

















Un estudio reveló que algunos tiburones de Groenlandia podrían haber nacido en pleno siglo XVII, una antigüedad que está obligando a replantear cómo envejecen los grandes animales marinos.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante siglos, los marineros del Atlántico Norte hablaron de un animal extraño, lento y casi fantasmal que aparecía en las aguas heladas de Groenlandia e Islandia. Era un tiburón enorme, de movimientos pausados, capaz de vivir en profundidades extremas y rodeado de leyendas entre pescadores inuit y navegantes escandinavos. Nadie imaginaba entonces que aquel depredador silencioso escondía uno de los mayores misterios biológicos del planeta: algunos ejemplares podían haber nacido antes incluso de que existieran muchos estados modernos.
El descubrimiento se hizo público en 2016, cuando un grupo internacional de investigadores liderado por Julius Nielsen, de la Universidad de Copenhague, publicó en la revista Science un trabajo que revolucionó la biología marina. Tal y como reveló el estudio, el tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus) puede alcanzar edades de hasta 400 años, convirtiéndose en el vertebrado más longevo conocido por la ciencia.
La investigación no se basó en una única observación aislada, sino en el análisis de 28 hembras capturadas accidentalmente por pesqueros en aguas del Atlántico Norte. Algunas medían más de cinco metros de longitud y habían sido encontradas como captura incidental en redes destinadas a otras especies. Lo que comenzó como un estudio sobre crecimiento y edad terminó abriendo una ventana inesperada hacia el pasado.
Los científicos llevaban décadas intentando averiguar cuánto vivían realmente estos tiburones. El problema era que, a diferencia de otros peces, el tiburón de Groenlandia carece de estructuras calcificadas útiles para calcular la edad. Muchas especies poseen otolitos o tejidos endurecidos donde quedan registradas capas de crecimiento anuales, algo parecido a los anillos de un árbol. Pero este tiburón ártico tiene un cuerpo extraordinariamente blando y cartilaginoso, lo que impedía utilizar los métodos clásicos.
La solución apareció en un lugar inesperado: el cristalino del ojo. Tal y como indicó el equipo científico en el artículo publicado en Science, las proteínas que forman el núcleo del cristalino se generan durante el desarrollo embrionario y permanecen prácticamente intactas durante toda la vida del animal. Dicho de otro modo, conservan una huella química del momento exacto en el que el tiburón nació.
Los investigadores extrajeron esas proteínas y utilizaron datación por radiocarbono para estimar la antigüedad de cada ejemplar. El método aprovecha las variaciones históricas del carbono-14 en la atmósfera y en los océanos, especialmente las alteraciones provocadas por las pruebas nucleares del siglo XX. Gracias a ello pudieron establecer una cronología aproximada para cada tiburón analizado.
El resultado más impactante llegó con la hembra de mayor tamaño, un ejemplar de unos cinco metros de longitud. El estudio estimó que tenía alrededor de 392 años, aunque con un rango estadístico que oscilaba entre 272 y más de 500 años. Incluso en el escenario más conservador, aquel animal superaba ampliamente la esperanza de vida de cualquier otro vertebrado conocido.

Eso significa que el tiburón probablemente nació en algún momento del siglo XVII. Mientras en Europa se desarrollaban las guerras de religión y el Imperio español aún dominaba buena parte del planeta, este depredador ya nadaba lentamente bajo el hielo del Atlántico Norte.
La revelación causó un enorme impacto en la comunidad científica porque hasta entonces el récord de longevidad entre vertebrados pertenecía a la ballena boreal, con unos 211 años estimados. El tiburón de Groenlandia no solo superaba esa cifra, sino que prácticamente la duplicaba.
Cuando este tiburón nació, Galileo aún no había publicado algunas de sus obras más importantes y Europa seguía inmersa en guerras religiosas.
El estudio también permitió entender mejor otro aspecto sorprendente de la especie: su lentísimo desarrollo. Los investigadores calcularon que estos tiburones crecen aproximadamente un centímetro por año. Puede parecer una cifra insignificante, pero explica por qué un ejemplar enorme puede tener varios siglos de vida.
Según los datos analizados, las hembras no alcanzarían la madurez sexual hasta superar los cuatro metros de longitud, algo que ocurriría alrededor de los 150 años de edad. En términos biológicos, eso significa que un tiburón nacido durante las guerras napoleónicas todavía podría no haberse reproducido hoy.
Las implicaciones ecológicas son enormes. Una especie que necesita más de un siglo para producir adultos fértiles es extremadamente vulnerable a la pesca accidental y a cualquier alteración ambiental. Tal y como señalaron los investigadores, la recuperación de las poblaciones podría requerir escalas de tiempo humanas difíciles de imaginar.
De hecho, los científicos sospechan que muchas poblaciones actuales todavía podrían estar recuperándose de la intensa explotación sufrida antes de la Segunda Guerra Mundial. Durante décadas, los hígados de estos tiburones fueron utilizados para producir aceites industriales y lubricantes. Miles de ejemplares fueron capturados antes de que aparecieran alternativas sintéticas más baratas.
El problema es que eliminar un solo adulto reproductor supone perder siglos de inversión biológica. A diferencia de otros peces que alcanzan rápidamente la madurez, el tiburón de Groenlandia vive bajo unas reglas evolutivas completamente distintas.

