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Satélites de la Guerra Fría sacan a la luz una inmensa re...
Christian Pérez · 2026-06-02 · via Muy Interesante

Un análisis que combina satélites modernos, imágenes de la Guerra Fría y arqueología del paisaje ha revelado las huellas de una infraestructura que pudo transformar tierras improductivas en uno de los centros más importantes del reino de Urartu.

Una investigación ha sacado a la luz un vasto sistema de gestión del agua en el entorno de la antigua fortaleza de Argishtikhinili, en Armenia
Una investigación ha sacado a la luz un vasto sistema de gestión del agua en el entorno de la antigua fortaleza de Argishtikhinili, en Armenia. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Christian Pérez

Redactor especializado en divulgación científica e histórica

Creado: Actualizado:

Durante siglos, la historia de los grandes reinos del Próximo Oriente antiguo se ha contado a través de murallas ciclópeas, campañas militares y estelas grabadas en piedra. Pero hay otro tipo de conquista menos visible y, probablemente, más decisiva: la conquista del agua.

Eso es precisamente lo que parece emerger ahora en el oeste de Armenia, donde un grupo internacional de investigadores ha reconstruido un inmenso paisaje hidráulico alrededor de la antigua fortaleza de Argishtikhinili, uno de los principales centros del reino de Urartu. El trabajo, publicado en la revista Antiquity, no ha sacado a la luz un canal monumental ni una obra única comparable a un acueducto romano. Lo que ha revelado es algo más complejo y más sugerente: las huellas dispersas de un territorio entero organizado para conducir agua.

Los investigadores Nazarij Buławka, Krzysztof Jakubiak e Inessa Karapetyan han reconstruido un paisaje hidráulico de dimensiones extraordinarias en torno a Argishtikhinili. Gracias al análisis combinado de imágenes satelitales, modelos digitales del terreno y fotografías históricas, el equipo logró documentar más de 1.019 kilómetros de elementos relacionados con el movimiento y aprovechamiento del agua. Entre ellos destacan 134,6 kilómetros de trazados que podrían corresponder a antiguos canales construidos durante la época de Urartu.

A primera vista, la cifra parece apuntar a una gigantesca obra de ingeniería desarrollada por una sola civilización. Sin embargo, la realidad es más compleja. El mapa elaborado por los investigadores reúne infraestructuras modernas de irrigación, antiguos cauces del río Aras, paleocanales y otras huellas dejadas por el agua a lo largo de siglos de transformaciones naturales y humanas. Lo más significativo es que una parte importante de estas estructuras se concentra alrededor de Argishtikhinili, una ciudad fundada en el siglo VIII a.C., lo que refuerza la idea de que el control del agua desempeñó un papel esencial en su desarrollo.

Ese hallazgo vuelve a poner el foco sobre una de las grandes potencias olvidadas de la Antigüedad: el reino de Urartu.

El reino que convirtió el agua en una herramienta de poder

Entre los siglos IX y VI a.C., Urartu se consolidó como uno de los principales estados del Próximo Oriente. Desde sus fortalezas distribuidas entre Anatolia oriental, el Cáucaso y las regiones cercanas al actual Irán, sus gobernantes rivalizaron con el poderoso Imperio asirio por el dominio de rutas, territorios y recursos estratégicos.

Uno de los proyectos más ambiciosos de aquella expansión fue Argishtikhinili, una ciudad fundada por el rey Argishti I en el valle del río Aras. Aunque hoy la zona aparece como una amplia llanura agrícola, hace casi tres milenios presentaba un desafío crucial para cualquier asentamiento humano: garantizar un suministro constante de agua.

La fortaleza fue levantada entre dos elevaciones naturales coronadas por ciudadelas, una vinculada al poder político y otra a funciones religiosas. Su ubicación permitía controlar el territorio circundante, pero también organizar la explotación de los recursos necesarios para sostener una población estable.

