



















Mucho después del abandono de las grandes ciudades mayas, grupos de peregrinos siguieron regresando a antiguos centros ceremoniales para rendir culto a monumentos que conservaban un profundo significado sagrado.
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante décadas, los arqueólogos han intentado comprender qué ocurrió realmente después del llamado colapso de la civilización maya clásica. Las grandes ciudades de piedra fueron abandonadas progresivamente entre los siglos VIII y IX, los gobernantes desaparecieron y muchos centros urbanos quedaron vacíos. Sin embargo, el silencio nunca fue absoluto. Ahora, una investigación desarrollada en dos yacimientos del noroeste de Belice ha aportado nuevas pruebas de que aquellos lugares continuaron siendo visitados durante siglos por comunidades que mantenían viva la memoria de sus antepasados.
Tal y como ha revelado un estudio publicado en la revista Latin American Antiquity, los arqueólogos han identificado en los sitios de Kaxil Uinik y Ayiin Winik evidencias de actividades rituales realizadas durante el Posclásico Tardío, varios siglos después de que las ciudades hubieran dejado de estar habitadas de forma permanente. Entre los hallazgos destaca especialmente un pequeño altar de piedra que constituye el primero de este periodo documentado hasta ahora en esta región de Belice.
El descubrimiento ofrece una ventana excepcional a una etapa todavía poco conocida de la historia maya. Tradicionalmente, la atención de los investigadores se ha centrado en el esplendor de las grandes ciudades clásicas, con sus pirámides, palacios y monumentales estelas esculpidas. Sin embargo, la vida de los mayas no terminó con la caída de aquellos reinos. Las nuevas evidencias muestran que las generaciones posteriores continuaron regresando a esos lugares para celebrar ceremonias, depositar ofrendas y reinterpretar símbolos del pasado.
Los investigadores consideran que estos hallazgos encajan en un fenómeno mucho más amplio observado en distintas zonas de las tierras bajas mayas. Tras el abandono de numerosos centros urbanos, algunos espacios siguieron siendo considerados sagrados. Los antiguos monumentos permanecieron en el paisaje como recordatorios visibles de un pasado prestigioso y, con el tiempo, se transformaron en lugares de peregrinación.
La historia comienza en Kaxil Uinik, un pequeño centro maya situado a unos dos kilómetros del conocido yacimiento de Chan Chich. Allí existe una estela fragmentada que ya había sido registrada por el arqueólogo J. Eric S. Thompson en la década de 1930.
Cuando los investigadores revisaron el monumento décadas después, detectaron algo llamativo. Alrededor de la estela aparecieron fragmentos de incensarios pertenecientes al tipo cerámico conocido como Chen Mul, característico del Posclásico Tardío. Entre ellos destacaba una pieza modelada con rasgos faciales muy realistas.
Pero la cerámica no era el único indicio. El análisis detallado de la posición de los fragmentos de la estela permitió determinar que alguien había recolocado deliberadamente una de sus partes. La orientación de la pieza y la distribución de las ofrendas sugieren que visitantes posteriores al abandono del asentamiento manipularon el monumento para integrarlo en nuevas ceremonias rituales.
Este comportamiento no era casual. Durante siglos, las estelas habían representado el poder de los gobernantes mayas. Al reutilizarlas en contextos ceremoniales diferentes, las comunidades posteriores no solo preservaban esos símbolos, sino que les otorgaban nuevos significados.
La práctica de depositar incensarios y ofrendas votivas junto a monumentos antiguos ya había sido documentada en otros enclaves de Belice. Sin embargo, los hallazgos de Kaxil Uinik proporcionan una evidencia especialmente clara de cómo estos rituales continuaron formando parte de la vida religiosa maya mucho tiempo después de la desaparición de los antiguos reinos.

