
























Un nuevo estudio en Armenia reconstruye desde el espacio un paisaje hidráulico de hace casi 2.800 años y abre una nueva ventana para comprender cómo el reino de Urartu transformó el territorio mediante el control del agua.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante siglos, la historia de los grandes reinos del Próximo Oriente antiguo se ha contado a través de murallas ciclópeas, campañas militares y estelas grabadas en piedra. Pero hay otro tipo de conquista menos visible y, probablemente, más decisiva: la conquista del agua.
Eso es precisamente lo que parece emerger ahora en el oeste de Armenia, donde un grupo internacional de investigadores ha reconstruido un inmenso paisaje hidráulico alrededor de la antigua fortaleza de Argishtikhinili, uno de los principales centros del reino de Urartu. El trabajo, publicado en la revista Antiquity, no ha sacado a la luz un canal monumental ni una obra única comparable a un acueducto romano. Lo que ha revelado es algo más complejo y más sugerente: las huellas dispersas de un territorio entero organizado para conducir agua.
Tal y como indica el estudio dirigido por Nazarij Buławka, Krzysztof Jakubiak e Inessa Karapetyan, el análisis del terreno permitió identificar 1.019 kilómetros de estructuras relacionadas con la gestión del agua. Dentro de ese enorme conjunto aparecen 134,6 kilómetros de trazados que podrían corresponder a canales antiguos vinculados al periodo urartio.
La cifra impresiona, pero requiere contexto. No significa que haya aparecido una red continua de más de mil kilómetros construida por una sola civilización. En ese mapa conviven canales modernos, antiguos cauces fluviales abandonados, paleocanales y elementos del relieve moldeados por el agua durante siglos. Lo verdaderamente relevante es que parte de ese entramado parece concentrarse en torno a una ciudad fundada hace casi 2.800 años.
Y esa coincidencia obliga a volver a mirar a Urartu.
Urartu fue uno de los grandes poderes del primer milenio antes de nuestra era. Durante varios siglos compitió con Asiria por el control de amplias regiones entre Anatolia oriental, el Cáucaso y áreas próximas al actual Irán. Sin embargo, su historia sigue siendo mucho menos conocida que la de otros estados contemporáneos.
Uno de sus centros más importantes fue Argishtikhinili, fundada por el rey Argishti I durante su reinado entre los años 786 y 764 a.C. La ciudad se levantó en el valle del río Aras —también conocido como Araks—, una región que hoy parece naturalmente agrícola pero que en la Antigüedad escondía un problema fundamental: la disponibilidad de agua.
La fortaleza ocupaba una posición cuidadosamente elegida entre dos elevaciones naturales coronadas por ciudadelas. Una respondía a funciones políticas; la otra, religiosas. No era una elección casual. En el mundo urartio, controlar el espacio significaba también controlar los recursos.
Las fuentes escritas conocidas desde hace décadas ya apuntaban en esa dirección. Inscripciones vinculadas a la fundación de Argishtikhinili mencionaban la construcción de cinco canales destinados a abastecer la ciudad y alimentar campos, jardines y viñedos del entorno.
Hay un detalle especialmente revelador en esos textos antiguos: se describe que aquellas tierras habían permanecido improductivas antes de la llegada del poder urartio.

