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https://www.facebook.com/cesar.noragueda.7/ · 2026-06-16 · via Muy Interesante

Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

Creado: Actualizado:

Hace 66 millones de años, un asteroide de unos 10 kilómetros de diámetro impactó contra la región que hoy ocupa la península de Yucatán, en México. La colisión liberó una energía difícil de imaginar, levantó gigantescas cantidades de polvo y aerosoles a la atmósfera y alteró el clima global durante años. Sus consecuencias fueron tan profundas que marcaron el final del reinado de los dinosaurios no avianos y desencadenaron una de las mayores extinciones masivas conocidas.

Durante décadas, la historia pareció bastante clara. El cráter de Chicxulub se convirtió en el símbolo de una catástrofe planetaria capaz de eliminar cerca del 75 por ciento de las especies que habitaban la Tierra. El episodio representaba el triunfo de la destrucción a escala global: ecosistemas colapsados, cadenas alimentarias rotas y una biosfera obligada a reconstruirse desde sus cimientos.

Sin embargo, un nuevo estudio difundido a través de Communications Earth and Environment propone una perspectiva mucho más compleja. Según sus resultados, el mismo impacto que devastó la superficie terrestre pudo generar bajo el cráter circunstancias propicias para la existencia de organismos microscópicos durante larguísimos periodos. En otras palabras, una de las mayores tragedias biológicas de la historia también pudo crear un inesperado refugio para la vida.

El asteroide que destruyó ecosistemas... y creó otros nuevos

Cuando el cuerpo celeste chocó contra la Tierra, excavó una cavidad de aproximadamente 180 kilómetros de diámetro. La onda de choque fracturó enormes volúmenes de roca, fundió materiales y transformó para siempre la geología de la región.

Las consecuencias inmediatas fueron devastadoras. Los incendios forestales se extendieron por amplias zonas del planeta, los tsunamis recorrieron los océanos y el polvo expulsado a la atmósfera bloqueó parte de la radiación solar. La fotosíntesis se redujo drásticamente y multitud de organismos desaparecieron.

Por eso resulta tan sorprendente la conclusión alcanzada ahora por los investigadores: mientras la superficie sufría una crisis ecológica sin precedentes, el subsuelo del recién formado cráter pudo convertirse en un medio extraordinariamente favorable para ciertas comunidades microbianas.

La idea parece paradójica, pero encaja con un principio geológico bien conocido: los grandes impactos no solo destruyen paisajes, sino que también pueden generar nuevas circunstancias físicas y químicas capaces de sostener formas de vida en lugares inesperados.

Mientras la superficie sufría una crisis ecológica sin precedentes, el subsuelo del recién formado cráter pudo convertirse en un medio muy favorable para ciertas comunidades microbianas.

Qué ocurrió bajo el cráter tras el impacto

La clave está en el calor. Tras la colisión, enormes cantidades de energía quedaron almacenadas en las rocas fracturadas situadas bajo Chicxulub. Ese calor residual no desapareció de inmediato. Permaneció activo durante largos periodos y transformó el interior del cráter en un sistema dinámico y complejo.

Al mismo tiempo, el agua marina comenzó a infiltrarse a través de una extensa red de grietas abiertas por el choque. El contacto entre esos fluidos y las rocas calientes desencadenó una intensa circulación hidrotermal. En términos sencillos: se creó un gigantesco circuito natural en el que el agua circulaba por las profundidades del cráter, se calentaba, reaccionaba químicamente con las rocas y volvía a desplazarse por nuevas fracturas.

Ese tipo de sistemas hidrotermales existe actualmente en diversos lugares del planeta y suele estar asociado a una intensa actividad microbiana. Lo que hace excepcional a Chicxulub es la escala alcanzada por el fenómeno y la duración que pudo tener tras el evento cósmico.

Recreación artística de una red de fracturas profundas recorridas por agua caliente y vapor en el subsuelo de Chicxulub. ChatGPT, César Noragueda.

