























Un equipo de investigadores ha conseguido cartografiar centímetro a centímetro una misteriosa estructura sumergida en Escocia utilizando un sistema capaz de “ver” donde la arqueología submarina apenas podía trabajar.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Las aguas tranquilas de los lagos escoceses esconden desde hace siglos algunos de los yacimientos más desconcertantes de Europa. A simple vista parecen pequeñas islas cubiertas de piedra y vegetación, pero bajo esa apariencia se oculta una historia mucho más compleja. Algunas de estas estructuras fueron levantadas por comunidades prehistóricas miles de años antes de la construcción de monumentos tan célebres como Stonehenge.
El problema es que estudiarlas nunca ha sido sencillo. La arqueología terrestre pierde eficacia justo en la línea donde empieza el agua, mientras que los equipos submarinos tradicionales apenas funcionan en profundidades muy reducidas. Ese espacio intermedio, de menos de un metro de profundidad, es conocido entre los especialistas como la “franja blanca”: una zona extremadamente difícil de documentar y, al mismo tiempo, llena de restos arqueológicos.
Ahora, un equipo de la Universidad de Southampton y la Universidad de Reading ha logrado superar ese obstáculo gracias a una técnica experimental desarrollada en el lago Loch Bhorgastail, en la isla de Lewis. Tal y como ha revelado el estudio publicado en Advances in Archaeological Practice, los investigadores han conseguido registrar por primera vez una estructura arqueológica completa —por encima y por debajo del agua— como un único conjunto tridimensional.
El avance no es únicamente tecnológico. También ha permitido descubrir que la pequeña isla visible hoy en el lago esconde una gigantesca construcción de madera levantada hace más de 5.000 años.
Los arqueólogos llevan décadas intentando resolver una cuestión aparentemente sencilla: cómo documentar con precisión lugares que están parcialmente sumergidos. Las cámaras submarinas suelen funcionar bien en aguas profundas y tranquilas, pero en zonas muy someras aparecen numerosos problemas.
La luz se refleja en la superficie, las plantas acuáticas se mueven constantemente, los sedimentos enturbian la imagen y las pequeñas olas alteran la estabilidad de las cámaras. Tal y como indican los autores de la investigación, incluso la fotogrametría aérea mediante drones pierde precisión cuando el agua supera aproximadamente un metro de profundidad.
En Loch Bhorgastail, además, las condiciones eran especialmente complejas. El fondo estaba cubierto por sedimentos finos y restos vegetales, mientras que la propia estructura arqueológica aparecía parcialmente enterrada bajo capas de piedra y limo acumuladas durante milenios.

Para resolverlo, los investigadores diseñaron un sistema poco habitual: dos pequeñas cámaras acuáticas fijadas sobre una estructura rígida y separadas exactamente 29 centímetros. Esa configuración permitía generar imágenes estereoscópicas extremadamente precisas incluso en condiciones de poca visibilidad.
Los arqueólogos desplazaban lentamente el dispositivo bajo el agua mientras un sistema de control topográfico registraba la posición exacta de cada captura con precisión centimétrica. Después, miles de fotografías eran unidas mediante software especializado para reconstruir el yacimiento completo en 3D.
El resultado fue mucho más revelador de lo esperado.
Lo más sorprendente no fue encontrar madera bajo la isla, sino descubrir que toda la estructura descansaba sobre una gigantesca plataforma construida hace más de 5.000 años.
Durante años, los investigadores sabían que bajo el islote existían algunos restos de madera, pero creían que se trataba de elementos aislados utilizados para reforzar la construcción. La excavación demostró algo completamente distinto.
Tal y como ha adelantado el equipo de Southampton, toda la isla descansa en realidad sobre una gigantesca plataforma circular de madera de unos 23 metros de diámetro. Sobre esa base se colocaron capas de ramas, troncos y posteriormente enormes cantidades de piedra.
La estructura original fue construida entre el 3800 y el 3300 a.C., en pleno Neolítico. Eso significa que este crannog —nombre que reciben estas islas artificiales escocesas— es anterior a muchas de las grandes construcciones monumentales de Europa occidental.

Los trabajos arqueológicos revelaron además que la isla no fue un proyecto aislado. Aproximadamente 2.000 años después, durante la Edad del Bronce, se añadieron nuevas capas de madera y piedra. Más tarde, en la Edad del Hierro, el lugar volvió a ser reutilizado.
Bajo las aguas del lago apareció también una antigua calzada de piedra que conectaba la isla con la orilla. En torno a ella, los arqueólogos recuperaron cientos de fragmentos de cerámica neolítica pertenecientes a cuencos y recipientes utilizados posiblemente en reuniones comunales o rituales.
La cantidad de trabajo necesaria para construir estas islas sugiere comunidades mucho más organizadas y complejas de lo que se pensaba para el Neolítico.
La gran pregunta continúa siendo por qué aquellas comunidades dedicaron semejante esfuerzo a construir islas artificiales en medio de lagos. Transportar toneladas de piedra y enormes troncos hasta el agua habría requerido una organización social muy compleja para una época tan temprana.
Algunos investigadores creen que estos lugares pudieron utilizarse para ceremonias, banquetes colectivos o encuentros de prestigio. Otros sugieren que actuaban como símbolos territoriales visibles desde grandes distancias.

Lo que sí parece claro es que estas estructuras tenían un enorme valor para quienes las levantaron. Tal y como recoge el estudio, la cantidad de trabajo invertido y la larga reutilización del lugar durante milenios indican que no eran simples asentamientos domésticos.
El descubrimiento también supone un avance importante para la arqueología subacuática. La nueva metodología desarrollada en Escocia podría aplicarse en costas, humedales y lagos de todo el mundo donde hasta ahora era extremadamente difícil trabajar con precisión.
Gracias a esta técnica, los investigadores han conseguido algo que parecía casi imposible: unir en un mismo modelo digital la parte visible y la parte sumergida de un yacimiento prehistórico. Y, bajo las tranquilas aguas de un lago escocés, ha emergido una de las construcciones humanas más sorprendentes del Neolítico europeo.
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