























Un estudio isotópico sobre restos hallados en Chiapas apunta a una red de intercambio animal mucho más sofisticada y extensa de lo que se creía.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Mover mercancías entre ciudades separadas por selvas, montañas y territorios rivales ya era complicado hace más de 1.500 años. Hacerlo con animales vivos parecía todavía más improbable. Sin embargo, eso es exactamente lo que un grupo de arqueólogos cree haber identificado ahora en varios asentamientos mayas del actual México.
El hallazgo procede de dos yacimientos situados en las tierras altas de Chiapas: Moxviquil y Tenam Puente. Allí aparecieron restos de perros enterrados entre estructuras residenciales, plazas y cuevas funerarias. A simple vista no parecían especialmente diferentes de otros hallazgos arqueológicos de la región. Pero había algo extraño en ellos.
Los investigadores comenzaron analizando los huesos y el esmalte dental de varios animales encontrados en ambos enclaves. Tal y como ha revelado el nuevo estudio publicado en Journal of Archaeological Science, el objetivo inicial era averiguar si aquellos animales habían nacido en la zona o procedían de otros lugares del mundo maya.
Para hacerlo utilizaron una técnica basada en isótopos de estroncio. Este elemento químico queda registrado en dientes y huesos a través del agua y los alimentos consumidos durante la vida. Como cada región posee una “firma” geológica distinta, comparar esos valores permite reconstruir el origen geográfico de humanos y animales antiguos con bastante precisión.
Los resultados comenzaron a llamar la atención muy pronto.
Los restos de ciervos y otros grandes mamíferos encontrados en ambos yacimientos mostraban valores compatibles con un origen local. Todo encajaba con la idea de animales cazados en los alrededores y consumidos por las comunidades de la zona. Pero los perros contaban una historia completamente distinta.
Tal y como indica el trabajo liderado por Elizabeth Paris, de la Universidad de Calgary, la mayoría de los perros analizados no habían nacido en Chiapas. Algunos procedían de regiones situadas a cientos de kilómetros de distancia, en zonas de las actuales Campeche, Quintana Roo o incluso cerca de grandes centros políticos mayas como Calakmul, Becán o Palenque.
Uno de los casos más sorprendentes apunta a un animal que pudo haber llegado desde la costa norte de Yucatán, a más de 800 kilómetros de distancia.

La dificultad del trayecto resulta difícil de exagerar. En aquella época no existían animales de carga ni vehículos con ruedas para el transporte terrestre en Mesoamérica. Desplazar perros vivos entre distintos reinos implicaba rutas comerciales organizadas, intercambios entre ciudades y una inversión considerable de tiempo y recursos.
Y eso abre una pregunta todavía más intrigante: ¿por qué mover perros a distancias tan enormes?
Mover perros vivos entre ciudades separadas por cientos de kilómetros implicaba rutas comerciales organizadas, acuerdos entre élites y una logística mucho más compleja de lo que solemos imaginar para el mundo maya.
La respuesta empezó a aparecer cuando el equipo analizó otros isótopos presentes en los restos: carbono y nitrógeno. Los valores detectados eran extremadamente inusuales para perros comunes. Los animales habían consumido grandes cantidades de maíz y proteína animal, una dieta mucho más rica que la observada en muchos otros ejemplares mayas conocidos hasta ahora.
Tal y como señalan los autores, aquello sugiere que estos perros recibían alimentos similares a los de los humanos, probablemente de forma deliberada. No parecían simples animales callejeros ni perros utilizados únicamente para tareas domésticas.
La investigación plantea que algunos pudieron actuar como símbolos de estatus, regalos diplomáticos o animales asociados a rituales. En el arte maya aparecen con frecuencia pequeños perros acompañando a gobernantes transportados en hamacas, una iconografía que algunos especialistas relacionan con prestigio y poder.
Otros investigadores sospechan además que ciertos ejemplares pudieron criarse para el consumo ritual o ceremonial. En varios yacimientos mayas se han encontrado esqueletos con marcas de corte compatibles con sacrificios y procesamiento de carne.

Uno de los ejemplares analizados podría haber recorrido más de 800 kilómetros antes de llegar a Chiapas, una distancia extraordinaria para una sociedad sin animales de carga ni transporte con ruedas.
El descubrimiento encaja con una idea que cada vez gana más fuerza entre los arqueólogos: las ciudades mayas mantenían redes comerciales mucho más complejas de lo que se pensaba hace apenas unas décadas.
No solo circulaban jade, obsidiana o cacao. También viajaban animales vivos.
El estudio incluso apunta a la posibilidad de que algunas regiones se especializaran en la cría de perros concretos para exportarlos a otros reinos mayas. Algunos restos hallados en Chiapas presentan además anomalías dentales compatibles con el xoloitzcuintle, el famoso perro sin pelo mexicano, aunque esa hipótesis todavía deberá confirmarse mediante análisis genéticos futuros.
Lo que sí parece cada vez más claro es que aquellos perros no eran simples acompañantes domésticos. En el mundo maya podían representar riqueza, intercambio político, alimento, ritual y prestigio al mismo tiempo. Y sus huesos, siglos después, han terminado revelando una red de conexiones que atravesaba buena parte de Mesoamérica.
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