Para los científicos, estudiar al tiburón de Groenlandia es como observar el envejecimiento a cámara lenta.
Durante mucho tiempo, la imagen popular del tiburón de Groenlandia fue la de un animal torpe y casi pasivo. Su velocidad de natación es extremadamente baja y su aspecto parece más cercano al de un carroñero que al de un gran cazador oceánico. Sin embargo, otro estudio publicado en 2019 en Frontiers in Marine Science comenzó a desmontar esa idea.
El trabajo, también liderado por Julius Nielsen, analizó el contenido estomacal y los isótopos estables de decenas de tiburones de diferentes tamaños. Tal y como reveló la investigación, los ejemplares jóvenes se alimentan principalmente de calamares y presas de menor nivel trófico. Pero conforme crecen, su dieta cambia radicalmente.
Los tiburones adultos consumen focas, peces grandes de aguas profundas, rayas y especies rápidas como el bacalao atlántico o el fletán negro. El estudio encontró incluso restos de focas prácticamente intactas dentro de algunos ejemplares, algo que sugería una depredación activa y reciente.
Aquello desconcertó a muchos investigadores. ¿Cómo puede un animal tan lento capturar mamíferos marinos ágiles y veloces? Una de las hipótesis es que aprovecha el sueño de las focas en aguas profundas o ataques sorpresa en ambientes de baja visibilidad. También se han documentado heridas circulares en cetáceos compatibles con la mordida característica del tiburón de Groenlandia.
Los análisis isotópicos confirmaron además un cambio progresivo en la posición trófica del animal conforme envejece. Los jóvenes ocupan niveles inferiores dentro de la cadena alimentaria, mientras los adultos se convierten en auténticos superdepredadores del ecosistema ártico.

Los investigadores utilizaron proteínas formadas antes del nacimiento del tiburón para calcular su edad mediante radiocarbono.
La historia del tiburón de Groenlandia no terminó en 2016. En 2024, varios equipos internacionales lograron secuenciar por primera vez el genoma completo de la especie. Y los resultados volvieron a sorprender.
El genoma resultó ser uno de los mayores jamás secuenciados en tiburones, con unos 6.500 millones de pares de bases, aproximadamente el doble que el genoma humano. Tal y como adelantaron los investigadores implicados en el proyecto, algunas regiones relacionadas con la reparación del ADN parecían especialmente desarrolladas.
Eso ha llevado a muchos científicos a pensar que la extraordinaria longevidad del tiburón podría estar vinculada a mecanismos muy eficaces para corregir daños celulares acumulados durante siglos. En otras palabras, este animal podría poseer sistemas biológicos capaces de ralentizar enormemente el deterioro asociado al envejecimiento.
Aunque todavía quedan muchas preguntas abiertas, el tiburón de Groenlandia se ha convertido en una pieza clave para estudiar cómo envejecen los vertebrados y qué factores permiten prolongar la vida durante cientos de años.
En las oscuras aguas del Ártico sigue nadando un animal que ya era viejo cuando se construían algunos de los grandes palacios europeos del Barroco. Un superviviente silencioso de cuatro siglos de historia humana que continúa desafiando todo lo que creíamos saber sobre el tiempo y la vida.
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