





















Un estudio realizado en 5 países europeos revela un comportamiento inesperado en aves urbanas que ni los propios investigadores saben explicar todavía.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Hay gestos cotidianos que pasan desapercibidos para casi todo el mundo, pero no para los animales. Caminar por un parque, acercarse a un banco o cruzar una plaza pueden parecer acciones irrelevantes para un ser humano, aunque para muchas aves urbanas son señales constantes de peligro potencial. Lo sorprendente es que esos animales no solo distinguen la proximidad de las personas: también parecen detectar diferencias mucho más sutiles.
Eso es precisamente lo que ha descubierto un grupo internacional de investigadores tras analizar miles de interacciones entre humanos y aves en ciudades europeas. Tal y como ha revelado un estudio publicado en la revista People and Nature, decenas de especies reaccionan de forma distinta dependiendo de quién se acerque a ellas.
La investigación se desarrolló en parques y zonas verdes urbanas de España, Francia, Alemania, Polonia y República Checa. Allí, observadores especializados caminaron lentamente hacia distintas aves para medir un parámetro conocido como “distancia de inicio de vuelo”, utilizado por los ecólogos para calcular cuándo un animal decide escapar ante una amenaza.
Este indicador lleva décadas utilizándose para entender el miedo y la tolerancia de las especies urbanas hacia los humanos. Algunas aves apenas se inquietan incluso a pocos metros de distancia, mientras que otras levantan el vuelo mucho antes. Lo habitual es que influyan factores como el ruido, la vegetación, la presencia de depredadores o la experiencia previa de los animales con las personas.
Sin embargo, en esta ocasión apareció un patrón inesperado que terminó desconcertando incluso a los propios autores del trabajo.
Para realizar el experimento, los investigadores intentaron controlar cualquier diferencia evidente entre los participantes. Hombres y mujeres vestían colores similares, tenían alturas parecidas y seguían exactamente la misma forma de aproximación. Caminaban en línea recta, a velocidad constante y manteniendo la mirada fija sobre el ave observada.
En total se analizaron más de 2.500 aproximaciones pertenecientes a 37 especies distintas, entre ellas mirlos, urracas, gorriones, palomas, petirrojos, estorninos o carboneros. También participaron aves con comportamientos muy diferentes: algunas extremadamente cautelosas y otras habituadas a convivir con personas en pleno entorno urbano.
Y entonces apareció el dato inesperado.

Las aves escapaban antes cuando quien se acercaba era una mujer. De media, levantaban el vuelo aproximadamente un metro antes que cuando el observador era un hombre. Puede parecer una diferencia pequeña, pero en términos de comportamiento animal supone un cambio notable en la percepción del riesgo.
Lo más llamativo es que el patrón se repitió prácticamente en todos los países y especies estudiadas. No importaba si se trataba de una urraca desconfiada o de una paloma acostumbrada a las plazas concurridas: la reacción era similar.
Según los autores, las aves parecían mostrar una menor tolerancia hacia las mujeres pese a que los investigadores habían intentado eliminar las diferencias visuales más obvias entre observadores.
El hallazgo sorprendió incluso a los investigadores, que esperaban justo la reacción contraria por parte de las aves.
La conclusión abrió inmediatamente una pregunta incómoda para los científicos: ¿cómo distinguen las aves el sexo de las personas?
Las hipótesis son múltiples, pero ninguna ha podido demostrarse todavía. Algunos investigadores creen que podrían detectar diferencias en la forma de caminar, pequeños movimientos corporales o incluso señales químicas imperceptibles para los humanos.
En los últimos años, varios estudios han desmontado la vieja idea de que las aves poseen un olfato poco desarrollado. Hoy se sabe que muchas especies utilizan señales químicas para encontrar alimento, reconocer nidos o detectar depredadores. Algunas incluso reaccionan ante olores asociados al peligro.
Por eso, uno de los escenarios que se barajan es que las aves urbanas sean capaces de identificar compuestos químicos diferentes entre hombres y mujeres. La idea no es tan extraña como parece: en mamíferos ya se ha observado algo parecido. Experimentos anteriores demostraron que ratones de laboratorio sufren mayores niveles de estrés cuando son manipulados por hombres.
Aun así, los autores del estudio reconocen que ninguna explicación resulta concluyente. De hecho, una de las mayores sorpresas fue precisamente la dirección del efecto encontrado.
Durante mucho tiempo se asumió que, históricamente, los hombres habían representado una amenaza mayor para los animales debido a la caza. Si esa presión ancestral hubiera dejado huella evolutiva, cabría esperar que las aves mostrasen más miedo hacia los hombres. Pero ocurrió exactamente lo contrario.

Más allá de la curiosidad del hallazgo, el estudio ofrece una ventana muy interesante sobre cómo perciben el mundo las aves urbanas. Muchas especies llevan generaciones viviendo rodeadas de humanos y han aprendido a interpretar constantemente señales de riesgo en un entorno artificial lleno de estímulos.
Los investigadores comprobaron además que otros factores seguían influyendo en la huida. Las aves escapaban antes cuando había más árboles alrededor y soportaban mejor la cercanía humana en zonas con más arbustos. También observaron que los machos de algunas especies tendían a asumir más riesgos que las hembras.
Los investigadores creen que las aves podrían estar detectando señales químicas, movimientos corporales o diferencias imperceptibles para los humanos.
Pero el hallazgo central sigue siendo el mismo: los pájaros urbanos parecen detectar detalles humanos extremadamente sutiles que pasan completamente desapercibidos para nosotros.
Tal y como señalan los autores, el estudio demuestra hasta qué punto las aves analizan su entorno de manera sofisticada y cómo la convivencia diaria con las personas ha moldeado su comportamiento. Ahora los científicos quieren profundizar en qué señal concreta desencadena esa reacción: el olor, la postura corporal, el movimiento o quizá una combinación de varios factores.
Por el momento, la explicación sigue abierta. Pero la próxima vez que alguien camine por un parque lleno de gorriones o mirlos, quizá ya no vea únicamente aves observando desde lejos. Puede que ellas también estén analizando mucho más de lo que imaginamos.
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