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Un nuevo modelo matemático puede decirte en tiempo real s...
2026-04-10 · via Muy Interesante

Eugenio Manuel Fernández Aguilar

Creado: Actualizado:

El estado de frescura del pescado es una preocupación constante tanto para consumidores como para la industria alimentaria. Aunque el aspecto, el olor o la textura pueden dar pistas, estos métodos son subjetivos y no siempre fiables. Los productos del mar, a veces, recorren largas distancias antes de llegar al plato, por lo que conocer con precisión su calidad se convierte en un desafío técnico y económico de primer orden.

Un estudio reciente propone una solución innovadora: un modelo matemático capaz de estimar la frescura del pescado en tiempo real a partir de procesos bioquímicos que ocurren tras la muerte del animal. Esta aproximación no solo permite evaluar el estado actual del producto, sino también prever su evolución, lo que abre la puerta a sistemas inteligentes de control en toda la cadena de distribución. El avance resulta especialmente relevante en un sector donde pequeñas variaciones pueden tener un gran impacto en la seguridad, el sabor y el desperdicio alimentario.

La frescura del pescado: un problema invisible pero crucial

El deterioro del pescado comienza inmediatamente después de su captura, aunque a simple vista puede no ser evidente. Este proceso implica una serie de cambios internos que afectan tanto a la calidad nutricional como a las propiedades sensoriales, como el sabor o el olor. El problema es que muchos de estos cambios no se detectan fácilmente sin análisis específicos, lo que complica la toma de decisiones en mercados, restaurantes o supermercados.

Tradicionalmente, la frescura se ha evaluado mediante inspección sensorial o recuentos bacterianos, pero estos métodos presentan limitaciones importantes. Por un lado, dependen de la experiencia humana, lo que introduce variabilidad. Por otro, requieren tiempo y condiciones controladas. Esta falta de precisión puede generar errores en la clasificación del producto, afectando tanto a la seguridad alimentaria como al valor comercial.

En este contexto, surge la necesidad de herramientas objetivas que permitan medir la frescura de manera reproducible. Aquí es donde entra en juego el llamado valor K, un indicador bioquímico que refleja el estado de degradación del tejido muscular del pescado. Este parámetro se ha convertido en una referencia científica clave para evaluar la calidad del pescado de forma más fiable.

Fuente: ChatGPT

El papel del ATP: una reacción en cadena que revela el estado del pescado

Tras la muerte del pescado, una molécula fundamental en la vida celular, el adenosín trifosfato (ATP), comienza a descomponerse de manera progresiva. Este proceso sigue una secuencia bien conocida: el ATP se transforma en otros compuestos intermedios hasta convertirse finalmente en sustancias asociadas al deterioro.

Este recorrido bioquímico no es arbitrario. Cada etapa está vinculada a cambios concretos en la calidad del pescado. Por ejemplo, uno de los compuestos intermedios, el IMP (inosinato), está relacionado con el sabor umami, considerado agradable. Sin embargo, a medida que avanza la degradación, se acumulan sustancias como la hipoxantina, que aportan sabores amargos y olores desagradables. 

El valor K se basa precisamente en la proporción de estos compuestos finales respecto al total de productos derivados del ATP. En otras palabras, cuanto mayor es el valor K, más avanzado está el proceso de deterioro. Este indicador ofrece una forma cuantificable y objetiva de medir la frescura, lo que lo convierte en una herramienta muy valiosa para la industria.

Además, este proceso es común en muchas especies de pescado, lo que sugiere que podría utilizarse como base para modelos generales. Sin embargo, hasta ahora, la mayoría de las aplicaciones han sido específicas para cada especie, lo que limita su uso práctico a gran escala.

Un modelo matemático que convierte química en predicción

El avance principal del estudio consiste en traducir ese proceso bioquímico en un modelo matemático capaz de predecir la evolución del valor K. En lugar de medir directamente los compuestos en laboratorio, el modelo utiliza ecuaciones que describen cómo se transforman con el tiempo.

Este enfoque se basa en un sistema de reacciones químicas secuenciales de primer orden, es decir, procesos en los que la velocidad de cambio depende de la cantidad de sustancia presente. Aunque este concepto puede parecer técnico, su idea básica es sencilla: permite estimar cómo evoluciona el deterioro a partir de unas pocas variables clave.

K(t) = (HxR + Hx) / (ATP + ADP + AMP + IMP + HxR + Hx) × 100

La fórmula de la frescura del pescado, descrita en otro apartado

Una de las ventajas más importantes es que el modelo no solo indica el estado actual del pescado, sino que también puede anticipar su evolución futura. Esto significa que es posible estimar cuánto tiempo seguirá siendo apto para el consumo bajo determinadas condiciones de almacenamiento.

Además, el modelo ha demostrado una alta precisión en sus predicciones, con valores de correlación superiores a 0,96 entre los datos calculados y los observados experimentalmente. Este nivel de concordancia sugiere que la herramienta puede ser fiable en contextos reales, más allá del laboratorio.

Fuente: ChatGPT

De especies concretas a un modelo universal

Uno de los mayores retos en este tipo de estudios es la variabilidad entre especies. Aunque el proceso de degradación del ATP es similar, los detalles pueden cambiar, lo que obliga a ajustar los modelos para cada tipo de pescado.