Un ecosistema oculto que duró 8 millones de años

La principal conclusión del nuevo trabajo es que ese sistema subterráneo pudo mantenerse activo durante aproximadamente ocho millones de años. Y la cifra resulta llamativa por sí sola, pero adquiere aún más relevancia cuando se compara con estimaciones anteriores. Según los autores, la circulación hidrotermal habría persistido unas cuatro veces más de lo que se pensaba hasta ahora.

El resultado adquiere todavía más importancia cuando se compara con otros cráteres estudiados. Según los investigadores, Chicxulub alberga el sistema hidrotermal generado por impacto más longevo documentado hasta ahora en la Tierra. Ninguna otra estructura de este tipo había proporcionado evidencias tan sólidas de una actividad prolongada a escala geológica.

Para llegar a esa conclusión, los especialistas del Centro Escocés de Investigación Ambiental (SUERC) y de la Universidad de Glasgow combinaron simulaciones geológicas avanzadas con información recuperada del interior del cráter. Lo que encontraron sugiere que el calor remanente tardó muchísimo más tiempo en disiparse de lo previsto.

Chicxulub alberga el sistema hidrotermal generado por impacto más longevo documentado hasta ahora en la Tierra.

Como consecuencia, los requisitos compatibles con la habitabilidad pudieron mantenerse durante un intervalo temporal extraordinariamente largo. Y, para comunidades biológicas adaptadas a ambientes extremos, ocho millones de años representan una eternidad evolutiva.

Cómo lograron reconstruir un mundo desaparecido hace millones de años

Demostrar que un sistema hidrotermal permaneció activo durante millones de años no es una tarea sencilla. Nadie puede observar lo que ocurría bajo Chicxulub hace decenas de millones de años, así que los científicos tuvieron que recurrir a una combinación de evidencias geológicas y modelos numéricos.

Una de las piezas fundamentales procede de las perforaciones realizadas en el interior del cráter durante campañas internacionales de investigación. Esas extracciones permitieron recuperar muestras de roca situadas a gran profundidad y estudiar los minerales que se formaron cuando los fluidos calientes circulaban por las fracturas subterráneas.

Los autores analizaron especialmente minerales precipitados por esas aguas hidrotermales. Como se originaron en momentos concretos de la evolución del sistema, actúan como una especie de archivo geológico capaz de registrar cuándo existieron determinadas circunstancias físicas y químicas.

A esa información se sumaron simulaciones avanzadas que recrean cómo se distribuyó el calor tras la colisión y cuánto tiempo tardó en disiparse. Al combinar ambas líneas de evidencia, los investigadores obtuvieron una reconstrucción mucho más precisa de la evolución térmica del cráter. Y el resultado apunta a un escenario sorprendente: la dinámica hidrotermal persistió muchísimo más tiempo de lo que indicaban los cálculos anteriores.

Por qué los sistemas hidrotermales son tan importantes para la vida

La idea de organismos microscópicos prosperando en el interior de rocas calientes puede parecer extraña, pero en realidad este tipo de ambientes alberga comunidades biológicas muy activas.

En numerosos lugares del planeta existen ecosistemas que no dependen de la luz solar para funcionar. En vez de obtener energía mediante la fotosíntesis, ciertos seres unicelulares aprovechan compuestos químicos liberados por el agua caliente cuando interactúa con minerales del subsuelo. Este proceso, conocido como quimiosíntesis, permite que la vida se desarrolle en entornos donde las circunstancias resultarían hostiles para la mayoría de los organismos.

Las fuentes hidrotermales del fondo oceánico constituyen uno de los ejemplos más conocidos. Allí prosperan bacterias, arqueas y comunidades enteras adaptadas a temperaturas elevadas, presiones extremas y una completa ausencia de luz.

La quimiosíntesis permite que la vida se desarrolle en entornos donde las circunstancias resultarían hostiles para la mayoría de los organismos.

Por ese motivo, cuando los geólogos identifican sistemas hidrotermales antiguos, los astrobiólogos prestan especial atención. Esos escenarios reúnen varios de los ingredientes considerados más favorables para la habitabilidad microbiana.

