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Científicos crean una batería líquida que “embotella” luz...
César Noragu · 2026-05-22 · via Muy Interesante

Un grupo de investigadores ha desarrollado un líquido molecular capaz de almacenar energía solar durante años y liberarla después como calor suficiente para hervir agua. El avance plantea una alternativa inesperada al litio: convertir enlaces químicos en depósitos reutilizables de energía térmica.

Recreación artística de luz solar embotellada. ChatGPT, César Noragueda.

Publicado por César Noragueda

Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

Creado: Actualizado:

Durante décadas, la energía solar ha convivido con una paradoja incómoda. La humanidad ha aprendido a capturar cantidades crecientes de radiación procedente del Sol; sin embargo, conservarla cuando llega la noche continúa siendo uno de los grandes cuellos de botella tecnológicos de la transición energética. Las placas fotovoltaicas producen electricidad con enorme eficacia, pero almacenarla sigue exigiendo materiales costosos, infraestructuras complejas y baterías que se degradan con el paso del tiempo.

Ahora, un grupo de investigadores de la Universidad de California en Santa Bárbara ha presentado una alternativa que parece salida de una novela de ciencia ficción química. Los científicos desarrollan un líquido molecular capaz de almacenar energía solar durante años y liberarla después en forma de calor suficiente para hervir agua. El sistema no depende de litio, ni de electrones atrapados dentro de celdas electroquímicas, sino de enlaces químicos que actúan como pequeños depósitos energéticos invisibles.

El avance, publicado en Science, se basa en una tecnología denominada MOST (molecular solar thermal energy storage systems), un concepto que lleva bastante tiempo persiguiendo una idea ambiciosa: transformar moléculas en memorias solares reutilizables.

El verdadero problema nunca fue captar la luz

La conversación pública sobre energía solar suele concentrarse en paneles más eficientes, instalaciones gigantescas o récords de producción fotovoltaica. Aun así, el obstáculo decisivo aparece después. La red eléctrica sigue dependiendo de sistemas caros para conservar excedentes energéticos cuando la demanda no coincide con las horas de insolación.

Las baterías de ion-litio dominan ese escenario; pese a ello, presentan limitaciones difíciles de ignorar. Requieren minería intensiva, pierden capacidad tras numerosos ciclos y continúan siendo demasiado costosas para ciertos usos industriales o domésticos a gran escala. A esto se suma otro problema menos visible: almacenar electricidad durante semanas o meses resulta extraordinariamente complicado. Así, la cuestión ya no consiste solo en producir más energía renovable, sino en descubrir cómo impedir que desaparezca cuando el cielo deja de generar electricidad.

Ahí entra en escena la tecnología MOST. En vez de acumular electrones, esta aproximación intenta guardar directamente la energía solar dentro de moléculas diseñadas para cambiar de estructura cuando absorben luz ultravioleta. La clave consiste en que ese nuevo estado químico permanece estable a lo largo de mucho tiempo, como un muelle comprimido que conserva tensión sin liberarla.

Este nuevo estado químico permanece estable a lo largo de mucho tiempo, como un muelle comprimido que conserva tensión sin liberarla.

Una molécula que funciona como un resorte químico

El sistema desarrollado por los investigadores emplea una molécula basada en pyrimidone; al recibir radiación ultravioleta, experimenta una reorganización estructural denominada fotoisomerización. La molécula absorbe fotones y queda atrapada en un estado energético metastable que puede conservarse durante largos periodos sin pérdidas sustanciales.

Ese detalle resulta crucial. Buena parte de los sistemas experimentales de almacenamiento térmico molecular fracasan porque la energía se disipa con rapidez. Aquí ocurre lo contrario: la configuración química alterada permanece intacta durante años antes de regresar a su estado original. Y, cuando los científicos desean recuperar la energía acumulada, introducen un catalizador que desencadena el proceso inverso. Entonces, la molécula libera el exceso energético en forma de calor.

La lógica recuerda vagamente a ciertos materiales fotocromáticos empleados en lentes inteligentes, aunque el mecanismo aquí resulta mucho más sofisticado. No se trata de cambiar de color, sino de convertir enlaces químicos en depósitos térmicos reutilizables. Además, el trabajo identifica una densidad energética cercana a 1,6 megajulios por kilogramo, una cifra superior a la de muchas baterías de ion-litio destinadas al almacenamiento térmico.

Recreación artística de una molécula de luz solar embotellada. ChatGPT, César Noragueda.

El ADN inspiró parte del diseño molecular

Uno de los aspectos más inesperados del estudio aparece en la arquitectura química utilizada por el equipo. Los investigadores adaptan principios estructurales presentes en bases nitrogenadas similares a las del ADN para mejorar la estabilidad y reversibilidad del sistema. Porque la biología lleva millones de años utilizando moléculas capaces de reaccionar ante la luz sin destruirse tras cada ciclo; y los autores aprovecharon precisamente esa idea: construir un compuesto que pudiera alternar entre distintos estados energéticos sin degradarse de manera significativa.

La decisión no responde únicamente a elegancia química. Muchos candidatos previos para almacenamiento molecular terminaban deteriorándose después de múltiples transformaciones fotoquímicas. Aquí, en cambio, los científicos documentan una estabilidad extraordinaria incluso tras numerosos ciclos de carga y descarga térmica.

