





















La genética y los huesos de 77 esqueletos de la Edad del Hierro revelan la primera masacre documentada de género en Europa. Según los investigadores, se trataría de un crimen calculado para destruir el tejido social a escala regional.
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En 1972, los arqueólogos que excavaban el yacimiento de Gomolava, en la llanura de Vojvodina, en el norte de Serbia, descubrieron algo que no esperaban: una fosa colmada de esqueletos. Como pudieron confirmar los expertos, no se trataba de un cementerio ordinario, sino de una fosa común con 77 individuos que se habían enterrado juntos en un pozo de apenas 2,9 metros de diámetro y 50 centímetros de profundidad. Durante décadas, los científicos creyeron que aquellas personas habían muerto a causa de una pandemia. Nadie imaginaba que los huesos celaban una historia mucho más perturbadora.
Un estudio publicado en febrero de 2026 en la revista Nature Human Behaviour ha reexaminado los restos mediante técnicas de bioarqueología, genética antigua, análisis isotópicos y datación por radiocarbono. Los resultados obtenidos han reescrito por completo la interpretación del sitio. No hubo pandemia. Hubo una masacre.
Las víctimas no pertenecían a la misma familia ni al mismo poblado. Procedían de una red de comunidades repartidas por cientos de kilómetros cuadrados de la llanura panónica. Por tanto, alguien las reunió en Gomolava, las ejecutó y las enterró juntas hace 2.800 años, pero ¿por qué?
En 1972, se descubrió una fosa común con 77 individuos: se habían enterrado juntos en un pozo de apenas 2,9 metros de diámetro y 50 centímetros de profundidad.

Fundado en el sexto milenio a. C., el tell (un montículo formado por la acumulación de sucesivas ocupaciones humanas) de Gomolava se había utilizado durante miles de años como referencia en el paisaje físico y social de la cuenca de los Cárpatos. En el siglo IX a. C., el momento en que se produjo la matanza, el enclave se encontraba en la frontera entre distintas tradiciones culturales: al norte, la cultura de Urnas; al sur y al este, la cultura Kalakača y las influencias traco-cimerias llegadas desde la estepa euroasiática.
Era, en suma, un punto de fricción entre comunidades con distintas formas de entender el territorio, la propiedad y la vida sedentaria o nómada. Las tensiones que generaba esa frontera son el telón de fondo imprescindible para entender la violencia que se desató en ese lugar. La fosa fue excavada intencionadamente, organizada con cuidado y sellada con piedras de molino rotas y semillas quemadas. Junto a los humanos, se depositaron restos de ganado, cerámicas y pequeños ornamentos de bronce. No era un vertedero. Era un monumento.
En el siglo IX a. C., cuando se produjo la matanza, Gomolava se encontraba en la frontera entre distintas tradiciones culturales: al norte, la cultura de Urnas; al sur y al este, la cultura Kalakača y las influencias tracocimerias.

Los investigadores confirmaron que, del total de 77 individuos recuperados, 51 eran juveniles de entre 1 y 12 años (el 52%), 11 adolescentes y 24 adultos. De los 72 individuos cuyo sexo se pudo determinar biológicamente mediante análisis morfológico, genético o de péptidos del esmalte dental, se estableció que el 70,8% eran mujeres. Entre los adultos, la proporción ascendía al 87%. Por tanto, más del 70% de las víctimas eran mujeres y niños.
Este perfil no tiene precedentes conocidos en la Europa prehistórica de esa época. El paralelo más cercano lo ofrece la masacre del siglo V-IV a. C. en el fuerte de Fin Cop, en Inglaterra. En Gomolava se conoce una segunda fosa colindante, identificada en 1954, que contiene al menos 36 individuos, en su mayoría también mujeres. Ambas fosas, en apariencia contemporáneas, podrían responder al mismo episodio de violencia. De ser así, esto elevaría el número total de víctimas a más de 130 personas.
Del total de 77 individuos recuperados, 51 eran juveniles de entre 1 y 12 años (el 52%), 11 adolescentes y 24 adultos.

El equipo investigador examinó los huesos en busca de marcas de violencia. Los resultados fueron contundentes: al menos el 18,2% de los individuos presentaba lesiones perimortem (es decir, no curadas) en el cráneo, compatibles con golpes de fuerza contundente. Entre los niños de 5 a 12 años, la cifra alcanzaba el 22,5%.
Con respecto a las lesiones, se verificaron, sobre todo, en la parte superior, trasera y lateral derecha del cráneo. Según los expertos, esto indicaría que los atacantes golpeaban desde arriba, quizá a lomos de un caballo, que las víctimas estaban en el suelo o que estaban intentando huir.
También se hallaron heridas de proyectiles, compatibles con flechas o lanzas, en individuos que probablemente intentaban escapar. Al menos uno de los esqueletos presentaba una herida defensiva que prueba que hubo resistencia. Los análisis histotafonómicos realizados mediante tomografía computarizada, además, confirman que los cuerpos se enterraron poco después de la muerte.
Las lesiones en los restos óseos muestran que los atacantes golpearon desde arriba, quizá a lomos de un caballo, que las víctimas estaban en el suelo o que estaban intentando huir.

Uno de los hallazgos más sorprendentes del estudio proviene del análisis genético de los restos. Los investigadores secuenciaron el genoma de 25 de los 77 individuos y analizaron su parentesco. Se demostró así que la inmensa mayoría de las víctimas no guardaba ninguna relación familiar entre sí. Solo se identificó un pequeño grupo formado por una madre adulta y sus dos hijas, de entre 7 y 9 años.
Los análisis de isótopos de estroncio, que permiten inferir el lugar de origen de cada persona a partir de la composición química de sus dientes, reforzaron esta conclusión. El 35% de los individuos muestreados procedía de zonas situadas a decenas de kilómetros de Gomolava. Al menos uno de ellos ni siquiera era oriundo de la llanura panónica. Por tanto, las víctimas de la masacre no pertenecían a un mismo grupo familiar ni eran vecinos de un mismo poblado. Al contrario: provenían de distintos rincones de una red social extensa, reunidas por la fuerza o por la violencia en un mismo lugar y en un mismo momento.
El 35% de los individuos muestreados procedía de zonas situadas a decenas de kilómetros de Gomolava. Las víctimas de la masacre no pertenecían a un mismo grupo familiar ni eran vecinos de un mismo poblado.

Los autores del estudio rechazan la interpretación de que se trató de una masacre indiscriminada. La selección de mujeres y niños apunta a una acción deliberada y cargada de significado. En las sociedades prehistóricas, estos grupos representaban el futuro de las comunidades. Matarlos era, además de un acto de destrucción, una estrategia destinada a desarticular una red de relaciones a escala regional.
Los investigadores proponen que la masacre de Gomolava no buscaba eliminar un asentamiento concreto, como ocurrió en otras fosas prehistóricas europeas. Su escala y su carácter translocal apuntan a un conflicto de mayor envergadura. Es probable que respondiera a un intento de imponer la hegemonía sobre un territorio disputado, aniquilando los eslabones más valiosos de la red social de sus adversarios.
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