
























Durante más de dos años desconcertó a los científicos. El análisis genético reveló que no era un huevo ni una nueva especie, sino la base desprendida de una extraña anémona de aguas profundas.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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En agosto de 2023, una inmersión del buque oceanográfico Okeanos Explorer detectó algo que no encajaba con nada conocido: una masa redondeada, brillante, dorada y adherida a una roca a más de 3.250 metros de profundidad. Tenía unos 10 centímetros de diámetro, una pequeña abertura rasgada y el aspecto de un objeto salido de una película de ciencia ficción.
La imagen recorrió medios de todo el mundo. En plena era de la exploración remota, incluso científicos acostumbrados a ver criaturas imposibles del fondo marino se quedaron sin respuesta inmediata. ¿Era una cápsula de huevos? ¿Un resto de esponja? ¿Un organismo jamás descrito?
El análisis posterior ha revelado una historia mucho más interesante: aquella esfera era el vestigio de Relicanthus daphneae, una enorme anémona de aguas profundas cuya biología sigue sorprendiendo a los investigadores.
El nuevo estudio, difundido como preprint por un equipo liderado por el Smithsonian y NOAA, concluye que la denominada como “esfera dorada” no era el cuerpo del animal, sino una cutícula residual formada en la base con la que esta anémona se fija al sustrato.
Es decir, no se observó a la anémona viva, sino la estructura que deja atrás o que permanece pegada a la roca mientras el organismo se mueve, crece o se desprende parcialmente.
Eso explica por qué el objeto desconcertó tanto al principio. No mostraba boca, músculos, tentáculos ni ninguna anatomía reconocible. Solo una superficie lisa y laminada que cubría un interior fibroso.
En el laboratorio apareció la primera gran pista: la cubierta estaba repleta de espirocistos, unas células adhesivas exclusivas de los hexacorales, el gran grupo que incluye anémonas y corales pétreos. A partir de ahí, la investigación cambió de rumbo.

Los primeros intentos de secuenciación genética no funcionaron bien. El problema era lógico: la muestra estaba colonizada por microorganismos y mezclada con ADN ambiental de múltiples especies.
Los investigadores recurrieron entonces a secuenciación genómica más profunda. El resultado fue decisivo: reconstruyeron genomas mitocondriales prácticamente idénticos a los de Relicanthus daphneae.
Esta especie es una de las rarezas zoológicas del océano profundo. Puede alcanzar unos 30 centímetros de diámetro corporal y desplegar tentáculos muy largos, serpentiformes, que superan con facilidad el tamaño del cuerpo.
Suele presentar tonos púrpura, rosados o rojizos, y vive entre unos 1.667 y 3.948 metros de profundidad. Aunque apenas se ha recolectado, los registros indican que podría estar distribuida por buena parte del planeta.
En el océano profundo, hasta los restos de un animal pueden convertirse en un misterio mundial.
El caso de Relicanthus daphneae ya era extraño antes del orbe dorado. Fue observada décadas antes de recibir nombre formal, y durante años nadie tuvo claro dónde colocarla en el árbol evolutivo.
Primero se pensó que pertenecía a grupos conocidos de anémonas. Después, estudios genéticos mostraron que no encajaba del todo con ellos. De hecho, llegó a requerir la creación de nuevas categorías taxonómicas.
El nuevo trabajo aporta además datos filogenómicos que la sitúan cerca de otros grandes linajes de hexacorales, ayudando a resolver un debate científico abierto desde hace años.
Es una pista importante porque demuestra hasta qué punto el fondo oceánico conserva ramas evolutivas poco conocidas, con historias separadas durante millones de años.

Uno de los aspectos más llamativos del nuevo estudio apenas apareció en titulares internacionales: la esfera dorada no estaba sola. De hecho, la muestra albergaba una comunidad microbiana compleja con bacterias, arqueas y otros microorganismos adaptados a la vida extrema. Algunas líneas genéticas recuperadas parecen poco conocidas o incluso potencialmente nuevas para la ciencia.
En otras palabras, la base abandonada por la anémona funcionaba como un microhábitat. Una pequeña isla biológica en medio del fondo marino, capaz de ofrecer refugio y superficie colonizable en un entorno donde cada soporte duro cuenta.
Esto convierte al “orbe dorado” en algo más que una curiosidad visual: también sería una estructura ecológica relevante para especies microscópicas del abismo.
La especie identificada, Relicanthus daphneae, sigue siendo una de las grandes rarezas zoológicas del planeta.
Las imágenes revisadas por el equipo muestran que ejemplares vivos de Relicanthus daphneae aparecen a veces sobre superficies doradas similares. En otros casos, esas placas parecen quedar detrás del animal.
Eso sugiere que la anémona podría desplazarse lentamente y abandonar fragmentos de su cutícula adherente, algo comparable a una huella biológica persistente.
Otra hipótesis planteada por los autores es que el fenómeno esté relacionado con reproducción asexual por laceración pedal: algunos cnidarios dejan parte de la base atrás, y de ese tejido puede regenerarse un nuevo individuo.

Cada inmersión en el abismo sigue teniendo potencial para descubrir algo que nadie esperaba.
No está demostrado todavía, pero abre una línea fascinante: que aquella esfera fuese no solo un resto anatómico, sino una pista sobre cómo se reproduce una de las anémonas más enigmáticas del planeta.
Sin duda alguna, el episodio recuerda una realidad incómoda: conocemos mucho mejor la superficie de Marte que numerosos paisajes del fondo marino terrestre.
Cada campaña con vehículos operados a distancia descubre especies nuevas, comportamientos nunca vistos o estructuras difíciles de interpretar. Y eso ocurre en aguas nacionales de países desarrollados, no en rincones remotos sin explorar.
El Golfo de Alaska, donde apareció el orbe, forma parte de un área cada vez mejor estudiada gracias a campañas de cartografiado y muestreo. Aun así, una simple roca a dos millas de profundidad escondía un misterio mundial durante más de dos años.
Quizá lo más interesante de esta historia es que ha terminado mostrando que una especie rara produce estructuras externas poco documentadas, que esas estructuras pueden persistir en el lecho marino, que sirven de refugio microbiano y que aún ignoramos buena parte de su ciclo vital.
Es decir: una esfera dorada aparentemente absurda acabó ampliando lo que sabemos sobre evolución, ecología profunda y biodiversidad escondida. Y es que, en el océano abisal, incluso los restos de un animal pueden convertirse en descubrimiento.
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