La novedad de este trabajo es que propone una estructura de modelo común para múltiples especies, manteniendo solo algunos parámetros ajustables. Esto permite aplicar el mismo esquema matemático a diferentes tipos de pescado sin necesidad de rediseñarlo completamente.

El modelo fue probado con varias especies, incluyendo diferentes tipos de caballa, y los resultados mostraron una coincidencia muy alta entre las predicciones y los datos reales. En algunos casos, los valores estimados se situaban dentro de un margen de error del 30 %, lo que se considera aceptable en aplicaciones industriales. 

Esta capacidad de generalización es clave para su adopción en la industria, ya que simplifica enormemente su implementación. En lugar de desarrollar un sistema distinto para cada producto, se podría utilizar una base común adaptable, lo que reduce costes y complejidad.

Hacia sensores inteligentes y control en tiempo real

El potencial del modelo no se limita al cálculo teórico. Uno de los objetivos más interesantes es su integración con tecnologías de monitorización en tiempo real, como sensores conectados a sistemas digitales.

En la actualidad, existen herramientas como la imagen hiperespectral o sensores químicos, capaces de detectar cambios en el pescado sin necesidad de destruir la muestra. Sin embargo, estas tecnologías suelen ofrecer información puntual, sin capacidad predictiva.

Al combinar estos sensores con el modelo matemático, sería posible crear sistemas que no solo midan el estado actual, sino que también calculen la vida útil restante del producto. Esto permitiría optimizar decisiones logísticas, como el transporte, el almacenamiento o la venta.

Además, esta integración encaja con el desarrollo de la llamada Internet de las Cosas (IoT), donde dispositivos conectados recopilan datos de forma continua. En este contexto, el modelo actuaría como el “cerebro” que interpreta esos datos y los convierte en información útil para la toma de decisiones.

Un cambio de enfoque en la gestión de alimentos perecederos

La aplicación de este tipo de modelos puede transformar la forma en que se gestionan los productos frescos. En lugar de basarse en fechas estimadas o inspecciones puntuales, se podría adoptar un enfoque dinámico basado en datos reales.

Esto tiene implicaciones directas en la reducción del desperdicio alimentario, uno de los grandes retos actuales. Si se conoce con mayor precisión la vida útil de un producto, es posible evitar tanto el descarte prematuro como el consumo de alimentos en mal estado.

También puede mejorar la transparencia hacia el consumidor, ofreciendo información más precisa sobre la calidad del producto. En un mercado cada vez más exigente, este tipo de avances puede marcar la diferencia.

En definitiva, el modelo no es solo una herramienta técnica, sino un ejemplo de cómo la ciencia puede aportar soluciones prácticas a problemas cotidianos. Convertir procesos invisibles en datos medibles y predecibles es un paso clave hacia sistemas alimentarios más eficientes y sostenibles.

Para los más atrevidos: la ecuación que mide la frescura

En el corazón de este modelo hay una idea central: la frescura del pescado puede expresarse con una fórmula matemática concreta que mide cuánto se ha degradado su tejido a nivel químico.

K(t) = (HxR + Hx) / (ATP + ADP + AMP + IMP + HxR + Hx) × 100

Esta ecuación define el llamado valor K, un indicador ampliamente utilizado en ciencia de los alimentos. Su lógica es sencilla: en el numerador aparecen los compuestos finales de degradación, asociados al deterioro, mientras que en el denominador está el total de moléculas derivadas del ATP, es decir, todo el sistema químico del músculo del pescado. 

El resultado es un porcentaje que actúa como un marcador del estado del alimento. Cuando el valor es bajo, significa que la mayor parte de las moléculas aún no se han degradado y el pescado está fresco. A medida que aumenta, indica que una fracción creciente del sistema ha pasado a fases asociadas al deterioro, como la formación de compuestos responsables de sabores amargos y olores desagradables.

Lo realmente interesante es que esta fórmula no funciona sola: está conectada con un modelo dinámico que describe cómo evolucionan esas cantidades con el tiempo. En concreto, el estudio modela la degradación como una cadena de reacciones de primer orden, en la que cada paso depende de la cantidad disponible en ese momento. Esto permite calcular no solo el valor K actual, sino también prever cómo cambiará en el futuro.

Además, el análisis del modelo revela un detalle clave: el parámetro que controla la conversión final hacia los compuestos de deterioro tiene un impacto mucho mayor en el resultado que las etapas iniciales. En otras palabras, el ritmo al que el pescado entra en su fase final de degradación es lo que realmente determina su frescura.

Este enfoque convierte una serie de procesos invisibles en una herramienta cuantitativa. La ecuación no es solo una forma de medir, sino una manera de entender y anticipar cómo evoluciona la calidad del pescado desde el momento en que se captura.

Referencias

  • Naoto Tsubouchi et al. Predictive model for estimating fish freshness based on adenosine triphosphate degradation in marine fish: Application to Atka mackerel (Pleurogrammus azonus). Journal of Food Engineering. https://doi.org/10.1016/j.jfoodeng.2026.112987.