

















Un estudio de 2026 argumenta que los agricultores neolíticos griegos construyeron hace 8.000 años un sofisticado sistema de zanjas de 400 metros para regar sus cultivos y gestionar el agua de deshielo primaveral.
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Hace 8.000 años, en las llanuras de Tesalia, los grupos de agricultores neolíticos excavaban zanjas con palas de madera. Según una investigación publicada en 2026 en el Journal of Archaeological Science: Reports, no lo hacían para defenderse de posibles ataques, sino para algo mucho más cotidiano y revolucionario a la vez: regar sus huertos.
El estudio, firmado por Agathe Reingruber (Universidad Libre de Berlín) y Giorgos Toufexis (Eforado de Antigüedades de Larisa), analiza los sistemas de zanjas del Neolítico Temprano y Medio en el Egeo (6500–5500 a. C.) y propone que dichas estructuras pudieron funcionar como una sofisticada red de gestión del agua. La investigación se centra en el yacimiento Elateia 1, un asentamiento disperso de 10 hectáreas situado en el noreste de Tesalia (Grecia) y que estuvo habitado entre 6000 y el 5800 a. C. Gracias a las prospecciones geofísicas, los análisis de Sistemas de información geográfica (SIG) y el estudio de más de 11.000 fragmentos cerámicos, los investigadores han podido reconstruir la organización interna del asentamiento con una precisión sin precedentes. Lo que han encontrado desafía décadas de interpretaciones arqueológicas.
Un nuevo estudio centrado en el yacimiento Elateia 1 propone que las zanjas neolíticas detectadas pudieron funcionar como una sofisticada red de gestión del agua.

Aunque las zanjas neolíticas se conocen en Tesalia desde la década de 1950, permanecieron durante mucho tiempo en los márgenes de la investigación. Esto se debe, sobre todo, a que los dos grandes yacimientos de referencia, Sesklo y Dimini, carecían de ellas. Los arqueólogos de ambos yacimientos encontraron, en cambio, muros de mampostería en seco, lo que orientó durante décadas la interpretación del paisaje neolítico griego hacia un modelo sin zanjas.
El cambio de perspectiva se produjo con la prospección geofísica masiva. A partir de los años noventa, los magnetogramas comenzaron a revelar que numerosos asentamientos neolíticos de Macedonia y Tesalia estaban rodeados o atravesados por sistemas de zanjas de una complejidad insospechada. El yacimiento de Makriyalos, en Macedonia Central, por ejemplo, mostró tres zanjas prácticamente concéntricas que se extienden por más de 60.000 metros cuadrados.
Un elemento común a casi todos estos yacimientos resultó revelador: las zanjas siempre se situaban en el lado más cercano a los cursos de agua, ya fueran ríos, arroyos o lagos. La relación entre agua y zanja parecía sistemática. Y eso, como notaron los estudiosos, no encajaba bien con una función puramente defensiva.
A partir de los años noventa, los magnetogramas comenzaron a revelar que numerosos asentamientos neolíticos de Macedonia y Tesalia estaban rodeados de zanjas de gran complejidad.

Elateia 1 es el yacimiento mejor conservado de los que se han estudiado hasta el momento. Tres arroyos, hoy secos, delimitaban el asentamiento por tres de sus lados. El cuarto, el oriental, estaba protegido por una zanja artificial de 400 metros de longitud, 6 metros de anchura y al menos 2 metros de profundidad. Según los cálculos de los arqueólogos, excavar esa zanja requirió mover aproximadamente 4.800 metros cúbicos de tierra, que habrían requerido unas 14.400 horas de trabajo individual. Un esfuerzo comunitario de primer orden.
El análisis espacial de los hallazgos superficiales dio la sorpresa definitiva. La zanja exterior no rodeaba las viviendas, sino los espacios abiertos situados junto a ellas. En esas zonas abiertas, los investigadores registraron abundantes herramientas de piedra tallada, como hojas de hoz para la siega, y la práctica ausencia de cerámica decorada típica de los espacios domésticos. Estos datos apuntan a que esas áreas eran huertos y zonas de trabajo.
La topografía refuerza esta hipótesis. La zanja se inicia en el punto más alto del yacimiento (78 metros sobre el nivel del mar) y desciende suavemente 10 metros hasta su extremo noroeste, donde tiene salida en el escarpe. Ese desnivel parece intencional, pues habría permitido canalizar el agua de deshielo del arroyo Tsantarli hacia los cultivos en primavera y drenarse en caso de exceso.
Los datos apuntan a que esas áreas eran huertos y zonas de trabajo: la zanja exterior rodeaba los espacios abiertos, donde los investigadores encontraron herramientas de piedra tallada, como hojas de hoz para la siega.

Para entender la lógica agrícola de estas zanjas, los autores recurren al modelo propuesto en 1980 por el arqueólogo Andrew Sherratt. Sherratt planteó que los primeros agricultores del Mediterráneo oriental cultivaban cereales de verano en nichos de vega y ribera, aprovechando la humedad residual de las inundaciones invernales. Sembrados a mediados de marzo, estos cereales maduraban en apenas tres meses, evitando tanto las crecidas del invierno como el calor extremo del verano.
Lo que Sherratt no podía saber es que, ya en el 6000 a. C., esos agricultores no slo aprovechaban el agua disponible, sino que la gestionaban activamente. Las zanjas de Elateia 1 habrían servido para almacenar el agua de deshielo de la primavera y distribuirla de forma controlada por los huertos. Un sistema de riego de pequeña escala, pero enormemente sofisticado para su época.
El modelo encaja también con las características del suelo. Los terrenos arenosos y ligeros de las llanuras de Tesalia se calientan rápidamente en primavera, lo que favorece la germinación. Además, la horticultura de huerto, basada en cultivos intensivos en parcelas pequeñas, sin barbecho ni rotación, no requería arado. Según los autores del estudio, esto explicaría la ausencia de hachas en los inventarios de materiales arqueológicos del período.
El hallazgo encaja con la interpretación de Sherratt, quien planteó que los primeros agricultores del Mediterráneo oriental cultivaban cereales de verano en nichos de vega y ribera, aprovechando la humedad residual de las inundaciones invernales.

El abandono de Elateia 1 hacia el 5800 a. C. fue, con toda probabilidad, involuntario. Los datos geofísicos muestran amplias zonas lavadas por el agua en el sector norte del yacimiento, que coinciden con el máximo climático húmedo del Holoceno. Las zanjas no pudieron contener el volumen de agua del arroyo Tsantarli. El asentamiento quedó anegado y nunca volvió a habitarse.
Reingruber y Toufexis sostienen que la tecnología de gestión hídrica desarrollada en el Egeo pudo contribuir a la rápida expansión de la economía productora hacia los Balcanes y Europa central tras el año 6000 a. C. Dominar el agua significaba dominar la cosecha. Y dominar la cosecha significaba crecimiento y prosperidad.
El estudio insiste, además, en la dimensión social del esfuerzo. Excavar, mantener y coordinar el uso de una zanja de casi medio kilómetro de longitud requería organización, acuerdo y cooperación intergeneracional. Las zanjas neolíticas, por tanto, también habrían servido como el cemento social de las primeras comunidades agrícolas del Egeo.
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