El interés va mucho más allá de la simple supervivencia de microorganismos. Muchos investigadores consideran que este tipo de ambientes pudo favorecer algunas de las reacciones químicas asociadas al origen mismo de la vida. Por eso los sistemas hidrotermales aparecen con frecuencia en las hipótesis que intentan explicar cómo surgieron los primeros organismos en la Tierra primitiva.

En el caso de Chicxulub, la combinación de agua circulando por las fracturas, abundante calor residual y una compleja química mineral pudo proporcionar oportunidades excepcionales para la actividad biológica microscópica.

Recreación artística de un ecosistema microbiano oculto en una cavidad hidrotermal iluminada por fluidos ricos en minerales. ChatGPT, César Noragueda.

Aunque se han identificado indicios de actividad hidrotermal en más de setenta cráteres de impacto terrestres, las evidencias de colonización microbiana son mucho más escasas. En la actualidad, solo se han descrito en un reducido grupo de estructuras, lo que convierte a Chicxulub en un laboratorio natural especialmente valioso para estudiar la habitabilidad asociada a grandes colisiones.

La sorprendente relación entre impactos y habitabilidad

Los grandes impactos suelen asociarse exclusivamente con destrucción. Es una reacción comprensible: las colisiones cósmicas generan explosiones colosales, alteran climas planetarios y pueden desencadenar extinciones masivas.

Sin embargo, cada vez más estudios sugieren que esa visión es incompleta. Desde una perspectiva geológica, un acontecimiento de este tipo también puede actuar como un gigantesco arquitecto del mundo subterráneo. Al fracturar las rocas, crear nuevas vías para la circulación de fluidos y concentrar enormes cantidades de energía térmica, genera escenarios que difícilmente aparecerían de otra forma.

Lo que emerge es una paradoja fascinante. El mismo episodio que elimina ecosistemas en la superficie puede abrir oportunidades biológicas bajo tierra. Allí, protegidas de incendios globales, alteraciones climáticas extremas y otras consecuencias inmediatas del cataclismo, determinadas comunidades microbianas podrían encontrar refugios relativamente estables. Por eso, algunos especialistas consideran que los cráteres de impacto no deben verse solo como cicatrices geológicas. En determinadas circunstancias, también pueden convertirse en incubadoras de hábitats ocultos.

Los autores sostienen además que los modelos utilizados hasta ahora probablemente han infravalorado la duración real de muchos sistemas hidrotermales asociados a impactos. Si esa interpretación es correcta, algunos cráteres pudieron mantener escenarios compatibles con la habitabilidad durante periodos mucho más prolongados de lo que se había estimado.

Lo que Chicxulub puede enseñar sobre Marte y otros mundos

Las implicaciones del estudio no terminan en la historia de la Tierra. Uno de los motivos por los que este trabajo ha despertado tanto interés es su relevancia para la búsqueda de actividad biológica fuera de nuestro planeta.

Si impactos comparables al de Chicxulub fueron capaces de mantener actividad hidrotermal durante millones de años, los cráteres marcianos podrían haber generado entornos potencialmente habitables.

Marte, por ejemplo, conserva enormes cráteres formados durante miles de millones de años de bombardeo cósmico. Muchos de ellos muestran evidencias de interacción entre agua y roca en el pasado remoto. Y, si impactos comparables al de Chicxulub fueron capaces de mantener procesos hidrotermales durante extensos intervalos temporales, entonces esas estructuras marcianas podrían haber generado escenarios potencialmente habitables incluso cuando la superficie era cada vez más fría y seca.

La idea resulta especialmente atractiva porque desplaza la atención desde los paisajes superficiales hacia las profundidades del planeta, una región donde los requisitos adecuados para la habitabilidad pueden persistir durante mucho más tiempo.

Un laboratorio natural para estudiar los límites de la vida

Más allá de la duración del sistema hidrotermal, el estudio aporta otra enseñanza relevante: la vida puede encontrar oportunidades allí donde aparentemente solo existe devastación.

