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Lluís Montoliu, genetista del CSIC: "Las personas que nos...
scruzcampill · 2026-05-05 · via Muy Interesante

¿Qué ocurre cuando la institución que busca la verdad debe enfrentarse a sus propias mentiras, y por qué reconocer el fraude científico puede ser la forma más honesta de defender la ciencia?

Recreación artística que muestra la investigación de una posible manipulación de resultados científicos. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.
Recreación artística que muestra la investigación de una posible manipulación de resultados científicos. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.

Publicado por Santiago Campillo Brocal

Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital

Creado: Actualizado:

El ensayo Impostores de la ciencia, de Lluís Montoliu, parte de una premisa incómoda: la ciencia no está hecha por héroes infalibles, sino por personas sometidas a presión, ambición, sesgos y tentaciones. El genetista del CSIC, investigador del CNB-CSIC y especialista en bioética, convierte esa evidencia en una cartografía de fraudes reales, errores institucionales y mecanismos de reparación.

La ciencia también tiene impostores

Montoliu abre el libro con una frase que desarma cualquier idealización: quienes se dedican a la ciencia no son extraterrestres. La observación parece sencilla, pero sostiene toda la obra. La investigación científica se presenta a menudo como una maquinaria impersonal de corrección, datos y revisión por pares. Sin embargo, esa maquinaria la operan seres humanos con carreras, financiación, prestigio, rivalidades y miedo al fracaso.

El valor del libro está en no usar esa humanidad como excusa. Al contrario: si la ciencia merece confianza es porque dispone de herramientas para detectar sus propias grietas. La vulneración de la integridad científica no se trata aquí como una colección de anécdotas escandalosas, sino como un problema estructural que exige formación, vigilancia y consecuencias.

El fraude no destruye la ciencia cuando se investiga; la debilita cuando se oculta, se minimiza o se convierte en un daño reputacional que nadie quiere asumir.

La obra dialoga con una tradición amplia de relatos sobre fraude científico, desde falsos hallazgos históricos hasta casos recientes de manipulación de datos. Pero Montoliu añade algo distinto: la mirada de quien conoce desde dentro los comités de ética, los códigos de buenas prácticas y la lentitud con la que las instituciones reaccionan cuando el prestigio está en juego.

Del error al fraude

Uno de los aciertos del libro es que no mete todos los problemas en el mismo saco. No es lo mismo equivocarse que fabricar datos; no es lo mismo una retractación por un conflicto de intereses que un artículo construido sobre imágenes manipuladas; no es lo mismo una mala interpretación que una estafa deliberada. Esa distinción resulta crucial en una época en la que la palabra “retractado” puede caer sobre cualquier trabajo como una sentencia pública.

El propio ecosistema científico necesita esa precisión. Una retractación puede indicar fraude, pero también puede responder a errores honestos, problemas de reproducibilidad o fallos administrativos. Ahí encaja bien la diferencia entre retirar un artículo y demostrar que sus datos son falsos, como muestra el debate reciente sobre retractaciones científicas. Montoliu insiste en esa zona gris porque la integridad científica no funciona con titulares simples.

El libro describe tres grandes familias de mala praxis: falsificación, fabricación y plagio. Pero no se queda ahí. También aparecen revistas depredadoras, manipulación de autorías, sesgos introducidos por financiadores, ocultación de herramientas de inteligencia artificial, autoplagio y carteles de citas. La mala ciencia no siempre entra por la puerta del escándalo: a veces se cuela por procedimientos aparentemente menores.

La frontera entre error y fraude no siempre está en el resultado final, sino en la intención, la transparencia y la reacción cuando alguien señala el problema.

Ese enfoque convierte la lectura en algo más útil que una galería de villanos. El lector aprende a mirar el sistema: cómo se detectan imágenes duplicadas, por qué plataformas como PubPeer pueden ser valiosas y peligrosas a la vez, qué papel cumplen las retractaciones y por qué las revistas fraudulentas no son una rareza marginal, sino una amenaza para el archivo del conocimiento.

Cuando el engaño sale del laboratorio

La parte más dura de Impostores de la ciencia aparece cuando el fraude deja de ser una distorsión bibliográfica y empieza a afectar a la salud pública. El caso Wakefield, la falsa relación entre vacunas y autismo, los tratamientos sin evidencia contra el cáncer o las promesas prematuras sobre células madre muestran una consecuencia que va más allá del currículum de un investigador: la mentira científica puede viajar hasta la consulta médica, la decisión familiar y la política sanitaria.

Montoliu no necesita inflar el tono. Los casos hablan solos. El capítulo sobre vacunas recuerda que una publicación puede ser retirada, un autor puede perder credibilidad y, aun así, la idea fraudulenta puede seguir viva durante décadas. Ese es uno de los grandes dramas de la comunicación científica: la corrección formal del registro no garantiza la reparación social del daño.

La obra conecta así con una cuestión que Muy Interesante ha tratado al analizar cómo ciertos mitos se disfrazan de ciencia, desde la falsa relación entre vacunas y autismo hasta los relatos pseudotécnicos que explotan incertidumbres reales. En ese terreno, el fraude no solo produce papers defectuosos. Produce argumentos para quienes buscan desconfiar de todo el sistema.

La ciencia puede corregir un artículo en una base de datos; corregir una creencia pública contaminada exige mucho más tiempo.

El capítulo dedicado a las tres niñas chinas editadas genéticamente es especialmente revelador porque Montoliu conoce de cerca el campo CRISPR y sus debates éticos. El caso no funciona en el libro como una advertencia genérica contra la biotecnología, sino como ejemplo de lo que ocurre cuando la ambición técnica adelanta a la prudencia clínica, legal y moral.

La integridad como infraestructura

El cierre del libro desplaza la atención desde los impostores hacia las condiciones que permiten detectarlos. Formación obligatoria, códigos de buenas prácticas, protección de denunciantes, transparencia institucional y revisión sistemática de artículos ya publicados. Montoliu plantea la integridad científica como una infraestructura, no como un adorno moral añadido al laboratorio.

Ese punto es quizá el más importante del ensayo. La ciencia contemporánea produce millones de artículos al año, trabaja con datos cada vez más complejos y ahora convive con herramientas capaces de generar texto, imágenes y resultados plausibles. Si el registro científico se contamina, las consecuencias ya no afectan solo a lectores humanos. También pueden afectar a sistemas de inteligencia artificial entrenados sobre literatura defectuosa, una preocupación que ya empieza a aparecer en estudios sobre IA y fraude científico.

En ese contexto, el libro no es un ataque a la ciencia, sino una defensa exigente de sus condiciones de posibilidad. La confianza pública no se conserva ocultando errores, sino mostrando que existen procedimientos para corregirlos. Ese matiz importa en un momento en que la ciencia compite con relatos emocionales, sospechas permanentes y debates donde todas las opiniones parecen aspirar al mismo peso. La integridad no es una virtud privada del investigador: es una tecnología social para proteger el conocimiento común.

La obra se lee, por tanto, como un manual narrativo contra la impunidad. No porque prometa que el fraude desaparecerá, sino porque recuerda que cada laboratorio, revista, comité e institución decide qué tipo de ciencia está dispuesto a tolerar. Y esa decisión, más que cualquier discurso solemne sobre la verdad, es la que terminará marcando la frontera entre confianza y deterioro.

Mockup editorial del libro *Impostores de la ciencia*, de Lluís Montoliu, en un contexto visual inspirado en la revisión y verificación de resultados científicos. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.