




















Cumplir 101 años no es algo que se vea todos los días, y menos aún hacerlo con una rutina tan de andar por casa. José María Amador López Albo celebró este martes, 19 de mayo, su centésimo primer cumpleaños en Magazos, en Viveiro. Lo hizo con un menú muy concreto: empanada de vieira, solomillo con patatas fritas y algo de dulce. Nada de grandes alardes, pero sí de esos detalles que hacen que una comida familiar se recuerde. Amador no toma ninguna pastilla y únicamente lleva marcapasos, que tampoco es poca cosa. Su día a día sigue pegado al campo, a los paseos, a sus tres gallinas y a un pavo real al que va a ver todos los días.
El cumpleaños de Amador tuvo lugar este martes, 19 de mayo, en su casa de Magazos, donde vive con su hija Marisol López. Para la comida del mediodía hubo empanada de vieira, una de sus favoritas, solomillo con patatas fritas para facilitar la masticación y algo de dulce.
La celebración familiar grande se adelantó al domingo en el restaurante del hotel Las Sirenas. Allí se reunieron 15 personas, una cifra muy de celebración íntima, sin montar una verbena, pero con el suficiente calor familiar para que el día fuese especial para él.
Marisol López, enfermera de profesión, explicó que su padre llega a los 101 años de salud prácticamente igual que a los 100, aunque con una diferencia muy dura: este año murió su hijo y lo pasó muy mal. Según contó, le costó volver a comer después de ese golpe familiar.
En su vida diaria, Amador mantiene una rutina muy vinculada a lo natural. Pasea, cuida tres gallinas y un pavo real, y todavía se dedica a quitar hierbas con el bastón porque ya no puede agacharse. Vamos, que el cuerpo pone sus límites, pero él sigue encontrando la manera de hacer sus tareas.
Amador López fue agente forestal en Viveiro y durante varias décadas envió a diario datos meteorológicos de la zona a distintos servicios estatales y autonómicos. Esa constancia, día tras día, habla de una vida muy pegada al territorio y al trabajo práctico, de esos que no hacen ruido pero dejan huella.
También fue impulsor del área recreativa del monte San Roque, en Viveiro, uno de los parajes naturales mejor conservados de A Mariña y muy apreciado por vecinos y visitantes. Además, tuvo relación con la parrillada situada en su cima y recordó que llegó a tener a su cargo hasta 25 hombres y 30 mujeres trabajando.
El año pasado, por estas fechas, Amador defendía con claridad la importancia del monte en su vida. Lo resumía así: “La naturaleza arbórea da mucha salud, el bosque da vida. Cada vez que voy vengo renovado”. También recordaba que plantó muchísimas hectáreas de bosque.
En cuanto a sus costumbres, confesaba que le gustan la verdura, los huevos cocidos y el pescado. La carne, en cambio, menos. Sobre los vicios, lo tenía claro: “Nunca fumé y bebo poco, si acaso un chato de vino algún día”. Pocas florituras y bastante sentido común, que a veces parece el trámite más difícil de todos.
La historia de Amador López no es una fórmula mágica, porque cada vida tiene sus circunstancias. Pero sí deja algunas pistas muy concretas sobre una rutina sencilla, activa y muy ligada al entorno, que en su caso ha estado marcada por el campo, el bosque y la familia. Estas son las claves que aparecen en su propio día a día:
En consecuencia, lo que destaca en Amador no es solo llegar a los 101 años, sino hacerlo con una vida reconocible: casa, familia, animales, paseos, comida sencilla y memoria del trabajo hecho. Una longevidad sin grandes discursos, pero con mucha tierra debajo de los pies.
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