Durante buena parte del siglo XX, las investigaciones sobre habitabilidad se centraron principalmente en ambientes superficiales. La presencia de agua líquida, una atmósfera adecuada y temperaturas moderadas parecían los requisitos esenciales para sostener organismos.

Recreación artística de un posible cráter marciano árido con antiguas fracturas subterráneas ya secas, vestigio de un pasado hidrotermal. ChatGPT, César Noragueda.

Sin embargo, las últimas décadas han ampliado considerablemente esa visión. Hoy sabemos que numerosas formas de vida microscópicas son capaces de prosperar en el interior de las rocas, kilómetros por debajo de la superficie, alimentándose de reacciones químicas que no dependen de la energía solar. La llamada biosfera profunda constituye uno de los ecosistemas menos conocidos y más extensos del planeta.

En ese contexto, Chicxulub ofrece un caso de estudio excepcional. No se trata simplemente de un cráter de impacto. Es también una oportunidad para comprender cómo los grandes procesos geológicos pueden crear nichos habitables que permanecen activos durante extensos lapsos temporales.

Los autores sugieren que este tipo de sistemas pudo desempeñar un papel importante en distintos momentos de la historia terrestre. En determinados escenarios, ambientes protegidos bajo tierra habrían ofrecido refugio a poblaciones microbianas mientras la superficie atravesaba circunstancias mucho más hostiles.

El legado oculto del asteroide de los dinosaurios

Los resultados del estudio añaden una dimensión inesperada a uno de los acontecimientos más conocidos de la historia de la Tierra.

Durante buena parte de la investigación moderna, Chicxulub simbolizó principalmente la destrucción: el impacto que desencadenó una extinción masiva, transformó los ecosistemas globales y puso fin al dominio de los dinosaurios no avianos. Ahora, los investigadores muestran que aquella misma colisión también pudo crear un entorno subterráneo capaz de permanecer activo durante millones de años.

La conclusión va mucho más allá del propio cráter mexicano. Los autores sostienen que la duración de los sistemas hidrotermales originados por grandes colisiones podría haber sido subestimada de forma sistemática. Si eso es cierto, algunos de los grandes cráteres repartidos por la Tierra y otros mundos habrían ofrecido ventanas de habitabilidad mucho más amplias de lo que se pensaba.

La implicación más profunda afecta incluso a las teorías sobre los primeros capítulos de la vida. Los sistemas hidrotermales proporcionan calor, circulación de fluidos y una química compleja, tres ingredientes considerados especialmente favorables para la aparición y el mantenimiento de comunidades biológicas microscópicas. Comprender cuánto tiempo permanecen activos estos ambientes ayuda a evaluar hasta qué punto pudieron actuar como incubadoras biológicas en el pasado remoto.

Lo que comenzó como una investigación sobre el asteroide que acabó con los dinosaurios acaba aportando nuevas pistas sobre dónde buscar vida en otros mundos.

Y existe un último detalle que hace el hallazgo aún más llamativo. Chicxulub, con unos 180-200 kilómetros de diámetro, es enorme desde una perspectiva terrestre, pero sigue siendo pequeño en comparación con algunos de los gigantescos impactos que marcaron la infancia del Sistema Solar. Si un cráter de este tamaño fue capaz de sostener procesos hidrotermales durante al menos 8 millones de años, estructuras mucho mayores podrían haber mantenido escenarios habitables durante intervalos todavía más prolongados.

Esa es, probablemente, la paradoja más fascinante del hallazgo. El asteroide que acabó con los dinosaurios no solo dejó tras de sí una huella de destrucción. También pudo generar, bajo cientos de metros de roca fracturada, uno de los refugios microbianos más duraderos conocidos tras una catástrofe global.

Y, 66 millones de años después, ese legado oculto sigue ayudando a los científicos a comprender tanto la resistencia de la biosfera terrestre como las posibilidades de encontrar rastros de actividad biológica más allá de nuestro planeta.

Referencias