Durante mucho tiempo esa afirmación pudo interpretarse como una fórmula propagandística propia de los reyes conquistadores. Sin embargo, el nuevo estudio aporta un elemento inesperado. Las investigaciones arqueológicas realizadas hasta ahora no han encontrado evidencias claras de ocupación anterior en esa zona concreta, lo que encaja con la idea de que la escasez de agua limitaba el asentamiento humano.
Urartu no solo levantó fortalezas: primero tuvo que llevar el agua allí donde no existía.”“Antes de construir una ciudad, hubo que construir el paisaje.
Lo más llamativo del trabajo no es solo lo que ha encontrado, sino cómo lo ha hecho. En lugar de abrir zanjas durante kilómetros o excavar enormes extensiones agrícolas, los investigadores recurrieron a técnicas de teledetección y análisis del paisaje mediante imágenes satelitales y modelos digitales del terreno.
Tal y como ha revelado el estudio, una de las claves estuvo en combinar información obtenida en momentos históricos distintos.
Por un lado utilizaron imágenes recientes procedentes de satélites como Landsat 5 y Sentinel-1, capaces de detectar diferencias en vegetación, humedad y relieve. Por otro, recurrieron a un recurso extraordinario para la arqueología contemporánea: fotografías tomadas por satélites espía estadounidenses durante la Guerra Fría.
Los programas CORONA y GAMBIT capturaron imágenes del terreno armenio en los años sesenta y setenta, mucho antes de que la agricultura mecanizada y las infraestructuras modernas alteraran profundamente el paisaje.
Esas fotografías funcionan casi como una máquina del tiempo.
Canales rellenados, caminos desaparecidos o pequeñas elevaciones borradas por décadas de actividad agrícola siguen siendo visibles en registros obtenidos hace más de medio siglo.
Los investigadores también utilizaron modelos digitales de elevación capaces de detectar desniveles mínimos del terreno y aplicaron métodos que comparan el crecimiento estacional de la vegetación. En ocasiones, un antiguo canal enterrado conserva más humedad que el suelo circundante y genera diferencias apenas perceptibles desde tierra, pero evidentes desde el aire.
El resultado fue la elaboración de un mapa extremadamente detallado del comportamiento histórico del agua en el entorno de Argishtikhinili.

Los datos muestran un paisaje mucho más complejo de lo que podría parecer.
Del total identificado, aproximadamente 428,9 kilómetros corresponden a sistemas modernos de irrigación. Otros 419,6 kilómetros pertenecen a antiguos cauces de montaña o ramificaciones históricas del río Aras.
Además, el equipo localizó 36 kilómetros de paleocanales profundamente marcados en el relieve y 134,6 kilómetros clasificados como posibles canales antiguos.
Ese último grupo es el que concentra el interés arqueológico. Muchos de esos trazados presentan características difíciles de explicar únicamente por procesos naturales. Algunos muestran recorridos relativamente rectos o patrones compatibles con sistemas de distribución de agua.
También se detectaron alineaciones repetidas hacia el noreste, lo que podría sugerir conexiones con antiguos cursos secos o con estructuras mayores de captación desde el Aras.
Sin embargo, el estudio mantiene una prudencia poco habitual en titulares espectaculares. Los investigadores no afirman que todos esos canales sean urartios.
De hecho, recuerdan que la región siguió ocupada durante siglos después del colapso de Urartu hacia el 590 a.C. En época helenística, Armavir recuperó protagonismo y es probable que parte de las infraestructuras hidráulicas fueran restauradas o ampliadas. Más tarde llegaron nuevas transformaciones durante periodos posteriores e incluso durante la Edad Media.
En otras palabras: el paisaje actual sería el resultado de generaciones enteras reutilizando y adaptando sistemas anteriores.

Este hallazgo recuerda que las grandes civilizaciones también se construyeron con ingeniería invisible.
La gran aportación del estudio quizá no sea demostrar que Urartu construyó todos los canales visibles. Su valor está en mostrar algo diferente: que la fortaleza de Argishtikhinili no puede entenderse aislada del territorio que la rodeaba.
Las ciudades antiguas no eran solo murallas y palacios. Necesitaban producir alimentos, sostener población y asegurar recursos durante décadas. Para hacerlo, había que transformar el paisaje.
Eso convierte el hallazgo en una pieza importante para entender cómo funcionaban realmente los estados antiguos del Cáucaso. Controlar el agua significaba controlar la agricultura. Y controlar la agricultura suponía asegurar población, impuestos, capacidad militar y estabilidad política.
Todavía harán falta excavaciones, análisis sedimentológicos y nuevas campañas para fechar con precisión los canales detectados.
Pero bajo los campos actuales del valle del Aras empieza a aparecer una imagen distinta del pasado: no la de una fortaleza aislada en una llanura, sino la de una sociedad capaz de rediseñar el territorio para hacerlo producir allí donde la naturaleza, por sí sola, no bastaba.
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