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Así se calienta más tu plato que la comida en el microond...
Santiago Campillo Brocal · 2026-06-14 · via Muy Interesante

Durante años hemos asumido que si un recipiente de plástico no se derrite en el microondas, es completamente seguro usarlo. Un nuevo análisis de la Universidad de Nebraska acaba de demostrar que estábamos equivocados: el estrés físico invisible libera miles de millones de microplásticos en tu comida.

Recreación artística del interior de un microondas doméstico calentando un recipiente de plástico translúcido. Imagen generada con IA. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.
Recreación artística del interior de un microondas doméstico calentando un recipiente de plástico translúcido. Imagen generada con IA. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.

Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital

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Sacas el táper del microondas, lo abres con cuidado y te quemas los dedos con el recipiente antes de poder probarlo. La comida está tibia. El plástico, hirviendo. Es una de esas experiencias tan cotidianas que nadie se detiene a preguntar por qué ocurre. Y cuando finalmente lo haces, la respuesta te lleva a un lugar que no esperabas: a una investigación publicada en Environmental Science & Technology que cuantifica, por primera vez, la magnitud del daño que ese calentamiento está haciendo al material antes de que llegues a tocarlo. Para comprender lo que está pasando, hay que volver a la física de partida.

La respuesta está en el agua

Las microondas son ondas electromagnéticas de una frecuencia muy concreta, en torno a los 2,45 gigahercios. Lo que hacen es algo elegante: ponen a vibrar las moléculas de agua a una velocidad enorme, y esa vibración genera calor por fricción interna. No calientan el aire, no calientan el recipiente directamente, calientan el agua que haya presente en el sistema.

Y aquí está la clave. Los alimentos tienen agua. Los platos de cerámica tienen agua absorbida en su arcilla porosa. El plástico, prácticamente no tiene. Cuando el microondas irradia, el agua de la comida se calienta de forma eficiente; la pequeña cantidad de agua atrapada en la arcilla del plato, también. El plástico no tiene agua que absorba la radiación de esa forma. Lo que tiene es una capacidad de absorción dieléctrica propia, más baja, pero suficiente para que las ondas interactúen con sus cadenas de polímeros.

La diferencia no está en la temperatura que alcanza el plástico. Está en la naturaleza de la energía que lo atraviesa.

El resultado visible es ese contraste que conoces bien: el plato quema, la comida calienta. Pero el resultado invisible es lo que el equipo de la investigadora Kazi Albab Hussain detectó en la Universidad de Nebraska-Lincoln.

Las microondas no son peligrosos

Antes de continuar, conviene aclarar algo que genera confusión frecuente. Las microondas no son radiación ionizante. No son radiación nuclear, ni nada que se les parezca. No te irradian mientras el aparato está en marcha.

El propio microondas es una jaula de Faraday: una carcasa metálica que actúa como escudo electromagnético y confina las ondas dentro del compartimento. Las microondas tienen longitudes de onda de unos doce centímetros; la malla de la puerta tiene orificios mucho más pequeños, lo que físicamente impide que escapen. Puedes estar pegado al aparato sin riesgo alguno.

El otro malentendido habitual es confundir microondas con radiactividad. No tienen ninguna relación. La radiactividad implica la emisión de partículas subatómicas procedentes de núcleos atómicos inestables. Las microondas son fotones de muy baja energía, del mismo tipo que las ondas de radio o la luz visible, solo en otra frecuencia. No alteran los núcleos atómicos, no generan isótopos, no dejan residuo en la comida. La física aquí es la misma que en la emisora de tu coche, no la de un reactor nuclear. Lo que sí hace el microondas, con toda esa energía bien contenida, es calentar materiales a una velocidad extraordinaria. Y ahí comienza el problema real.

El plástico que no ves romperse

Cuando las ondas electromagnéticas interactúan con las cadenas de polímeros del plástico, generan un estrés térmico específico sobre la estructura del material. Ese estrés, aplicado de forma repetida en cada ciclo de calentamiento, va debilitando los enlaces entre los monómeros del polímero hasta fragmentar la cadena en partículas de escala microscópica y nanométrica que se desprenden hacia el interior del recipiente y, por extensión, hacia la comida.