Ese componente biomimético introduce una dimensión interesante; en ocasiones, las innovaciones energéticas más prometedoras no nacen observando centrales eléctricas, sino reinterpretando estrategias que la naturaleza perfeccionó muchísimo antes de que existiera la ingeniería moderna.

El momento decisivo: conseguir hervir agua

La mayoría de investigaciones relacionadas con MOST permanecían confinadas a demostraciones pequeñas; generaban incrementos térmicos modestos, insuficientes para aplicaciones reales. Este trabajo rompe parcialmente esa barrera. El sistema libera suficiente calor como para elevar agua hasta su punto de ebullición bajo condiciones ambientales relativamente controladas.

Puede parecer un detalle doméstico, aunque desde la perspectiva termodinámica representa un umbral muy exigente. Hervir agua implica alcanzar temperaturas superiores a los 100 grados centígrados y mantener transferencia energética sostenida. Y parece un gesto cotidiano; sin embargo, desde el punto de vista energético supone atravesar una frontera tecnológica que muchos sistemas experimentales nunca consiguen superar.

Los autores emplearon un reactor microfluídico y un catalizador de cobalto para activar rápidamente la liberación térmica. Durante las pruebas, el líquido cargado con energía solar produjo incrementos de temperatura cercanos a 110 grados respecto al entorno inicial. Ese salto convierte el avance en algo más tangible que una simple curiosidad académica. Por primera vez, la idea de “embotellar” luz solar empieza a insinuar aplicaciones prácticas plausibles.

Desde el punto de vista energético, solo hervir agua supone atravesar una frontera tecnológica que muchos sistemas experimentales nunca consiguen superar.

Mucho más que una batería alternativa

Aunque algunos titulares la describen como una batería líquida, el sistema funciona de manera diferente a las tecnologías electroquímicas convencionales. La investigación propone almacenar energía térmica mediante enlaces moleculares reutilizables en lugar de acumular corriente eléctrica. La distinción resulta relevante porque abre usos distintos.

El calor representa una enorme porción del consumo energético global: calefacción, procesos industriales, agua caliente sanitaria o climatización dependen continuamente de generación térmica. Un líquido capaz de conservar energía solar durante meses podría alimentar edificios, sistemas off-grid o infraestructuras aisladas sin necesidad de enormes bancos de baterías. Inclusive permitiría transportar calor químicamente almacenado desde regiones soleadas hacia zonas con menor radiación.

El artículo plantea, además, que la tecnología podría integrarse en circuitos cerrados donde el fluido circulase entre captadores solares y módulos de liberación térmica; algo parecido a una red hidráulica energética.

Un líquido capaz de conservar energía solar durante meses podría alimentar edificios e infraestructuras aisladas sin enormes bancos de baterías, y transportar calor químicamente almacenado desde regiones soleadas hacia zonas con menor radiación.

El desafío que todavía separa el laboratorio de la realidad

Pese al entusiasmo que rodea el trabajo, el sistema continúa enfrentándose a obstáculos significativos. La tecnología MOST aún necesita demostrar viabilidad industrial fuera del laboratorio antes de competir con soluciones energéticas consolidadas.

La dependencia de radiación ultravioleta limita parte de la eficiencia global. Además, fabricar moléculas complejas a gran escala continúa siendo caro. Tampoco está claro cuánto costaría desplegar infraestructuras capaces de cargar, transportar y descargar estos líquidos energéticos en contextos urbanos o industriales.

A eso se suma otra incógnita decisiva: la eficiencia completa del ciclo. Convertir luz solar en energía química y luego en calor implica pérdidas inevitables. El desafío consiste en lograr que el balance siga siendo competitivo frente a baterías tradicionales o sistemas térmicos convencionales.

Recreación artística de un camión cisterna transportando luz solar líquida. ChatGPT, César Noragueda.

Los propios autores reconocen que todavía queda bastante recorrido antes de imaginar aplicaciones comerciales masivas. Con todo, el estudio redefine parcialmente lo que entendemos por almacenamiento energético.

La posibilidad de transportar verano hacia el invierno

Durante mucho tiempo, almacenar energía significó acumular electrones dentro de materiales cada vez más complejos y escasos. Este trabajo apunta hacia otra dirección menos intuitiva. La química molecular empieza a perfilarse como una posible memoria portátil para la luz solar; una capaz de desplazarse físicamente de un lugar a otro sin depender de cables ni de enormes infraestructuras eléctricas.

Ese matiz apenas ha comenzado a explorarse. Si tecnologías como MOST alcanzan madurez industrial, podrían emerger escenarios donde la energía solar se transporte en líquidos del mismo modo que hoy circulan combustibles o productos químicos industriales. El objetivo ya no consistiría solamente en guardar electricidad unas horas, sino en conservar calor estacional durante meses enteros.

La consecuencia de mayor trascendencia quizá no sea hervir agua dentro de un laboratorio, sino insinuar una idea distinta de red energética. Una donde el verano pueda desplazarse químicamente hacia el invierno; y donde almacenar luz deje de parecerse a cargar una batería para empezar a recordar más bien a conservar una sustancia viva.

Referencias

  • Universidad de California en Santa Bárbara. "Scientists “bottle the sun” with a liquid battery that stores solar energy". ScienceDaily, 14 de mayo de 2026.