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Un estudio de ADN antiguo en 54 recién nacidos muestra qu...
Christian Pérez · 2026-06-14 · via Muy Interesante

Un análisis genético de recién nacidos enterrados hace entre 2.700 y 2.100 años muestra que los pueblos ibéricos del noreste peninsular cambiaron mucho menos de lo que sugerían siglos de contactos con fenicios, griegos y cartagineses.

Un estudio genético revela que las comunidades ibéricas conservaron una notable continuidad biológica durante seis siglos antes de la llegada de Roma
Un estudio genético revela que las comunidades ibéricas conservaron una notable continuidad biológica durante seis siglos antes de la llegada de Roma. Recreación fantasiosa. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Christian Pérez

Redactor especializado en divulgación científica e histórica

Creado: Actualizado:

La historia de los iberos suele contarse como la de una cultura profundamente conectada con el Mediterráneo. Sus asentamientos comerciaban con fenicios, recibían productos griegos y, más tarde, convivieron con la creciente influencia cartaginesa. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz ánforas, cerámicas, joyas y objetos procedentes de lugares muy alejados de la costa oriental de la península ibérica. Sin embargo, una nueva investigación genética acaba de introducir un importante matiz en ese relato: los intercambios culturales fueron intensos, pero su impacto biológico fue mucho menor de lo que se pensaba.

Un equipo internacional liderado por investigadores de la Universitat Autònoma de Barcelona ha reconstruido la evolución genética de comunidades ibéricas del noreste peninsular a lo largo de aproximadamente seis siglos. El estudio, publicado en la revista iScience, se ha basado en el análisis de los restos de 54 recién nacidos hallados en tres importantes yacimientos arqueológicos de la actual Cataluña, una fuente excepcional de información debido a que los iberos practicaban mayoritariamente la cremación de sus difuntos adultos.

Los resultados ofrecen una imagen mucho más estable de estas poblaciones de lo que los especialistas habían imaginado. Lejos de mostrar grandes sustituciones demográficas o la llegada de grupos numerosos procedentes de otros territorios mediterráneos, los datos apuntan a una continuidad genética notable desde la Edad del Bronce hasta la conquista romana.

Se trata de una conclusión especialmente relevante porque aborda uno de los grandes debates sobre el origen de la cultura ibérica. Durante décadas, algunos investigadores plantearon la posibilidad de que los cambios sociales, políticos y económicos observados durante la Edad del Hierro estuvieran relacionados con movimientos de población significativos. El ADN antiguo sugiere ahora una historia diferente.

Una cultura nueva, pero con la misma población

Los investigadores estudiaron individuos procedentes de tres enclaves arqueológicos que permiten seguir la evolución de las comunidades ibéricas durante varios siglos. El primero es Els Vilars de Arbeca, en Lleida, asociado tradicionalmente a los ilergetes y fundamental para comprender la transición entre la Edad del Bronce y la Edad del Hierro. El segundo corresponde a Sant Miquel d'Olèrdola, en el Penedès, vinculado a los cosetanos. El tercero es El Camp de les Lloses, en Tona, un asentamiento que refleja ya el impacto de la expansión romana.

Gracias a estas muestras, los científicos pudieron observar cómo evolucionó la composición genética de las poblaciones locales entre aproximadamente el año 775 a.C. y los inicios de nuestra era.

La sorpresa llegó al comprobar que la inmensa mayoría de los individuos compartían el mismo sustrato genético básico. Sus ancestros procedían de las grandes corrientes poblacionales que habían configurado la península ibérica durante milenios: los cazadores-recolectores occidentales, los agricultores llegados desde Anatolia durante el Neolítico y los grupos de ascendencia esteparia vinculados a las migraciones procedentes de las regiones al norte del mar Negro durante la Edad del Bronce.

En otras palabras, los iberos no surgieron porque una nueva población llegara masivamente desde el exterior. La cultura ibérica parece haber sido el resultado de una transformación social desarrollada principalmente por comunidades locales que ya habitaban la región.

Este hallazgo encaja además con algunas interpretaciones arqueológicas que defendían una evolución interna hacia formas de organización cada vez más complejas y jerarquizadas, sin necesidad de recurrir a grandes movimientos migratorios para explicar esos cambios.

Restos de uno de los recién nacidos hallados en el yacimiento ibérico de Els Vilars (Arbeca, Lleida) y analizados durante la investigación
Restos de uno de los recién nacidos hallados en el yacimiento ibérico de Els Vilars (Arbeca, Lleida) y analizados durante la investigación. Fuente: ARQHISTEC-GIP / Daniel R. Cuesta-Aguirre et al, iScience (2026)

Tal y como revela el estudio, la aparición de la cultura ibérica no estuvo acompañada de una sustitución masiva de la población local, sino de un proceso de transformación cultural desarrollado sobre una base genética que ya estaba presente en la región desde la Edad del Bronce.

Fenicios, griegos y cartagineses dejaron huella, pero limitada

La investigación no niega la existencia de contactos con otras culturas mediterráneas. De hecho, los detecta con claridad. Lo que cambia es la magnitud de esos intercambios desde el punto de vista biológico.

Durante siglos, los puertos y asentamientos del litoral oriental peninsular mantuvieron relaciones comerciales con fenicios, griegos y cartagineses. Los objetos recuperados en las excavaciones demuestran que aquellas conexiones eran reales y constantes. Sin embargo, el ADN indica que la llegada de personas procedentes de esas regiones fue relativamente reducida.

