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Una hipótesis de un estudiante que parecía absurda abre u...
César Noragu · 2026-05-19 · via Muy Interesante

Uno de los grandes obstáculos de la investigación sobre envejecimiento no es eliminar células senescentes, sino encontrarlas con precisión. Durante años, los laboratorios han dependido de combinaciones imperfectas de marcadores celulares. Ahora, una idea que incluso algunos especialistas consideraban demasiado improbable acaba de revelar una posible manera de localizar esas células envejecidas mediante billones de secuencias aleatorias de ADN.

Recreación artística de dos ancianos, un aptámero y una célula senescente. ChatGPT, César Noragueda.

Publicado por César Noragueda

Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

Creado: Actualizado:

A lo largo de bastantes años, la biología del envejecimiento ha convivido con una paradoja incómoda. Los laboratorios saben desde hace décadas que las células senescentes participan en el deterioro de tejidos, inflamación crónica y enfermedades asociadas a la edad. El problema es mucho más extraño: identificarlas con precisión sigue siendo sorprendentemente difícil. Y, ahora, un estudiante ha propuesto una búsqueda molecular casi aleatoria y ha terminado encontrando una señal inesperada capaz de distinguir esas células envejecidas del resto.

Todo empezó con una conversación aparentemente trivial en la Clínica Mayo. Una de esas charlas improvisadas entre doctorandos que, en la mayoría de los casos, terminan evaporándose entre hipótesis imposibles y café frío. Esta vez ocurrió lo contrario.

El doctorando Keenan Pearson, recién graduado en Ciencias Biomédicas, trabajaba junto al doctor Jim Maher investigando el potencial de los aptámeros —pequeñas moléculas capaces de reconocer objetivos biológicos concretos— frente al cáncer cerebral y ciertas patologías neurodegenerativas. Mientras tanto, en otro laboratorio del campus, Sarah Jachim estudiaba el envejecimiento celular y las células senescentes bajo la supervisión del doctor Nathan LeBrasseur.

Ambos coincidieron durante un encuentro científico interno. La conversación derivó hacia sus respectivas tesis y, en medio de aquel intercambio informal, Pearson empezó a darle vueltas a una posibilidad inesperada: ¿y si los aptámeros pudieran diseñarse para identificar células senescentes? La idea sonaba prometedora, aunque tenía un problema evidente. Pearson dominaba la tecnología molecular, pero no el complejo proceso necesario para cultivar y manipular células senescentes en el laboratorio. Ese terreno pertenecía a Jachim.

Los dos doctorandos trasladaron la propuesta a sus supervisores y también a Darren Baker, investigador especializado en terapias dirigidas contra células senescentes. La reacción inicial fue una mezcla de escepticismo y curiosidad. El propio Maher admite que la hipótesis sonaba “descabellada”. Lo suficiente, sin embargo, como para justificar una investigación más seria. Y ahí empezó todo.

La investigación, publicada finalmente en Aging Cell y de la que Pearson acabó convirtiéndose en autor principal, parte de una idea que en un primer momento sonaba poco elegante desde el punto de vista experimental. En lugar de buscar un marcador concreto asociado a la senescencia celular, el equipo decidió lanzar una especie de red gigantesca compuesta por billones de secuencias aleatorias de ADN. La lógica parecía arriesgada. Y, sin embargo, ha funcionado.

Recreación artística de los científicos trabajando en su laboratorio. ChatGPT, César Noragueda.

El gran obstáculo de la senescencia celular

Las células senescentes son una anomalía biológica peculiar. No están muertas, aunque han dejado de dividirse. Tampoco permanecen inactivas. De hecho, las células senescentes liberan señales inflamatorias y alteran el entorno tisular mientras se acumulan con el paso de los años.

Ese comportamiento las ha convertido en uno de los grandes objetivos de la investigación sobre longevidad. Numerosos grupos exploran terapias senolíticas destinadas a eliminar esas células deterioradas para reducir daño tisular o ralentizar determinadas patologías relacionadas con la edad. El inconveniente aparece enseguida: localizar esas células no resulta tan sencillo como parecía hace una década.

