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La ciencia da un vuelco a 70 años de teorías: unos fósile...
Christian Pérez · 2026-06-25 · via Muy Interesante

Unos fósiles excepcionales de crías de hace 350 millones de años desmontan una de las teorías más repetidas sobre cómo los primeros vertebrados lograron salir del agua.

Crías fosilizadas de embolómeros revelan que los primeros tetrápodos crecían sin una fase de renacuajo, poniendo en duda una teoría clásica sobre la evolución de los vertebrados
Crías fosilizadas de embolómeros revelan que los primeros tetrápodos crecían sin una fase de renacuajo, poniendo en duda una teoría clásica sobre la evolución de los vertebrados. Ilustración de Berit Godring

Christian Pérez

Redactor especializado en divulgación científica e histórica

Creado: Actualizado:

Durante décadas, la imagen de un renacuajo transformándose poco a poco en una rana ha servido para explicar cómo pudieron desarrollarse los primeros vertebrados que abandonaron el agua. Sin embargo, un conjunto excepcional de fósiles hallados en Estados Unidos acaba de poner en duda uno de los pilares de esa narrativa evolutiva. Tal y como revela un nuevo estudio publicado en la revista Science, algunos de los primeros tetrápodos no atravesaban una metamorfosis comparable a la de los anfibios actuales, sino que crecían de una forma mucho más directa.

La investigación, basada en diminutos fósiles de crías de hace entre 350 y 280 millones de años, no solo modifica la forma en que los paleontólogos interpretan el origen de los animales terrestres. También obliga a replantear cuándo apareció realmente la metamorfosis típica de las ranas y salamandras modernas y cuál fue su papel en uno de los episodios más trascendentales de la historia de la vida.

Durante mucho tiempo, el modelo aceptado proponía una secuencia aparentemente sencilla. Los peces evolucionaron hasta convertirse en los primeros anfibios, estos dieron origen a reptiles y, posteriormente, surgieron mamíferos y aves. Dentro de ese esquema, se asumía que aquellos primeros tetrápodos nacían como larvas acuáticas provistas de branquias externas y que, posteriormente, sufrían una profunda transformación corporal antes de alcanzar la edad adulta.

Sin embargo, las nuevas evidencias apuntan hacia un escenario mucho más complejo. Los fósiles analizados muestran que, al menos en algunos de estos animales primitivos, esa fase de "renacuajo" nunca existió.

Un yacimiento capaz de conservar lo casi imposible

El hallazgo ha sido posible gracias a los extraordinarios fósiles procedentes de Mazon Creek, en el estado de Illinois (Estados Unidos), considerado uno de los yacimientos paleontológicos más importantes del mundo para la conservación de organismos delicados.

Mientras que la mayoría de los registros fósiles conservan únicamente huesos de ejemplares adultos, este enclave ha preservado animales extremadamente pequeños, incluyendo individuos que apenas habían salido del huevo. Esa circunstancia ofrece una ventana excepcional para estudiar etapas del desarrollo prácticamente desconocidas en especies extinguidas hace cientos de millones de años.

Tal y como indica el estudio, dos de los ejemplares más importantes pertenecen a embrionomorfos conocidos como embolómeros, unos grandes depredadores semiacuáticos con aspecto similar al de un cocodrilo que dominaron ríos, lagunas y pantanos durante buena parte del Carbonífero y comienzos del Pérmico.

Aunque los adultos podían superar los tres metros de longitud, las crías analizadas apenas alcanzaban unos pocos centímetros. Precisamente ese reducido tamaño permitió estudiar características anatómicas imposibles de observar en ejemplares adultos.

Los investigadores dedicaron años a identificar correctamente estos fósiles. Uno de ellos permaneció durante mucho tiempo almacenado en las colecciones del museo sin que nadie pudiera determinar con certeza a qué especie pertenecía. Solo tras un detallado análisis mediante microscopía electrónica fue posible confirmar su identidad.

Fósil de una cría de embolómero que muestra que estos antiguos tetrápodos no pasaban por una metamorfosis como la de los anfibios actuales
Fósil de una cría de embolómero que muestra que estos antiguos tetrápodos no pasaban por una metamorfosis como la de los anfibios actuales. Foto: Arjan Mann

Durante décadas se asumió que los primeros vertebrados terrestres crecían como los anfibios actuales. Los nuevos fósiles indican que esa idea podría ser errónea.

El detalle que cambia décadas de interpretación

Lo verdaderamente llamativo apareció cuando los científicos comenzaron a examinar la anatomía de aquellas diminutas crías. Si los modelos clásicos eran correctos, aquellos animales debían presentar rasgos muy similares a los renacuajos actuales, especialmente grandes branquias externas que les permitieran respirar bajo el agua durante su fase larvaria.

Pero esas estructuras simplemente no estaban allí.

