





















Los Equipos de Demolición Submarina de la Marina de EEUU abrieron en 1944 un canal de 60 metros en el arrecife de Guam. Hoy, la batimetría y la fotogrametría no solo revelan su posición exacta, sino que reconstruyen todo un paisaje bélico sumergido.
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En el verano de 1944, la isla de Guam fue el escenario de una de las operaciones anfibias más cruentas en el frente del Pacífico. Más de 80 años después, las cicatrices de aquella batalla no han desaparecido: permanecen sumergidas bajo las aguas del arrecife de coral que rodea la isla, impresas en el fondo marino como una cápsula del tiempo de la Segunda Guerra Mundial.
Un artículo publicado en 2026 en la revista Heritage presenta el trabajo de un equipo multidisciplinar del Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos que logró localizar y documentar, con una precisión sin precedentes, los cráteres de explosión y el canal demolido que los Equipos de Demolición Submarina (UDT) de la Marina estadounidense crearon antes del desembarco. El proyecto, financiado por NOAA Ocean Exploration y ejecutado en 2023, combina arqueología, geomorfología, ecología marina y tecnología punta para reconstruir el paisaje bélico de las playas de Asan y Agat, hoy integradas en el War in the Pacific National Historical Park. Lo que encontraron supera cualquier expectativa: las huellas de la guerra siguen ahí, bajo las olas.
El proyecto, financiado por NOAA Ocean Exploration, combina arqueología, geomorfología, ecología marina y tecnología punta para reconstruir el paisaje bélico de las playas de Asan y Agat.

Antes de que ningún soldado pisara la playa de Guam el 21 de julio de 1944, los UDT 3, 4 y 6 ya llevaban días operando en silencio bajo el fuego enemigo. Tenían como misión despejar el arrecife de los obstáculos instalados por las fuerzas japonesas para frenar el avance anfibio. Los UDT eliminaron 623 obstáculos solo en la playa de Asan. Para ello, emplearon cargas de tetritol detonadas en cadena. Un solo equipo tardaba de media 16 minutos en destruir 30 obstáculos.
En Agat, el UDT 4 fue un paso más allá: abrió un canal de 60 metros de anchura en la cresta del arrecife para que tres buques de desembarco de carros de combate (LST) pudieran varar simultáneamente. Aquella intervención brutal transformó el fondo marino de forma permanente. El canal, que en la actualidad está lleno de pequeños bloques de coral (los escombros de la explosión) fue identificado por los investigadores gracias a los registros históricos.
Antes del desembarco en la playa de Guam el 21 de julio de 1944, los Equipos de Demolición Submarina 3, 4 y 6 ya llevaban días despejando el arrecife de los obstáculos instalados por las fuerzas japonesas para frenar el avance anfibio

El equipo de investigación combinó la inmersión en las aguas turquesas del arrecife con el buceo en los archivos militares del Archivo Nacional de College Park, Maryland. De este modo, rescataron los mapas dibujados a mano por los propios buzos de combate hace más de ocho décadas. Esos documentos se convirtieron en la guía que condujo a los científicos hasta los cráteres, aún visibles hoy en el lecho marino.
El hallazgo metodológico más llamativo del estudio es la fusión entre el archivo histórico y la tecnología del siglo XXI. El equipo georrectificó un mapa de reconocimiento que, trazado a mano por un miembro del UDT 3, marcaba la posición exacta de los obstáculos demolidos en el arrecife de Asan, y lo cargó en una tableta encapsulada en una carcasa impermeable. Se conectó la tableta al sistema de navegación subacuático UWIS para determinar la posición del buceador con precisión.
Una vez en el agua, los investigadores navegaron directamente hacia las posiciones hipotéticas de los cráteres. El primero apareció donde el mapa indicaba. A partir de ahí, los demás se hicieron visibles en el fondo: tenían la forma de una línea de pequeñas depresiones morfológicamente distintas del arrecife circundante. Algunos aún contenían fragmentos de metal incrustado. La correspondencia entre los archivos de 1944 y la topografía actual del fondo es, en palabras de los autores, suficiente para descartar cualquier coincidencia fortuita.
Los cráteres se hicieron visibles en el fondo: tenían la forma de una línea de pequeñas depresiones morfológicamente distintas del arrecife circundante.

Quizás el dato más sorprendente del estudio es la persistencia de los cráteres. Los investigadores reconocen que antes de bucear albergaban dudas razonables: el arrecife plano de Asan es un entorno somero, dinámico y de alta energía, sometido a tormentas tropicales, corrientes y la sedimentación constante del río Asan. Sin embargo, los cráteres presentan límites nítidos, una escasa colmatación por sedimentos y la ausencia de crecimiento coralino en sus bordes, lo que sugiere que conservan sus dimensiones originales de 1944.

Los autores subrayan que la metodología ensayada en Guam puede exportarse a otros archipiélagos del Pacífico, como Peleliu, Saipan y Atú, e incluso a otros escenarios de operaciones bélicas, como los campos de batalla de Normandía o el yacimiento del HMS Triumph en Gallipoli. El estudio concluye con una llamada a ampliar el concepto mismo de patrimonio arqueológico subacuático. Así, los cráteres de explosión no deben entenderse como subproductos insignificantes de la guerra, sino como evidencia arqueológica primaria de las operaciones militares y de la transformación intencional del paisaje costero. Documentarlos es, a la vez, un acto de memoria histórica y una herramienta esencial para gestionar un patrimonio que el tiempo, las tormentas y el ascenso del nivel del mar amenazan con borrar para siempre.
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