Una suerte de big bang alfabético en el que el sistema de escritura que está en la raíz del latín habría aparecido y se habría propagado hasta generar docenas de variantes regionales a una velocidad sin precedentes. Un relato limpio, casi perfecto. Quizá demasiado.
Un proyecto de investigación financiado con una beca Vici de los Países Bajos, liderado por la profesora asociada Willemijn Waal de la Universidad de Leiden, se propone revisar ese consenso. Según Waal, hay indicios sólidos de que el alfabeto griego es considerablemente más antiguo: las dataciones por carbono-14 de las inscripciones más antiguas conocidas apuntan al siglo X o IX a. C., uno o dos siglos antes de lo que se asumía. Y esas inscripciones, subraya, probablemente no son las primeras que existieron.
La clave del enigma reside en algo aparentemente mundano: el material de escritura. Los griegos, como la mayoría de las culturas antiguas, usaban preferentemente soportes perecederos, como el papiro, la madera y las hojas de palmera, que no suelen sobrevivir durante milenios. Y solo por azar se han conservado algunas inscripciones sobre cerámica o piedra. Lo que hoy vemos, por tanto, no es el origen de la escritura griega, sino la punta visible de un iceberg histórico.
Según la estudiosa Willemijn Waal, las dataciones por carbono-14 de las inscripciones griegas más antiguas conocidas apuntan al siglo X o IX a. C., uno o dos siglos antes de lo que se pensaba.

Desde que el filólogo Rhys Carpenter formuló en 1933 su tesis sobre la "gran antigüedad ilusoria" del alfabeto griego, la academia ha aceptado que los griegos adoptaron el alfabeto fenicio en torno al 800 a. C. A partir de ahí, el sistema habría florecido con asombrosa celeridad. En pocos siglos, habrían surgido 33 variantes regionales distintas (los denominados alfabetos epicóricos), algunas de las cuales dieron origen a los sistemas de escritura etrusco, frigio y, finalmente, latino.
Sin embargo, según Willemijn Waal el modelo encierra contradicciones difíciles de ignorar. Las inscripciones griegas más antiguas son más arcaicas que el propio alfabeto fenicio del siglo VIII a. C. Presentan, además, una dirección de escritura inestable (de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en bustrófedon) y usan separadores de palabras que ya habían desaparecido en la escritura fenicia de esa época. Eso sugiere que los griegos pudieron haber adoptado el alfabeto antes del siglo XI a. C.
Para Waal, la explicación más plausible no es que los griegos ignoraran las convenciones semitas, sino que adoptaron el alfabeto antes del siglo XI a. C., cuando esas convenciones aún estaban vigentes. Lo habrían usado sobre soportes de materiales perecederos que no han llegado hasta nosotros.
Características como la dirección de escritura inestable el uso de separadores de palabras que ya habían desaparecido en la escritura fenicia de esa época sugieren que los griegos pudieron haber adoptado el alfabeto antes del siglo XI a. C.

El contraste con Mesopotamia resulta revelador. El sistema de escritura cuneiforme se utilizaba , sobre todo, con tablillas de barro, un material tan resistente al fuego que cientos de miles de documentos han sobrevivido 5.000 años. En el Egeo, la situación es radicalmente distinta. Las tablillas de Lineal B (el único sistema egeo descifrado) se conservaron solo porque los incendios que destruyeron los palacios cocieron la arcilla por accidente. Todo lo demás ardió o se desintegró.
Waal argumenta que el Lineal B también se usó sobre materiales perecederos como las hojas de palmera, la madera y el cuero. Los textos sobre arcilla, por tanto, solo representarían una fracción de la producción escrita total. El propio diseño de los caracteres, redondeados y complejos para trazarse en arcilla cruda, apunta a que se pensaron para cálamo y pergamino. La forma larga y estrecha de las tablillas micénicas, por otro lado, que recuerda a las hojas de palmera, probablemente imita documentos previos fabricados con ese vegetal.
Algo similar ocurriría con el alfabeto. Los escritos más tempranos en papiro o madera se han volatilizado. Solo subsisten las inscripciones en cerámica o piedra, que, según Waal, serían la excepción, no la norma. El silencio documental, por tanto, no equivale a ausencia de escritura.
Waal argumenta que el Lineal B también se usó sobre materiales perecederos como las hojas de palmera, la madera y el cuero. Los textos sobre arcilla, por tanto, solo representarían una fracción de la producción escrita total.

La datación por carbono-14 está proporcionando evidencia empírica al argumento de Waal. Análisis recientes indican que las primeras inscripciones griegas sobre cerámica son al menos un siglo más antiguas de lo esperado: no del siglo VIII, sino del IX o incluso del X a. C. Los datos procedentes del yacimiento macedonio de Sindos, además, sugieren que el Período Geométrico comenzó antes de lo establecido, lo que reduciría la brecha entre el colapso micénico y la aparición del alfabeto.
A esto se suma el efecto Signor-Lipps, un principio paleontológico según el cual el fósil más antiguo conocido de una especie rara vez coincide con su primera aparición real. Aplicado a la escritura, implicaría que es estadísticamente extraordinario que los textos griegos más vetustos conservados fueran también los primeros escritos en la historia del griego. La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.
Si el alfabeto circulaba desde el siglo XI a. C. o antes, la llamada Edad Oscura (un periodo de cuatro siglos de presunto analfabetismo entre el colapso micénico y el renacimiento griego) habría sido mucho menos oscura. Las implicaciones podrían incluso alcanzar a Homero. Se ha sugerido que, si existía escritura en esa época, la transmisión de la Ilíada y la Odisea podría no haber sido un fenómeno estrictamente oral, como se asume desde hace décadas.
Sería estadísticamente extraordinario que los textos griegos más vetustos conservados fueran también los primeros en la historia del griego.

Waal es consciente de que cuestionar casi 100 años de consenso no será sencillo, pues La idea de que el alfabeto griego data del siglo VIII a. C. está muy arraigada en la comunidad académica. El proyecto, financiado con la beca Vici, uno de los más competitivos de los Países Bajos, se propone rastrear indicios de escritura alfabética en contextos anteriores al siglo VIII a. C., combinar métodos filológicos con dataciones radiométricas y revisar la relación entre el alfabeto griego y sus parientes (el frigio, el etrusco, el cario) bajola lupa de esta nueva cronología. La investigadora apela al argumentum ex silentio: no haber hallado inscripciones griegas anteriores al 800 a. C. no demuestra que no existieran; solo demuestra que los soportes donde estaban escritas no sobrevivieron.
Se ha sugerido que, si existía escritura en esa época, la transmisión de la Ilíada y la Odisea podría no haber sido un fenómeno estrictamente oral, como se asume desde hace décadas.
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