Durante mucho tiempo, la comunidad científica utilizó proteínas como p16 o ciertos patrones inflamatorios asociados al llamado SASP —fenotipo secretor asociado a senescencia— para rastrear estos estados celulares. El inconveniente consiste en que ninguno de esos indicadores funciona como una firma universal inequívoca. Algunas células expresan esos marcadores sin encontrarse realmente en senescencia; otras, en cambio, escapan a los métodos habituales.

Los científicos exploran terapias senolíticas destinadas a eliminar esas células deterioradas para reducir daño tisular o ralentizar determinadas patologías relacionadas con la edad.

Debido a ello, los investigadores llevan años trabajando con indicadores parciales e imperfectos para estudiar uno de los procesos centrales del envejecimiento biológico. Y ahí es donde entra la hipótesis del nuevo trabajo.

La idea que parecía demasiado caótica

La propuesta inicial rompía con parte de la lógica clásica del campo. En vez de diseñar moléculas dirigidas contra una proteína específica, el equipo recurrió a aptámeros: pequeñas secuencias de ADN capaces de plegarse en estructuras tridimensionales y adherirse a determinadas moléculas celulares.

A veces se comparan con anticuerpos sintéticos, aunque funcionan de otra manera. Lo verdaderamente llamativo es que los científicos no sabían exactamente qué iban a encontrar. El equipo utiliza billones de secuencias aleatorias de ADN para buscar afinidad con células senescentes sin partir de una diana molecular concreta.

La magnitud del experimento ayuda a entender por qué la propuesta sonaba tan improbable. Los autores trabajaron con bibliotecas inmensas de cadenas de ADN de 80 nucleótidos. La mayoría no servía para nada. Casi todas las secuencias desaparecieron mientras se llevaba a cabo el proceso de selección. Solo unas pocas empezaron a mostrar afinidad por células envejecidas.

La estrategia recuerda más a una búsqueda evolutiva que a un experimento tradicional de bioquímica. En lugar de imponer desde el principio qué proteína debía ser relevante, dejaron que el propio sistema molecular fuera descartando posibilidades hasta conservar las secuencias capaces de reconocer patrones celulares asociados a senescencia. Así, lo sorprendente no es que encontraran una molécula útil, sino que una búsqueda prácticamente ciega terminara detectando patrones que la biología todavía describe de forma incompleta.

Una selección molecular entre billones de posibilidades

Para desarrollar el experimento, los investigadores emplearon fibroblastos senescentes de ratón y los compararon con células normales. A través de rondas sucesivas de selección y descarte —un procedimiento derivado de la técnica SELEX— fueron enriqueciendo aquellas secuencias capaces de adherirse con mayor eficacia a las células envejecidas.

Lo sorprendente no es que encontraran una molécula útil, sino que una búsqueda prácticamente ciega terminara detectando patrones que la biología todavía describe de forma incompleta.

La imagen resulta fascinante desde el punto de vista conceptual. Billones de fragmentos de ADN compitiendo entre sí hasta que unos pocos logran “encajar” sobre determinadas superficies celulares. Las rondas sucesivas de selección conservan únicamente los aptámeros con afinidad específica hacia células senescentes.

El detalle relevante es que varios de esos aptámeros comenzaron a detectar patrones consistentes. Ya no parecía un efecto estadístico aleatorio. Había una señal biológica reconocible detrás de aquella criba molecular gigantesca. Eso modificó la interpretación inicial del proyecto. Lo que arrancó como una aproximación exploratoria empezó a transformarse en una posible herramienta de detección celular.

La proteína inesperada que apareció en la superficie

El hallazgo más interesante del estudio surgió después. Los autores identificaron que dos de los aptámeros seleccionados reconocían una variante concreta de fibronectina presente en células senescentes.

Recreación artística de un aptámero y una célula senescente.

La fibronectina no es una proteína cualquiera. Forma parte de la matriz extracelular y participa en adhesión celular, reparación tisular y remodelación de tejidos. Su relación con envejecimiento y fibrosis lleva tiempo atrayendo atención. Lo intrigante aquí es otra cosa. Los aptámeros terminan señalando una forma específica de fibronectina asociada a senescencia celular. Y ese resultado introduce una posibilidad sugestiva. Quizá ciertas alteraciones de la matriz extracelular desempeñan un papel más decisivo en el envejecimiento de lo que se asumía hasta ahora.