Los pequeños embolómeros ya mostraban extremidades en desarrollo e incluso conservaban restos del saco vitelino, una señal de que habían muerto poco después de la eclosión. Sin embargo, carecían completamente de las características propias de una larva anfibia.

El patrón se repitió además en otros grupos cercanos al origen de los tetrápodos estudiados por los autores. Ninguno de ellos presentaba evidencias claras de una fase larvaria comparable a la de los anfibios modernos.

Esa ausencia resulta especialmente significativa porque las branquias externas constituyen uno de los rasgos anatómicos más fáciles de identificar en este tipo de fósiles cuando realmente existen. Su desaparición del registro no parece responder a un problema de conservación, sino a que sencillamente aquellos animales nunca las desarrollaron.

Las conclusiones del trabajo van mucho más allá de describir unas crías excepcionales.

Durante años, numerosos investigadores habían propuesto que la metamorfosis fue una innovación decisiva para facilitar la colonización de la tierra firme. Según esa hipótesis, los primeros tetrápodos podían aprovechar el medio acuático durante su juventud y, una vez completada la transformación, adaptarse progresivamente a un ambiente terrestre.

Sin embargo, los nuevos fósiles no respaldan esa idea.

Tal y como adelanta la investigación, el desarrollo directo pudo haber sido la condición ancestral de los primeros tetrápodos con dedos. En otras palabras, aquellos animales crecían de una forma mucho más parecida a la de peces, reptiles, aves o mamíferos que a la de una rana.

Eso no significa que fueran completamente terrestres. De hecho, las características de sus extremidades indican que continuaban dependiendo en gran medida de ambientes acuáticos durante buena parte de su vida.

La verdadera adaptación a la tierra habría llegado posteriormente mediante otros cambios evolutivos relacionados con la locomoción, la alimentación, el desarrollo del cráneo y la reproducción, en lugar de apoyarse en una metamorfosis compleja.

Un cambio de perspectiva sobre la evolución de los anfibios

Otro aspecto especialmente relevante del estudio consiste en situar el origen de la metamorfosis mucho más tarde de lo que se creía.

Las evidencias fósiles muestran que las larvas con branquias externas aparecen de forma abundante en grupos posteriores, especialmente entre los temnospóndilos, considerados cercanos al origen de los anfibios modernos.

Eso sugiere que la metamorfosis característica de ranas, sapos y salamandras no acompañó a los primeros tetrápodos cuando abandonaron el agua. Más bien habría surgido entre 40 y 60 millones de años después como una adaptación evolutiva propia de un linaje concreto.

La diferencia parece sutil, pero modifica profundamente la interpretación del proceso evolutivo. En lugar de considerar a los anfibios actuales como un modelo casi perfecto de aquellos pioneros que comenzaron a explorar la tierra firme, los científicos deberán contemplarlos como el resultado de una evolución posterior con innovaciones propias.

También obliga a revisar numerosos modelos sobre el desarrollo embrionario de los primeros vertebrados terrestres y sobre el tamaño de sus huevos, ya que algunos de los fósiles conservan indicios de sacos vitelinos relativamente grandes.

Reconstrucción artística de una cría de embolómero junto a un ejemplar adulto
Reconstrucción artística de una cría de embolómero junto a un ejemplar adulto. Ilustración de Gabriel Ugueto

Las crías ya estaban desarrollando extremidades, pero no presentaban las branquias externas características de las larvas de los anfibios modernos.

Cuando un fósil diminuto cambia toda una teoría

Los grandes descubrimientos científicos no siempre proceden de esqueletos gigantes o espectaculares dinosaurios. En ocasiones basta un fósil de apenas unos centímetros para cuestionar ideas aceptadas durante generaciones.

Eso es precisamente lo que ha ocurrido con estos ejemplares de Mazon Creek. Gracias a un estado de conservación extraordinario, los investigadores han podido observar una fase del desarrollo prácticamente desconocida en los primeros tetrápodos, proporcionando una información que los esqueletos adultos jamás podían ofrecer.

Tal y como revela el trabajo publicado en Science, la transición de la vida acuática a la terrestre fue probablemente mucho más diversa y compleja de lo que sugerían los modelos tradicionales. Lejos de seguir una única estrategia evolutiva, distintos linajes experimentaron formas diferentes de crecimiento y adaptación.

La investigación también pone de relieve el enorme valor científico de los fósiles juveniles, extremadamente escasos en el registro geológico. Cada nuevo ejemplar descubierto puede aportar información decisiva para reconstruir capítulos enteros de la evolución.

En este caso, unos animales que apenas medían unos centímetros han bastado para obligar a revisar uno de los relatos más conocidos sobre el origen de los vertebrados terrestres. La historia de cómo la vida conquistó los continentes sigue escribiéndose, y lo hace, en ocasiones, gracias a los fósiles más pequeños.

Referencias