

























El hallazgo de un dingo enterrado hace casi un milenio junto al río Darling revela hasta qué punto los pueblos aborígenes australianos mantenían vínculos emocionales, espirituales y cotidianos con estos animales.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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En una zona árida del oeste de Nueva Gales del Sur, donde hoy el paisaje parece dominado por el silencio y la tierra seca, un hallazgo arqueológico está obligando a replantear la historia de la relación entre los seres humanos y los dingos en Australia. Un equipo de investigadores australianos ha documentado el entierro deliberado de un dingo realizado hace aproximadamente 1.000 años por ancestros del pueblo Barkindji, en un descubrimiento que no solo tiene importancia arqueológica, sino también cultural y emocional.
El estudio, publicado en la revista Australian Archaeology, analiza los restos de un animal conocido como garli en lengua barkindji, hallados en Kinchega National Park, cerca de los lagos Menindee y del río Baaka —nombre tradicional del río Darling—. Tal y como indica la investigación, el animal no fue abandonado ni enterrado de manera casual: fue depositado cuidadosamente en un montículo de conchas y sedimentos junto al río, en una práctica reservada para individuos especialmente valorados dentro de la comunidad.
La historia del hallazgo comenzó hace años, cuando la erosión dejó al descubierto parte del esqueleto en el corte de una carretera. Fue entonces cuando el anciano barkindji Uncle Badger Bates identificó los huesos como los de un dingo. El descubrimiento llevó al Consejo de Ancianos Aborígenes de Menindee a solicitar una excavación arqueológica para recuperar los restos antes de que terminaran destruidos por las lluvias y los derrumbes del terreno.
Los trabajos, desarrollados junto a custodios barkindji y especialistas de varias universidades australianas, revelaron algo excepcional: el animal había sido enterrado de forma deliberada hace entre los años 963 y 916 de nuestra era, según las dataciones por radiocarbono. Pero lo más sorprendente apareció después. El lugar del entierro siguió siendo utilizado y “alimentado” durante siglos mediante la acumulación continua de conchas de mejillón de río.
Los investigadores consideran que esta práctica podría representar el primer ejemplo arqueológico conocido de un ritual de “alimentación” continuada de un animal fallecido. Para los ancianos barkindji que participaron en el proyecto, estas acumulaciones posteriores formarían parte de una tradición espiritual destinada a honrar al dingo como un ancestro más de la comunidad.
El análisis osteológico del esqueleto permitió reconstruir parte de la vida del animal. Los investigadores determinaron que se trataba de un macho de entre cuatro y siete años, una edad considerablemente avanzada para un dingo salvaje. Sus dientes estaban muy desgastados y varias partes del esqueleto mostraban señales de lesiones antiguas que habían cicatrizado mucho antes de su muerte.
Entre las heridas detectadas había costillas fracturadas y una grave lesión en una pata trasera. Tal y como ha revelado el estudio, las fracturas llegaron a curarse de forma notable, algo que difícilmente habría sucedido sin cuidados prolongados. Los especialistas creen que el animal pudo resultar herido durante una cacería de canguros, un tipo de accidente todavía frecuente entre los dingos actuales.
Lo verdaderamente llamativo es que el animal sobrevivió el tiempo suficiente para que los huesos sanaran casi por completo. Para los arqueólogos, esto indica que el dingo no vivía aislado, sino integrado en una comunidad humana que lo alimentó y protegió durante su recuperación.
La investigación también destaca que el patrón de desgaste dental no coincide con el habitual de los dingos completamente salvajes. Los molares y piezas posteriores presentaban una abrasión extrema, compatible con una dieta rica en restos duros, huesos y alimentos asociados a campamentos humanos. En otras palabras: este animal no solo convivía con personas, sino que probablemente se alimentaba junto a ellas.

Este tipo de convivencia entre pueblos aborígenes y dingos era conocido por fuentes etnográficas y tradiciones orales, pero el hallazgo aporta una evidencia arqueológica extraordinariamente rara. Según los autores, muchos entierros antiguos de dingos fueron excavados décadas atrás sin una documentación adecuada, o incluso confundidos con restos comunes dentro de los basureros prehistóricos.
El entierro demuestra que los dingos no eran simples animales salvajes: formaban parte de la comunidad y recibían cuidados incluso después de la muerte.
Durante décadas, la imagen dominante del dingo fue la de un depredador salvaje que apenas mantenía relación con los grupos humanos. Sin embargo, los estudios más recientes están mostrando un escenario mucho más complejo.
Los dingos llegaron a Australia hace entre 3.500 y 5.000 años acompañando probablemente a navegantes procedentes del sudeste asiático y Nueva Guinea. Con el tiempo, algunos grupos permanecieron en estado salvaje, mientras otros desarrollaron vínculos estrechos con distintas comunidades indígenas australianas.
Los registros históricos describen cómo los dingos dormían junto a las personas, participaban en la caza y eran incorporados a estructuras familiares y espirituales. El enterramiento parece confirmar que esos vínculos eran mucho más profundos de lo que se había pensado hasta ahora.
Además, el hallazgo amplía considerablemente el mapa conocido de estas prácticas funerarias. Hasta hace poco, la mayoría de entierros de dingos documentados se concentraban en el sureste australiano y especialmente cerca del río Murray. Este descubrimiento demuestra que la tradición se extendía mucho más al norte y al oeste, a lo largo del sistema fluvial del Baaka.

Otro aspecto clave del estudio es el propio contexto del enterramiento. El dingo fue depositado en una acumulación de conchas y residuos orgánicos creada deliberadamente. En muchas culturas del mundo estos montículos son simples basureros antiguos, pero para numerosos pueblos aborígenes australianos poseen también una dimensión ceremonial y funeraria.
Tal y como sostienen los investigadores, el lugar donde apareció parece haber sido iniciado específicamente para el entierro o poco antes de él. Durante siglos posteriores, generaciones sucesivas continuaron añadiendo conchas al lugar, manteniendo viva la memoria del animal.
El hallazgo constituye una de las evidencias más claras de la profunda relación espiritual entre los pueblos indígenas australianos y los dingos.
La excavación no fue únicamente un trabajo científico. Desde el principio estuvo guiada por ceremonias tradicionales barkindji y por el respeto espiritual hacia el animal. Antes de comenzar los trabajos se celebró una ceremonia de humo destinada a purificar el lugar y honrar al ancestro enterrado.
El proyecto reunió a arqueólogos del Australian Museum, la Universidad de Sídney, la Universidad Nacional Australiana y la Universidad de Australia Occidental junto a custodios y ancianos barkindji. Para la comunidad local, el hallazgo no supone una revelación inesperada, sino la confirmación material de conocimientos transmitidos oralmente durante generaciones.

A comienzos de este año, tras completarse los análisis científicos, los restos fueron devueltos al territorio barkindji en una ceremonia de retorno al Country, una práctica fundamental dentro de muchas comunidades indígenas australianas. En este contexto, “Country” no significa únicamente tierra física, sino también identidad espiritual, memoria ancestral y pertenencia cultural.
El descubrimiento del garli ofrece así una imagen profundamente distinta del pasado australiano. No habla únicamente de cazadores y animales salvajes, sino de relaciones afectivas, rituales y comunitarias mantenidas durante siglos entre humanos y dingos.
Lejos de la visión moderna del dingo como simple depredador del desierto, el entierro de Kinchega muestra a un animal integrado en la vida cotidiana, cuidado tras sufrir heridas graves y despedido con ceremonias reservadas normalmente a los miembros más queridos de una comunidad.
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