Las inscripciones conservadas desde la época de su fundación ya sugerían la importancia de esa estrategia. En ellas se menciona la construcción de cinco canales destinados a llevar agua a la ciudad y a las tierras de cultivo que la rodeaban, incluyendo huertos, viñedos y campos agrícolas.

Hay además un detalle que resulta especialmente revelador. Los textos señalan que antes de la llegada de los urartios aquellas tierras permanecían sin explotar. Más allá de la retórica habitual de los monarcas antiguos, la ausencia de evidencias arqueológicas de asentamientos anteriores en la zona parece respaldar la idea de que la disponibilidad de agua fue un factor decisivo para transformar aquel paisaje y convertirlo en uno de los centros más importantes del reino.

Ubicación del área analizada
Ubicación del área analizada. Fuente: N. Buławka

Durante mucho tiempo esa afirmación pudo interpretarse como una fórmula propagandística propia de los reyes conquistadores. Sin embargo, el nuevo estudio aporta un elemento inesperado. Las investigaciones arqueológicas realizadas hasta ahora no han encontrado evidencias claras de ocupación anterior en esa zona concreta, lo que encaja con la idea de que la escasez de agua limitaba el asentamiento humano.

Urartu no solo levantó fortalezas: primero tuvo que llevar el agua allí donde no existía.”“Antes de construir una ciudad, hubo que construir el paisaje.

Cuando los satélites espía se convierten en herramientas arqueológicas

Tan interesante como el hallazgo es el método que permitió realizarlo. En lugar de depender exclusivamente de excavaciones sobre el terreno, los investigadores optaron por reconstruir el paisaje antiguo desde el aire, combinando distintas tecnologías de observación remota capaces de detectar señales invisibles para el ojo humano.

La clave estuvo en superponer información obtenida a lo largo de varias décadas. De esta forma, los arqueólogos pudieron comparar el aspecto actual de la región con el que presentaba antes de las profundas transformaciones agrícolas y urbanísticas del siglo XX.

Para ello recurrieron a imágenes modernas obtenidas por satélites como Landsat 5 y Sentinel-1, herramientas capaces de registrar variaciones en la humedad del suelo, la cobertura vegetal o las formas del relieve. Sin embargo, una de las fuentes más valiosas procedía de un contexto completamente distinto: la Guerra Fría.

Los investigadores analizaron fotografías captadas por los programas estadounidenses CORONA y GAMBIT, desarrollados originalmente con fines de reconocimiento estratégico. Décadas después de su desclasificación, esas imágenes se han convertido en una auténtica mina de información para la arqueología, ya que muestran paisajes anteriores a la expansión de la agricultura mecanizada y a la construcción de numerosas infraestructuras modernas.

Gracias a esos archivos históricos, fue posible identificar rastros que hoy han desaparecido o apenas son perceptibles sobre el terreno. Antiguos cauces, trazados lineales y pequeñas irregularidades del relieve quedaron registrados antes de que el paso del tiempo y la actividad humana los borraran parcialmente.

El equipo también empleó modelos digitales de elevación de alta resolución para detectar desniveles mínimos y técnicas que analizan el comportamiento de la vegetación a lo largo de diferentes estaciones del año. En ocasiones, una estructura enterrada altera ligeramente la humedad del subsuelo, provocando que las plantas crezcan de forma diferente respecto a las áreas circundantes. Desde tierra esos contrastes suelen pasar desapercibidos, pero desde el espacio pueden convertirse en una pista arqueológica de enorme valor.

La combinación de todas estas herramientas permitió reconstruir con gran detalle la compleja relación entre el agua y el territorio en torno a Argishtikhinili, revelando un paisaje moldeado durante siglos por procesos naturales y por la intervención humana.

Vista de Argishtikhinili desde el lado norte
Vista de Argishtikhinili desde el lado norte. Foto: K. Jakubiak

Un paisaje moldeado por el agua durante siglos

Las cifras del estudio son llamativas, pero detrás de ellas se esconde una realidad mucho más compleja que la simple identificación de una antigua red de canales.