La investigación no demuestra que la fibronectina sea “la clave” de la senescencia. Tampoco plantea una terapia inmediata. Lo que sí sugiere es que algunas transformaciones moleculares presentes en células envejecidas podrían detectarse con mucha más precisión de la disponible hasta hoy.

Las señales aparecen también en tejidos envejecidos

Una de las cuestiones más delicadas consistía en averiguar si el fenómeno funcionaba fuera de placas de laboratorio. Muchos hallazgos celulares se desmoronan cuando pasan a tejidos reales. Pero aquí ocurrió lo contrario. Los aptámeros muestran un marcaje elevado en tejidos envejecidos de ratón y reducen esa señal cuando se eliminan células p16+ en el modelo INK-ATTAC.

Ese detalle aporta solidez al trabajo. El modelo INK-ATTAC permite destruir selectivamente células senescentes mediante manipulación genética. Cuando esas células desaparecían, la señal de los aptámeros disminuía. El vínculo empezaba a resultar difícil de ignorar.

En paralelo, los investigadores observaron patrones compatibles con envejecimiento tisular en distintos órganos. Eso no convierte la técnica en una herramienta clínica lista para hospitales, aunque sí la acerca a algo mucho más útil que una simple curiosidad experimental. Y el hallazgo no demuestra que el envejecimiento pueda revertirse, pero sí que algunas células parecen dejar huellas moleculares mucho más precisas de lo que se creía.

Detectar células senescentes podría cambiar muchas terapias

La mayor parte del debate público sobre longevidad suele concentrarse en la idea de “rejuvenecer”. Sin embargo, numerosos especialistas consideran que el auténtico desafío consiste en comprender qué células deben eliminarse, cuáles conviene conservar y cómo cambia cada tejido con la edad.

El debate público sobre longevidad suele concentrarse en la idea de “rejuvenecer”, pero numerosos especialistas consideran que el auténtico desafío consiste en comprender qué células deben eliminarse.

En ese contexto, herramientas capaces de localizar células senescentes con mayor precisión tendrían implicaciones enormes. Las terapias senolíticas dependen de identificar correctamente las células deterioradas antes de intentar destruirlas. Eso afecta a fibrosis, inflamación crónica, regeneración tisular e incluso ciertos procesos oncológicos relacionados con senescencia. A esto se suma otro aspecto relevante: medir envejecimiento biológico en tejidos concretos continúa siendo extraordinariamente complejo.

La posibilidad de utilizar aptámeros como sistemas de detección abriría escenarios interesantes para diagnóstico molecular, seguimiento de tratamientos o investigación farmacológica. No porque permitan frenar el envejecimiento mañana, sino porque ayudan a observarlo con una resolución mucho más fina.

La parte más incómoda del descubrimiento

Existe otro elemento llamativo en esta historia. El equipo no empezó buscando fibronectina. Tampoco perseguía una proteína concreta previamente señalada por la literatura científica. Dejaron que una selección molecular prácticamente ciega encontrara patrones por sí sola.

Recreación artística de dos ancianos y de sus pares jóvenes. ChatGPT, César Noragueda.

Eso cuestiona algo más profundo sobre cómo se producen ciertos avances científicos. A veces, las disciplinas maduras desarrollan una especie de mapa conceptual implícito que determina qué merece investigarse y qué parece improbable desde el principio. La estrategia experimental encuentra una señal biológica relevante sin partir de una hipótesis molecular cerrada.

La ironía resulta evidente. Una aproximación considerada demasiado caótica termina detectando una pista molecular que llevaba años pasando desapercibida entre biomarcadores ambiguos y métodos incompletos. Y es que, en ocasiones, una hipótesis parece absurda porque intenta resolver un problema que la propia disciplina todavía no sabe formular del todo bien.

A lo largo de décadas, la investigación sobre envejecimiento ha intentado responder qué distingue exactamente a una célula senescente del resto. Lo inquietante del nuevo trabajo no reside solo en la posible utilidad de los aptámeros. Hay algo de mayor importancia detrás. Una búsqueda casi ciega entre billones de secuencias aleatorias ha terminado localizando señales que muchos enfoques dirigidos no conseguían capturar con claridad. La pregunta, quizá, ya no sea únicamente cómo envejecen las células, sino cuánto de ese proceso seguimos sin saber reconocer cuando ocurre delante de nosotros.

Referencias