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Descubren que 370.000 millones de grillos podrían sentir ...
parrasergi · 2026-05-19 · via Muy Interesante

Un experimento con calor a 65 °C revela comportamientos de autoprotección complejos en grillos domésticos, cuestionando cómo tratamos a uno de los animales más criados del planeta.

Creado: Actualizado:

Un equipo de científicos ha confirmado que los grillos domésticos (Acheta domesticus), criados masivamente para alimentación humana, reaccionan al daño físico de una forma compatible con la experiencia de dolor. El hallazgo afecta potencialmente a más de 370.000 millones de grillos criados cada año en granjas de todo el mundo y abre un debate ético inesperado sobre la llamada “proteína sostenible”.

El experimento, publicado y divulgado recientemente, observó que los insectos sometidos a una sonda caliente de 65 °C dedicaban mucho más tiempo a cuidar específicamente la antena dañada. No se trataba de un movimiento automático ni de un espasmo reflejo: los animales mostraban una conducta flexible, localizada y persistente, uno de los criterios científicos más utilizados para inferir dolor en especies no humanas.

Durante décadas, la ciencia asumió que los insectos eran poco más que pequeñas máquinas biológicas guiadas por reflejos. Pero la imagen empieza a resquebrajarse. Y quizá el detalle más desconcertante sea este: cuanto más estudiamos sus cerebros diminutos, más complejos parecen.

La ciencia asumió que los insectos eran poco más que pequeñas máquinas biológicas guiadas por reflejos.

El comportamiento que sorprendió a los científicos

Los investigadores trabajaron con 80 grillos, machos y hembras, divididos en distintos grupos experimentales. A unos se les aplicó calor intenso en una antena; otros recibieron una sonda fría o ningún contacto. La diferencia de comportamiento fue inmediata y llamativa.

Los grillos expuestos al calor se acicalaron la antena afectada más del doble de veces que los controles y dedicaron cuatro veces más tiempo a cuidarla. Pero el aspecto crucial no fue solo la frecuencia, sino la precisión. Los insectos dirigían el cuidado únicamente hacia la antena dañada, evitando la sana.

Ese detalle cambia completamente la interpretación científica. Un simple reflejo suele ser automático y generalizado. Aquí, en cambio, apareció una respuesta dirigida, persistente y adaptable. Los animales continuaban frotándose durante minutos, reduciendo gradualmente la intensidad del comportamiento, de forma sorprendentemente similar a cómo un humano se masajea una mano quemada.

Los autores consideran que este patrón encaja con uno de los indicadores más sólidos de dolor animal: la llamada autoprotección flexible. Es decir, comportamientos que implican evaluación, memoria y modificación de acciones para reducir un daño futuro.

Los autores consideran que este patrón encaja con uno de los indicadores más sólidos de dolor animal.

Pero hay un elemento aún más incómodo para la ciencia: los grillos no son una rareza aislada. Este estudio se suma a una acumulación creciente de evidencias sobre la complejidad sensorial de los insectos.

Granja de grillos en Tailandia. Crédito: Afton Halloran

El cambio de paradigma sobre el dolor animal

Durante gran parte del siglo XX, la idea dominante era simple: solo los mamíferos podían experimentar dolor consciente. Después llegaron las aves. Más tarde, los peces. Y recientemente, los crustáceos como cangrejos y langostas comenzaron a recibir protección legal en países como Reino Unido. Ahora el debate alcanza a los insectos.

Los grillos ya habían mostrado anteriormente otros indicios difíciles de ignorar. Diversos trabajos científicos detectaron en ellos nociceptores, receptores especializados en daño físico. También demostraron capacidad para aprender a evitar estímulos nocivos y alteraciones en su respuesta al daño cuando se les administraban sustancias similares a analgésicos como la morfina.

Hasta hace poco, la mayor parte de las evidencias procedía de estudios con abejas. El nuevo trabajo resulta especialmente importante porque amplía esas observaciones a los Orthoptera, el grupo que incluye grillos, saltamontes y langostas. La implicación es enorme. La industria mundial de insectos para alimentación humana y animal se ha expandido bajo una premisa aparentemente sencilla: criar insectos tendría un impacto ambiental menor y, además, implicaría menos sufrimiento ético que la ganadería convencional.

Sin embargo, si los insectos pueden sentir algo parecido al dolor, el escenario cambia radicalmente. Actualmente, millones de granjas utilizan métodos como congelación, ebullición u horneado para matar insectos destinados a harina proteica y alimentación animal. A esto se suman los incontables trillones eliminados mediante pesticidas en agricultura, prácticamente sin regulación relacionada con bienestar.

Si los insectos pueden sentir algo parecido al dolor, el escenario cambia radicalmente.

Y aquí surge una pregunta incómoda que los propios autores deslizan entre líneas: ¿hemos confundido tamaño cerebral con incapacidad para sufrir?

Un debate ético que apenas acaba de empezar

La cuestión central del estudio no es afirmar que los grillos “sienten dolor” exactamente igual que los humanos. Los científicos son cautos. Reconocen que la experiencia subjetiva interna no puede demostrarse al 100 % en ningún animal no humano.

Pero la ciencia moderna ya no exige certezas absolutas para actuar. En bienestar animal suele aplicarse el llamado principio de precaución: cuando existen suficientes indicios razonables de sufrimiento potencial, conviene adaptar el trato hacia esos seres vivos. Eso fue precisamente lo que ocurrió con los crustáceos. Y podría repetirse con los insectos.

La paradoja resulta fascinante. Mientras la humanidad explora inteligencias artificiales y sueña con colonizar otros planetas, comienza simultáneamente a descubrir que criaturas diminutas, ignoradas durante siglos, podrían poseer una vida sensorial mucho más rica de lo imaginado. Cada nuevo experimento parece reducir la distancia entre “ellos” y “nosotros”.

Los autores sostienen que el verdadero cambio no consiste solo en aceptar que algunos insectos podrían sentir dolor. El cambio profundo es reconocer hasta qué punto nuestra percepción estuvo condicionada por prejuicios evolutivos y culturales.

Los autores sostienen que el verdadero cambio no consiste solo en aceptar que algunos insectos podrían sentir dolor.

Durante mucho tiempo, consideramos que la complejidad emocional dependía exclusivamente del tamaño del cerebro. Pero la naturaleza parece funcionar con reglas mucho más extrañas y sofisticadas. Y quizá ahí resida el verdadero impacto de este estudio: no en los grillos, sino en la imagen que tenemos de la conciencia animal.

Porque si incluso un pequeño insecto puede reaccionar al daño con conductas dirigidas, persistentes y adaptativas, entonces el viejo límite entre “seres sensibles” y “máquinas biológicas” empieza a difuminarse como una frontera escrita sobre arena.

Referencias

  • Adamo, Shelley A., y colaboradores. “Evidence Consistent with Pain-Like States in Crickets (Acheta domesticus) Following Noxious Heat Exposure.” 2026.
  • The Conversation. “370 Billion Crickets Are Farmed for Food Every Year – Scientists Have Discovered They May Feel Pain.” 2026.Artículo original