Algunos individuos analizados presentan señales genéticas compatibles con ancestros del Mediterráneo oriental o del norte de África. Son casos concretos, no transformaciones masivas de la población.

Uno de los ejemplos más interesantes procede de Sant Miquel d'Olèrdola. Allí apareció un recién nacido portador de un linaje mitocondrial poco habitual en la península ibérica y relacionado con poblaciones norteafricanas. Los autores consideran que podría reflejar contactos familiares con comunidades vinculadas al mundo púnico o cartaginés.

La propia localización del asentamiento ayuda a comprender este fenómeno. A diferencia de otros enclaves situados en el interior, Olèrdola mantenía conexiones relativamente directas con la costa mediterránea y con las rutas comerciales que recorrían la región. Eso facilitaba una mayor circulación de personas junto al intercambio de mercancías.

Aun así, el balance general es claro: las influencias externas existieron, pero fueron graduales y limitadas. La identidad genética de las poblaciones ibéricas permaneció notablemente estable durante generaciones.

Los recién nacidos que ayudaron a reconstruir una civilización

Uno de los aspectos más llamativos de la investigación es la naturaleza de las muestras utilizadas.

La cremación era el principal rito funerario de los iberos. Como consecuencia, los restos humanos aptos para análisis genéticos son extraordinariamente escasos. Los recién nacidos enterrados bajo viviendas y espacios productivos constituyen una excepción excepcionalmente valiosa para los especialistas.

Los investigadores analizaron 54 individuos infantiles. En 22 de ellos lograron recuperar suficientes datos genómicos para realizar estudios detallados, mientras que en otros nueve pudieron reconstruir el ADN mitocondrial heredado por vía materna.

Este material ha permitido no solo estudiar la composición genética de las comunidades, sino también explorar sus relaciones familiares.

Los resultados ofrecieron algunas sorpresas. En Els Vilars no se identificaron parentescos cercanos entre los individuos estudiados. En Sant Miquel d'Olèrdola, dos bebés enterrados juntos habían sido considerados durante años posibles gemelos por la peculiar disposición de sus esqueletos. El análisis genético descartó completamente esa hipótesis: no eran gemelos ni tampoco familiares cercanos.

Por el contrario, en El Camp de les Lloses sí aparecieron vínculos familiares directos. Los científicos identificaron una pareja de hermanas y varios individuos relacionados en segundo grado, proporcionando una rara ventana a la estructura familiar de estas comunidades de hace más de dos mil años.

Principales movimientos de población en el Mediterráneo durante la Edad del Hierro (750-250 a. C.) y su impacto en la península ibérica
Principales movimientos de población en el Mediterráneo durante la Edad del Hierro (750-250 a. C.) y su impacto en la península ibérica. Fuente: ARQHISTEC-GIP / Daniel R. Cuesta-Aguirre et al, iScience (2026)

Aunque las excavaciones han documentado abundantes objetos fenicios, griegos y cartagineses en los asentamientos ibéricos, la huella genética de estos contactos parece haber sido mucho más limitada que su influencia cultural y comercial.

Roma cambió el panorama

La verdadera transformación genética comenzó con la llegada de Roma. Los datos procedentes de El Camp de les Lloses muestran una población más diversa que la observada en los siglos anteriores. El asentamiento, vinculado a actividades logísticas y productivas relacionadas con la presencia romana, refleja un escenario mucho más abierto a la circulación de personas.

En este contexto aparecen con mayor frecuencia señales genéticas asociadas al Mediterráneo y al norte de África. Algunas de estas influencias pudieron llegar directamente a través de Roma. Otras quizá procedían de las redes comerciales heredadas del mundo púnico o de contactos con territorios como las Baleares.

Lo importante es que la diversidad aumenta precisamente cuando el poder romano se consolida en la región. La genética confirma así una transformación que los arqueólogos ya intuían a través de la arquitectura, la cerámica, las monedas y otros materiales hallados en los yacimientos.

Sin embargo, incluso entonces, el legado de los antiguos iberos no desapareció. La población romanizada conservó una fuerte base genética local, sobre la que se fueron incorporando nuevas aportaciones procedentes de distintos rincones del Mediterráneo.

La historia que emerge de este estudio es, por tanto, menos espectacular que una invasión o una sustitución de poblaciones, pero probablemente más cercana a la realidad. Durante siglos, los iberos del noreste peninsular comerciaron, intercambiaron ideas y adoptaron innovaciones llegadas de otros pueblos. Su cultura cambió profundamente, pero su ADN permaneció sorprendentemente estable. Solo con la llegada de Roma comenzó una nueva etapa en la que las fronteras biológicas se volvieron más permeables y la diversidad genética aumentó de forma visible.

Lejos de los grandes reemplazos demográficos, la investigación muestra que la historia humana suele construirse mediante procesos lentos, contactos continuos y pequeñas incorporaciones acumuladas durante generaciones. Una lección que, en este caso, ha quedado escrita en el ADN de unos recién nacidos enterrados hace más de dos mil años.

Referencias

  • Daniel R. Cuesta-Aguirre et al, The genetic landscape of northeastern Iberian communities from the early to late Iron Age, iScience (2026). DOI: 10.1016/j.isci.2026.116186