El mapa elaborado por los investigadores reúne vestigios de distintas épocas y naturalezas. Una parte importante corresponde a infraestructuras de irrigación todavía visibles en la actualidad, que suman cerca de 429 kilómetros. A ello se añaden más de 419 kilómetros asociados a antiguos cauces de montaña y a brazos históricos del río Aras que, en muchos casos, ya no transportan agua.

Junto a estos elementos, el equipo identificó unos 36 kilómetros de paleocanales profundamente marcados en el terreno y, lo que resulta más relevante desde el punto de vista arqueológico, 134,6 kilómetros de trazados que podrían corresponder a antiguas obras hidráulicas construidas por el ser humano.

Es precisamente este último conjunto el que ha despertado el interés de los especialistas. Algunos de estos recorridos presentan formas y orientaciones difíciles de atribuir exclusivamente a procesos naturales. En varios casos aparecen alineaciones relativamente rectas o patrones que recuerdan a sistemas diseñados para conducir y distribuir agua hacia zonas de cultivo.

Los investigadores también observaron una tendencia repetida en muchas de estas estructuras, orientadas hacia el noreste. Este detalle podría indicar conexiones con antiguos cauces hoy secos o incluso con infraestructuras mayores destinadas a captar agua del Aras y redistribuirla por la llanura.

Sin embargo, los autores del estudio insisten en actuar con cautela. Aunque la concentración de estas estructuras alrededor de Argishtikhinili resulta sugerente, todavía no es posible afirmar que todos los canales identificados fueran construidos durante el periodo urartio.

La razón es sencilla: el paisaje nunca permaneció inmóvil. Tras la desaparición del reino de Urartu a finales del siglo VI a.C., la región siguió siendo ocupada y explotada durante generaciones. Durante la época helenística, cuando Armavir se convirtió en uno de los principales centros de la zona, parte de las infraestructuras hidráulicas pudo ser reparada, ampliada o reutilizada. A ello se suman intervenciones posteriores que continuaron transformando el territorio durante siglos.

Lo que muestran los datos, por tanto, no es la fotografía congelada de un único momento histórico, sino la huella acumulada de múltiples comunidades que aprovecharon, modificaron y adaptaron los sistemas de gestión del agua heredados de sus predecesores. Cada canal, cada cauce abandonado y cada leve elevación del terreno forman parte de una historia mucho más larga: la de una llanura cuya prosperidad dependió durante milenios de la capacidad humana para controlar el agua.

Vista del monte Ararat y de la llanura de Ararat desde Argishtikhinili
Vista del monte Ararat y de la llanura de Ararat desde Argishtikhinili. Foto: K. Jakubiak

Este hallazgo recuerda que las grandes civilizaciones también se construyeron con ingeniería invisible.

Mucho más que una fortaleza

La gran aportación del estudio quizá no sea demostrar que Urartu construyó todos los canales visibles. Su valor está en mostrar algo diferente: que la fortaleza de Argishtikhinili no puede entenderse aislada del territorio que la rodeaba.

Las ciudades antiguas no eran solo murallas y palacios. Necesitaban producir alimentos, sostener población y asegurar recursos durante décadas. Para hacerlo, había que transformar el paisaje.

Eso convierte el hallazgo en una pieza importante para entender cómo funcionaban realmente los estados antiguos del Cáucaso. Controlar el agua significaba controlar la agricultura. Y controlar la agricultura suponía asegurar población, impuestos, capacidad militar y estabilidad política.

Todavía harán falta excavaciones, análisis sedimentológicos y nuevas campañas para fechar con precisión los canales detectados.

Pero bajo los campos actuales del valle del Aras empieza a aparecer una imagen distinta del pasado: no la de una fortaleza aislada en una llanura, sino la de una sociedad capaz de rediseñar el territorio para hacerlo producir allí donde la naturaleza, por sí sola, no bastaba.

Referencias

  • Buławka, N., Jakubiak, K., & Karapetyan, I. (2026). The water management around the Urartian fortress of Argishtikhinili, Armenia. Antiquity, 1–8. doi:10.15184/aqy.2026.10344