El altar de Ayiin Winik fue construido siglos después del abandono de la ciudad. Los arqueólogos creen que formó parte de ceremonias realizadas por peregrinos mayas que regresaban a venerar antiguos lugares sagrados.
La sorpresa más importante apareció en Ayiin Winik, un asentamiento de mayores dimensiones caracterizado por una amplia plaza ceremonial y una arquitectura monumental que incluye una singular cancha de juego de pelota doble.
En la denominada Acrópolis Sur del yacimiento, los arqueólogos localizaron una pequeña acumulación de bloques de piedra caliza situada cerca de otra estela fragmentada. Inicialmente pensaron que se trataba simplemente de restos arquitectónicos dispersos. Sin embargo, la excavación reveló una realidad muy distinta.
Los bloques habían sido colocados de forma intencionada formando una estructura circular de aproximadamente 1,25 metros de diámetro. Además, alrededor y sobre ella aparecieron numerosos fragmentos de incensarios Chen Mul asociados al Posclásico Tardío.
La disposición de los materiales llevó a los investigadores a interpretar la estructura como un altar ritual construido siglos después del abandono de la ciudad. Se trata de una construcción modesta, muy diferente de los grandes altares ceremoniales de épocas anteriores, pero precisamente esa sencillez resulta significativa.
A diferencia de los monumentos clásicos tallados por artesanos especializados, este altar fue levantado reutilizando piedras procedentes de edificios cercanos. Todo indica que quienes lo construyeron aprovecharon los materiales disponibles para crear un espacio ceremonial vinculado a la memoria del lugar.
La ubicación tampoco parece casual. Los investigadores comprobaron que la parte vertical de la estela cercana había sido recolocada para quedar orientada directamente hacia el altar. De este modo, monumento y estructura formaban un único escenario ritual creado expresamente para las ceremonias del Posclásico.

Durante mucho tiempo, la imagen popular del colapso maya ha estado asociada a ciudades abandonadas y selvas que engulleron lentamente templos y palacios. La realidad, sin embargo, parece haber sido mucho más compleja.
Tal y como indica el estudio, el derrumbe de las estructuras políticas clásicas no implicó la desaparición de las creencias religiosas ni de la memoria colectiva. Aunque las formas de gobierno cambiaron profundamente entre los siglos X y XVI, muchas prácticas espirituales sobrevivieron.
Las peregrinaciones a lugares antiguos constituyen una de las mejores pruebas de esa continuidad. En distintos puntos de las tierras bajas mayas se han encontrado evidencias de visitantes que acudían a antiguos centros ceremoniales para depositar ofrendas, quemar incienso o reutilizar monumentos históricos.
Estos rituales permitían mantener un vínculo con los ancestros y con los espacios considerados fundacionales para la identidad de las comunidades. Los monumentos clásicos seguían siendo símbolos poderosos incluso siglos después de haber perdido su función original.
En este contexto, el altar de Ayiin Winik adquiere una relevancia extraordinaria. No solo confirma la existencia de estas peregrinaciones en el noroeste de Belice, sino que también demuestra que algunos grupos llegaron a modificar activamente el paisaje arqueológico para adaptarlo a sus nuevas necesidades rituales.

Junto a un fragmento recolocado de la Estela 1, este altar demuestra que las antiguas ciudades mayas continuaron siendo espacios de culto y memoria colectiva mucho tiempo después de su declive político.
A pesar de la importancia del descubrimiento, los investigadores reconocen que aún quedan numerosas preguntas abiertas. La cronología del Posclásico en esta región sigue siendo difícil de precisar, ya que gran parte de las dataciones dependen del estudio comparativo de la cerámica.
Por ello, futuras investigaciones deberán determinar con mayor exactitud cuándo se realizaron estas visitas y quiénes eran exactamente los peregrinos que regresaban a estos antiguos centros ceremoniales.
También queda por esclarecer si existían rutas de peregrinación organizadas entre distintos sitios mayas abandonados y hasta qué punto estas prácticas estuvieron relacionadas con los profundos cambios políticos y sociales que vivió la región durante los siglos previos a la llegada de los europeos.
Lo que parece cada vez más evidente es que las ciudades mayas nunca fueron completamente olvidadas. Aunque sus plazas dejaron de albergar gobernantes y sus palacios quedaron vacíos, siguieron ocupando un lugar central en la memoria colectiva de generaciones posteriores. El pequeño altar descubierto en Ayiin Winik constituye una prueba tangible de esa conexión con el pasado, una muestra de cómo la historia, la religión y la identidad continuaron entrelazándose mucho después del final de una de las civilizaciones más fascinantes de América.
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