Lo que el estudio demuestra es que un táper "apto para microondas" puede estar liberando partículas mientras cumple con todas las normas de seguridad establecidas.

Esto es lo que diferencia el trabajo de Hussain de los análisis anteriores. Los ensayos anteriores sobre migración de plásticos se centraban principalmente en el contacto con líquidos a temperatura ambiente o en la cesión de aditivos químicos. Lo que este equipo midió es la liberación física de fragmentos sólidos del propio material bajo estrés dieléctrico.

Cuatro mil millones de partículas por centímetro cuadrado

El método utilizado fue la microscopía de campo oscuro, una técnica que permite detectar partículas muy por debajo del umbral visible y cuantificarlas con precisión. Los resultados publicados en Environmental Science & Technology son llamativos: algunos envases de polipropileno y de bioplástico CPLA liberaron hasta 4.220 millones de partículas por centímetro cuadrado en un solo ciclo de calentamiento, según las condiciones del ensayo.

Recreación artística a escala molecular del proceso de fragmentación de un polímero plástico bajo estrés térmico, con los nanofragmentos desprendiéndose hacia el medio circundante. Imagen generada con IA. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.
Recreación artística a escala molecular del proceso de fragmentación de un polímero plástico bajo estrés térmico, con los nanofragmentos desprendiéndose hacia el medio circundante. Imagen generada con IA. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.

No todos los plásticos se comportan igual. El CPLA, un bioplástico derivado del ácido poliláctico que se comercializa como alternativa sostenible, dio algunos de los valores más altos. El polipropileno estándar, el más común en tápers de cocina, también mostró tasas de liberación significativas. Los resultados varían según el material, el tiempo de calentamiento y el contenido del recipiente.

Lo que el laboratorio encontró

El equipo no se limitó a contar partículas. Para valorar el riesgo biológico potencial, expusieron células embrionarias renales humanas, denominadas HEK-293, a distintas concentraciones de los microplásticos y nanoplásticos recolectados en los ensayos. A las concentraciones más altas, la viabilidad de las células se redujo de forma significativa. El mecanismo exacto no quedó completamente dilucidado en este trabajo, pero los datos apuntan a que las partículas de menor tamaño, las nanoplásticas, son las que mayor efecto mostraron sobre los cultivos celulares.

Ojo, que los ensayos se realizaron en cultivos celulares, en laboratorio, bajo condiciones controladas y con concentraciones que representan escenarios de exposición acumulada. No existe todavía un estudio clínico que demuestre que el uso doméstico habitual de tápers en el microondas produzca los mismos efectos en tejido digestivo humano real. La ciencia aún debate qué porcentaje de estos nanoplásticos ingeridos logra cruzar las barreras biológicas del intestino, llegar al torrente sanguíneo y acumularse en órganos. Eso no significa que el riesgo sea inexistente; significa que el nivel de evidencia actual es in vitro, y debe presentarse como tal.

Lo que sí sabemos, con datos físicos y químicos sólidos, es que el proceso de liberación existe, que es cuantificable y que se puede reducir con un cambio de hábito: calentar en cerámica o cristal. No porque los tápers "aptos para microondas" sean peligrosos en sentido estricto, sino porque la física que les otorga ese certificado no consideraba la fragmentación nanométrica como variable de evaluación cuando se redactaron las normas que siguen vigentes.

La siguiente pregunta ya está sobre la mesa: si las concentraciones del estudio representan décadas de uso acumulado o solo meses, cuánto importa el tipo de alimento en contacto con el material y, sobre todo, qué ocurre con esas partículas una vez dentro del organismo. Algunos indicios ya apuntan en una dirección preocupante: estudios recientes vinculan la exposición crónica a plásticos con un aumento de la mortalidad cardiovascular. Las respuestas definitivas requieren estudios in vivo de larga duración. Están en marcha.

Referencias

  • Hussain, K. A., et al. (2023). Assessing the Release of Microplastics and Nanoplastics from Plastic Containers and Reusable Food Pouches: Implications for Human Health. Environmental Science & Technology. DOI: 10.1021/acs.est.3c01942